DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires
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martes, 10 de mayo de 2011

NOTA DE OPINIÓN

"UNA LEY PARA TODOS"
(Versión original)

Publicado en Revista Noticias del sábado 7 de mayo

La operación que acabó con la vida de Bin Laden es uno de los tantos hechos contradictorios derivados de la aparición de fenómenos globales frente a los cuales el orden de las naciones soberanas y las instituciones inter-nacionales demuestra ser insuficiente e incapaz. Por un lado, nadie puede negar que se trataba de un criminal de la peor especie, que su muerte implica una derrota importante para las fuerzas fundamentalistas y traerá, probablemente, una disminución de las amenazas terroristas globales. Por el otro, el abatimiento de un hombre desarmado linda peligrosamente con la definición de “asesinato” y muestra el estado barbárico del régimen penal mundial, atrapado en un mundo nacional-céntrico que los principales procesos sociales están dejando rápidamente atrás. Es éste el drama al que asistimos: la aparición de los primeros estados nacionales de la historia cuyos intereses y acciones han adquirido una escala global, entre los cuales los Estados Unidos son el primero pero no el único, ni el más antidemocrático y potencialmente peligroso.

Bin Laden debió ser juzgado y condenado in absentia por una corte de justicia imparcial y universal, perseguido por una fuerza policial a sus órdenes, atrapado con vida -dado que estaba desarmado- y obligado a cumplir su condena en una cárcel digna. Es esto lo que llamamos civilización y justicia a nivel nacional, mientras que en el ámbito global seguimos habitando un mundo regido por el militarismo y la ley del más fuerte cuyas consecuencias han sido la invasión de Irak, Guantánamo y una red de prisiones en las que se aplicaba la tortura, y una muerte sin juicio ni jurado, ni justicia que merezca ese nombre.

En un mundo global, justicia para todos quiere decir justicia para todos los ciudadanos del mundo y no sólo para los habitantes del propio país. Tan cierto es que las alternativas a disposición de la administración estadounidense eran pocas como que las carencias jurídicas del orden mundial potencian los conflictos y generan más violencia. Por eso, si Obama quiere seguir siendo un líder mundial creíble, antes del fin de su mandato los Estados Unidos deben firmar el estatuto de la Corte Penal Internacional y apoyar su desarrollo, sometiendo a sus funcionarios y militares a una autoridad de justicia supranacional. De este tipo de acciones democrático-globales depende que el fin de la Pax Americana desemboque en conflictos multipolares similares a los que originó el final de la Pax Britannica o asistamos al nacimiento de un nuevo Nuevo-Mundo, basado en la democracia, el federalismo y la justicia para todos que son parte de la tradición política interna estadounidense, y que hoy deben ser llevados al ámbito global.

lunes, 26 de julio de 2010

NOTA DE LA SEMANA

LAS CUATRO OLIGARQUÍAS
Publicado en Revista Noticias del 24 de julio de 2010




Durante décadas, la denominación “oligarquía” se ha utilizado como el peor insulto político que pueda administrarse en nuestro país. La compenetración entre la fracción más poderosa del sector agropecuario y las dictaduras militares que asolaron el país desde 1930 creó buenas razones para asociar este calificativo a la producción rural, y originó una versión retrospectiva de la Historia que enlaza acríticamente la conformación de una casta aristocrática a cargo del ejercicio dictatorial del poder con las rentas derivadas de la posesión de la tierra. Ahora bien, esta teoría merece algunas actualizaciones.

LAS PRIMERAS TRES OLIGARQUÍAS
Si bien históricamente la distribución de la tierra en Argentina fue arbitraria, ligada al grado de poder familiar y a la participación en el despojo a los aborígenes, y tendió a la concentración (el latifundio y la producción extensiva, por contraste con el modelo del farmer, esa pyme familio-intensiva estadounidense), el extraordinario éxito de la Argentina agropecuaria pre-Centenario no se derivó limpiamente de la productividad de las pampas feraces sino de una serie de intervenciones decisivas en el aumento de su productividad, que iban desde el alambrado hasta la importación de ejemplares de las mejores razas, pasando por la construcción de molinos, caminos, silos, ferrocarriles, elevadores y puertos. En este sentido, dada la inexistencia de pasados feudales y de plantaciones esclavas, la denostada oligarquía agraria fue la primera forma que asumió la burguesía nacional, siempre añorada y jamás comprendida en las condiciones reales de su desarrollo en el país.
Basta hacer hoy un repaso de los apellidos propietarios de las mayores extensiones de tierra y de los grandes empresarios de nuestro agro para observar la melancólica ausencia de los apellidos patricios de la arcadia pastoral argentina y la proliferación de gringos laboriosos, cuya segunda o tercera generación ha llegado al tope del ranking mediante la transformación del modelo extensivo y de pastoreo vacuno y ovino en una agricultura intensiva con alta incorporación de trabajo intelectual (organismos genéticamente modificados, siembra directa, tractores con GPS y sistema de conectividad con los mercados globales).
Cuando en ocasión de la crisis de 2008 el partido en el poder mentó la “oligarquía vacuna” aludió a un fantasma, demostró su incomprensión de lo sucedido en las últimas décadas en el interior argentino y su entusiasmo por manejarse con esquemas ideológicos en el peor sentido de la palabra. Sin embargo, la mención fue cualquier cosa menos inocente. En efecto, estaba destinada a encubrir la existencia y funcionamiento de las nuevas oligarquías que manejan el país con despiadado apego a sus propios intereses y descarada vocación de disfrazarlos como intereses generales. Nada nuevo bajo el sol, podría decirse, ya que el rasgo distintivo de toda oligarquía para obtener y conservar el poder es su capacidad de instalar una hegemonía, en términos gramscianos, según la cual el proyecto nacional de un sector económico es presentado, impulsado y defendido por todos los medios bajo el argumento de que es el que mejor conviene a los intereses generales del pueblo y de la nación. En esto, y no en otra cosa, estriba la tan difundida idea del “proyecto nacional”, que -desde el programa de la generación del ’80 a las aporías kirchneristas, pasando por los planteados desde Lugones hasta Jauretche- constituye el eje invisible que ha dividido el escenario nacional en sus grandes polaridades políticas.

CAMPO vs. INDUSTRIA (LA BATALLA ENTRE LA PRIMERA Y LA SEGUNDA OLIGARQUÍAS)
Nada hay de extraño en que el sector más dinámico de la economía se adueñe del liderazgo, subordine a los demás e impulse al país hacia el progreso, la prosperidad y el futuro; con la sola condición de que se trate -efectiva, y no declarativamente- del sector más dinámico y con futuro, y que al apoderarse del liderazgo impulse al país en su conjunto hacia el progreso y la prosperidad, incluyendo a todos los sectores de la producción. Es esto, precisamente, lo que el denostado sector agropecuario logró hacer en los tiempos del primer centenario, constituyéndose en la primera manifestación de una burguesía nacional existente en la historia del país, y lo que ningún otro supo emular después de su ocaso, cuando el modelo de producción de riqueza basado en la explotación los recursos naturales y la competitividad pampeana -asociada en Argentina con la hegemonía mundial de Inglaterra- se agotó y el país perdió en un solo momento su modelo productivo, su inserción en el mundo y su “proyecto nacional”, sin que hasta ahora haya encontrado la manera de reemplazarlos. Es precisamente aquí donde se origina la queja industrialista contra la oligarquía agraria, dada su insistencia en mantenerse en el centro de la escena a pesar de la decadencia de las razones que justificaban su anterior dominio hegemónico, estrategia de la cual el partido Conservador, primero, y el partido militar, después, fueron los agentes políticos. Lo que el industrialismo desarrollista autoproclamado como reemplazo de la hegemonía agropecuaria jamás dice, lo que la versión revisionista nacionalista-populista de la Historia siempre oculta, es que la pretensión de mantener el poder que se detiene es regla inevitable de la Historia universal y no un producto original de la maldad de la oligarquía vernácula. De manera que poco puede achacársele al ancien régime agrario cuando el nuevo, industrialista, se demostró completamente incapaz de desarrollar las fuerzas productivas y de liderar el país hacia su futuro, originando, en su persistente fracaso, ese lamento orientado hacia el pasado que constituye el rasgo distintivo de los perdedores y frustrados hombres solos que esperan.

Más allá de las inevitables consecuencias que el intento de prolongar, irracionalmente y a contramano de los desarrollos científico-tecnológicos, la hegemonía de un sector anteriormente dinámico, el intento de demonizar a la oligarquía vacuna cumplió -y cumple- el objetivo de ocultar la existencia de las dos oligarquías que fallidamente reemplazaron a la agraria en el control del país. De la primera de ellas hay poco de nuevo que agregar: al contrario de lo sucedido en países “nuevos y vírgenes” como Australia, Canadá y los Estados Unidos, la burguesía industrialista argentina negó la dinámica complementaria de desarrollo entre campo e industria, no comprendió que un campo próspero constituía una enorme oportunidad para la producción de tractores, vagones de ferrocarril, agroquímicos y camiones, instaló una noción de suma-cero basada en la necesidad de optar por el desarrollo agropecuario o por el desarrollo industrial, terminó consolidando un modelo productivo que a fuerza de sobreprotecciones de todo tipo –aranceles, subsidios, obsequios financieros disfrazados de crédito, vista gorda para la evasión, el trabajo en negro y la depredación ambiental- acabó como todas las sobreprotecciones: con la inmadurez permanente del protegido, su incapacidad para enfrentar los desafíos del mundo existente, su dependencia de las prebendas de papá-estado, su parasitismo y raquitismo estructurales, y su permanente tendencia al victimismo y la auto-conmiseración. Sus sucesivas etapas evolutivas, que se fueron sumando a las anteriores en un penoso decantado, comenzaron con las industrias asociadas al boom agropecuario, siguieron con las de la sustitución de importaciones, incorporaron y telurizaron a varias multinacionales, continuaron en plena dictadura con los grupos económicos nacionales ligados a los contratos de obra pública y la “privatización periférica” de las empresas del estado sin por eso abandonar las peculiaridades de un industrialismo deformado, incapaz de instaurar una verdadera hegemonía progresista debido a su cortoplacismo y facilismo derivados de esa variante local de la maldición de los recursos naturales asociada al petróleo verde.

LA TERCERA OLIGARQUÍA
De las ruinas del país que dejó esa elite industrialista, cuyo apogeo originó un poderoso proceso democratizador en todo el mundo, pero que en nuestro país fue tan demagógica y populista en su superficie como oligárquica en su sentido más profundo, surgió una tercera oligarquía, hoy en el poder. Gran parte de ella se afirmó con la debacle del proyecto industrialista-proteccionista-estatista del alfonsinismo que concluyó en la hiperinflación de 1989-90. Otra, cuyas partes se habían desarrollado incipientemente en las periferias económicas y políticas del menemismo, la completó y reemplazó después de la segunda gran debacle nacional: la del ocaso de la Convertibilidad, iniciado con la segunda presidencia Menem y concluido en diciembre de 2011. Se trata de una oligarquía pragmática y postmoderna –líquida, diría Baumann- que ha comprendido perfectamente que en el mundo globalizado las redes informales y los sectores de producción intangible –y no las instituciones, ni las estructuras materiales- son la verdadera fuente del poder. Por eso no son fieles a ningún modelo productivo y a pesar de clamar por el slogan de moda (los servicios, en los ’90; el país industrial, hoy) no dudan en hacer dinero como una gigantesca sanguijuela: extrayéndolo directamente de las relaciones de poder; ya sea mediante la especulación inmobiliaria y financiera, la compra de propiedades agropecuarias, la construcción de hoteles cinco estrellas, el apoderamiento del petróleo y los juegos de azar, y el uso del estado como parte de su acervo patrimonial.
La tercera oligarquía tampoco está apegada a una visión ideologizada en el eje derecha-izquierda o estatismo-privatismo: por eso se han proclamado privatistas en la década anterior y estatistas en ésta, haciendo excelentes negocios tanto con las privatizaciones como con las estatizaciones y parasitando tanto el estado como a las grandes corporaciones. Eran pseudo-eficientistas y pseudo-productivistas en los Noventa y son pseudo-redistribuidores hoy, con iguales resultados desastrosos tanto en términos de la competitividad nacional como de reparto de la riqueza social. Han substituido la red formal de instituciones (el Congreso, la Justicia, las organizaciones civiles y hasta las aduanas y embajadas) por una red de instituciones informales, de las cuales la Mafia, el Kiosco y la Patota son los modelos organizativos. Hablo de mafia como casta de dirigentes enquistados en una institución parasitada contra sus fines originales y usada en beneficio privado. Hablo de los kioscos preparados para administrar los negocios turbios de esa mafia y de las patotas a cargo de la defensa violenta de la mafia y de su kiosco; todos ellos perfectamente provistos de circunspectos o mediáticos funcionarios y de escandalosos dispositivos: la caja, el peaje, el recaudador, el valijero, el bufón, la barra-brava.
La ANSES se ha convertido en una caja de redistribución de la pobreza; la AFIP en una agencia de chantajes; el INDEC y el sistema de medios públicos en una empresa de publicidad. Mientras que la retórica de la tercera oligarquía apela a la consigna de que “El Estado -con mayúsculas- somos todos”, su accionar se distingue por la privatización inconfesable del estado y su incorporación secreta a los bienes privados de la tercera oligarquía, según el mecanismo señalado por Max Weber en sus escritos sobre el patrimonialismo. Se trata de un mecanismo propio de la monarquía, que consideraba al territorio y a los bienes estatales como propiedad de familia: coto de caza, reserva turística y prenda de negociación política y comercial.
Productivamente, mientras la retórica de la tercera oligarquía apela a la visión idealizada de la metalmecánica de mediados de siglo, su eje estratégico ha sido el de engrosar las filas de los grupos económicos con concesionarios propios y pactar con las corporaciones -nacionales, extranjeras o globales que fuesen- organizadas alrededor de licencias de corso otorgadas por el estado. En efecto, su éxito comunicacional ha sido el de presentarse como defensora del estado frente al mercado: un mensaje no sólo dirigido a los millones de ingenuos que creen que el modelo hegemónico tercer-oligárquico acaba en algún tipo de revolución irredentista, sino a los mismísimos sujetos corporativos, ante los que se enfatiza la idea de que el poder económico en la Argentina depende sobre todo de “la política”, aristotélica expresión. “Hemos puesto a la Política en el corazón de los procesos económicos”, en palabras del diputado Agustín Rossi que recuerdan a los agentes del mercado que el poder económico en la Argentina depende de las decisiones del poder político, lo que es aún más cierto en coyunturas de relativa bonanza en el sector externo y el fiscal. De allí que los actores económicos actúen en consecuencia a menos que la intervención estatal supere su umbral de tolerancia, amenace sus propiedades o su acumulación de ganancias y pueda ser enfrentada con éxito. Todos comprenden que el edificante discurso del país parecido a Alemania y del capitalismo competitivo e innovador enmascara la realidad de una industria que prefiere créditos blandos, controles ambientales inexistentes, la ANSES y la CGT mirando hacia otro lado y la AFIP apuntando hacia otros sectores, más aranceles proteccionistas que desentonarán con el discurso integracionista pero aseguran mercados cautivos. De allí que a pesar de que el mercado brasilero es casi cuatro veces mayor que el argentino y el valor del Real dobla el del peso, el industrialismo argentino no suele reclamar el abatimiento mutuo de barreras para poder invadir con trabajo argentino a nuestros vecinos, sino que se repliega en el más elemental mercantilismo proteccionista que, en pleno siglo XXI, nadie pueda imaginar.

LA BATALLA ENTRE LA SEGUNDA Y LA TERCERA OLIGARQUÍAS
Basta escuchar el discurso anticorporativo que emana el poder de hoy para adivinar el contenido real de su lucha “anticorporativa”: el reemplazo de la hegemonía de las viejas oligarquías y corporaciones por las nuevas. Algunas de ellos son sobrevivientes momificados del pasado nacional: gobernadores de provincias feudalizadas por el atraso voluntario o jeque-arabizadas por el petróleo, barones de un conurbano devastado por la descomposición social de los reductos territoriales de la oligarquía industrial, caciques sindicales que creen haberse convertido en la nueva burguesía nacional, capitanes de industria convertidos en directores de los cruceros de placer en que navegan sus antiguos socios y nuevos patrones. Otros son personajes casi enteramente nuevos, que han obtenido poder, fama y dinero a través de su suceso televisivo, su control de una organización deportiva, su ascenso en las instituciones formales, su provisión de servicios (contactos, violencia, propaganda, justificación ética) a la estructura dominante de poder. Se trata de una nueva oligarquía cuyo centro es la más poderosa de las corporaciones argentinas: la corporación política, globalmente rechazada en 2001 con el argumento facilista del que-se-vayan-todos y retornada al poder en una mutación digna de un ente de ciencia-ficción dada su capacidad de engullir los reclamos contra ella y convertirlos en combustible propelente de su nueva mutación. Se trata de la tercera oligarquía, cuyo programa de autocelebraciones incluye, solo para este año, el Bicentenario, el fútbol para todos y el triunfo en el campeonato mundial.
Para cualquiera que observe con atención, las madres de todas las batallas, esto es: los conflictos alrededor de las retenciones y la ley de medios, condensan la disputa entre esta tercera oligarquía con las mutaciones de las hegemonías anteriores: la agropecuaria y la industrialista, cuyos referentes ideológicos han sido los diarios La Nación y Clarín, respectivamente. La gran diferencia, la enorme diferencia con cualquier país en el cual la palabra progresismo tiene algo que ver con la palabra progreso, es que aquí, en el choque entre sistemas hegemónicos, los más recientes son los más obsoletos y antimodernos. En efecto, la oligarquía vacuna se ha metamorfoseado en un sector agrario competitivo y con empresas grandes, medianas y pequeñas que incorporan conocimiento, información, innovación y comunicación a sus producciones y por ello podrían subsistir en cualquier lugar del mundo por sí mismas, sin ayuda ni prebendas del estado. Nada se parece más –otra vez- a una moderna burguesía nacional que el campo, con su orientación productivista y no especulativa, su apego a la inversión tecnológica, su tendencia a la reinversión local de las ganancias y su sustentamiento del trabajo nacional. La oligarquía industrialista ya está peor, siendo hoy un mixto compuesto por pocas empresas razonablemente competitivas y un enorme núcleo de compañías vaciadas de capital físico y simbólico, que no podrían resistir un año en ningún lugar del planeta, que subsisten gracias a los impuestos que pagan otros y al trabajo en negro y los subsidios a la ineficiencia, y cuyos empresarios multimillonarios viven del chantaje a la sociedad y a los gobiernos con la amenaza de la desocupación. La tercera oligarquía, claramente nucleada alrededor del poder del kirchnerismo -nueva nave insignia del Pejota, gran Partido Conservador del siglo XXI- es ya impresentable; ya sea por sus niveles de atraso como de clientelismo y corrupción. Ante todo, resulta apabullante su manifiesta incapacidad de liderar el país hacia el mundo y el futuro mediante la formulación y aplicación de un proyecto progresista con progreso que incorpore la Argentina a la globalizada sociedad de la información y el conocimiento del siglo XXI, en lugar de seguir aplicando esas ideas sólo al campo de los negocios privados mientras se entonan declamaciones a la patria industrial y se trabaja para el fracaso del país, único contexto en el que esa mediocridad excelente que ha caracterizado la Argentina de los últimos veinte años puede permanecer al tope del poder y la escala social.

La insistencia por presentar a sus actuales representantes en contradicción furiosa con sus antecesores de la década pasada es también significativa por la razón contraria, ya que se origina en el ansia por encubrir las evidentes similitudes. Similitudes no sólo derivadas de la demostrable participación de sus mayores dirigentes en ambas épocas y por la continuidad de sus núcleos de apropiación del poder y la riqueza (completamente independientes de su supuesta contradicción en el plano discursivo-argumentativo-justificativo) sino evidentes en sus estilos de vida, sus preferencias culturales y sus relaciones sociales. Una elite que cambió a París por Miami como capital cultural de la República, como señaló Edgardo Cozarinsky; y que cambia con gusto una velada en el Colón por el baile del caño. Una elite “alla rovescia”, preocupada por hacer de la mediocridad una causa nacional y de renunciar a todas sus responsabilidades como clase dirigente recubriendo esa renuncia con mitos populistas de identidad entre dirigentes y dirigidos que esconde que la distancia entre Puerto Madero y la villa 31 es cada vez más grande, a pesar de su vergonzante proximidad.

LA CUARTA OLIGARQUÍA
Ha sido la tercera oligarquía la que se ha llevado puestas las esperanzas del país y de sus ciudadanos, y construido un sistema de mérito social basado en el demérito individual; una suerte de filtro al revés que hace que los más corruptos, autoritarios y obsecuentes sean los únicos capaces de ascender la escalera del poder real. Ya no se aplica lo de “lo mismo un burro que un gran profesor”. Lamentablemente, ahora son los burros casi los únicos que prosperan. Cuando la tercera oligarquía sostiene que los intereses corporativos se oponen al desarrollo nacional y que “el problema del país son los ricos” dice la mitad de la verdad, ya que omite que se trata de sus propios intereses corporativos y que aquellos ricos que constituyen el principal problema nacional militan en sus propias filas.
Es esto lo que está en juego en los próximos años, decisivos para la Argentina desde que una cuarta oligarquía, más destructiva y feroz que todas las anteriores, ha hecho su irrupción en la escena nacional. En efecto, el proceso de cooptación de las elites de la tercera oligarquía por las mafias del narcotráfico ha comenzado desde hace años y se acerca a un punto de no retorno. El advenimiento de la cuarta oligarquía amenaza así consolidar las peores características de la sociedad nacional y someter a la Argentina a un proceso por el que ya ha pasado Colombia y está pasando Méjico. He aquí otro divisor de aguas que supera en la realidad nacional la polaridad del eje derecha-izquierda, definiendo el carácter progresista o reaccionario de cada fuerza política y cada dirigente empresarial, político o social, según su adhesión u oposición al proyecto hegemónico derivado de la tercera oligarquía y que el anuncio de la cuarta amenaza completar.
Es este el eje que explica el mapa de las últimas elecciones y definirá también el de las futuras, entre los varios núcleos progresistas razonablemente integrados a la producción global y que miran el futuro y el mundo con esperanzas, y los restos en descomposición de la Argentina del fracaso agrupados en torno al oficialismo, quienes comprenden perfectamente que sólo éste puede darles la coordinación y la cobertura política que necesitan para prolongar su hegemonía y concretar, ahora sí, la entrega del país en manos de una corporación criminal global.

domingo, 30 de mayo de 2010

NOTA DE LA SEMANA

"Un país sin futuro"
(Versión original completa)

Publicado en Revista Noticias del 28 de mayo de 2010

La previsibilidad revestida de fasto con la que la Argentina festejó su bicentenario expresa dos de las principales razones del doloroso desencuentro que es esta sociedad: la confusión entre ciudadanía y nacionalismo, y la triste obsesión por el pasado. Ríos de tinta corrieron sobre el cauce de la polémica entre quienes festejaban el segundo centenario y quienes recordaban con congoja el país del primero, como si una sociedad pudiera elegir entre su presente y su pasado olvidando el rasgo distintivo que distingue a nuestra raza de la animalidad: la orientación al futuro. ¿Qué programa político capaz de reconciliar a las provincias con su capital, al campo con la ciudad, a las clases medias con las trabajadoras y a la Argentina con el mundo, esa tremenda oportunidad, se ha enunciado estas semanas? ¿Dónde estaban las discusiones acerca de la revolución educativa que debe redistribuir nuevamente oportunidades según los méritos y no las herencias y recrear aquella ola de ascenso social que fue lo mejor de la Argentina del siglo XX? ¿Dónde la polémica sobre las formas en que se deberá abandonar las antinomias entre el agrarismo y el industrialismo para entrar en la sociedad de la información y el conocimiento del siglo XXI? ¿Quién ha dedicado sus energías a analizar las nuevas formas con las que la política debe enfrentar -en un universo globalizado por la tecnoeconomía- los desafíos planteados por las corporaciones o cómo el estado puede defender los intereses nacionales ya no por el aislamiento y la confrontación, sino mediante la integración, regional y mundial, la reforma democrática de la ONU y la construcción de un orden global más democrático y humano?
Nada de esto sino todo lo contrario: el nacionalismo como nueva religión; su festejo, como nuevo opio de los pueblos. Un país convencido de la bondad de su triste presente o creyente en que la única salida es la vuelta a las glorias del ayer. Y en el festival de sinsentidos encabezado por historiadores especializados en asincronías -que se los escucha decir que los problemas nacionales son los mismos de hace dos siglos y se teme que estén preparando un nuevo cruce de los Andes- la peor opinión fue la de la Presidenta, quien comparó a la Argentina de 2010 con la de 1910 como si el tiempo fuese una opinión y no la materia con la que se teje la Historia, y como si los millones de emigrantes que dejaron entonces Europa por la Argentina y la prefirieron entre todos los destinos americanos y los miles que abandonan el país en la dirección opuesta fueran víctimas de una alucinación.
El Bicentenario pasó desmintiendo al pensamiento mágico y confirmando lo que todos sabíamos de nuestra experiencia personal: el día posterior al cumpleaños nunca es demasiado diferente al que lo precedió. Los festejos, esa versión tamaño-baño de las celebraciones escolares, decían la verdad: allí estaba el folklore de inicios del siglo XIX, el tango de mediados del XX y el rock del final. Las manifestaciones de la cultura musical de la Argentina del siglo XXI, el rock-chabón y la cumbia villera, no se podían ni presentar. Cruda radiografía de la decadencia, no estaba en los stands la Argentina del futuro, la de la información, el conocimiento, la diversidad cultural, la innovación y la subjetividad transformados en paradigmas creadores de riqueza social y económica; la de los niños de todas las clases manejando computadoras, comunicándose sin prejuicios con el mundo y soñando con ser astronautas, científicos a la búsqueda de los límites de la nano-materia, creadores de empresas de avanzada o dirigentes comprometidos con un sistema global más democrático y con un país que supere la ridícula antinomia entre república y justicia social.
Nones. Un siglo de fracasos y el mito de la pueblada que procede invencible. Se junta un millón de personas en la calle y ya salen los profetas del “se viene un nuevo país”. Me permito recordar los episodios de este delirio de unanimidad que me ha tocado presenciar: Ezeiza, la asunción de Cámpora, el mundial 78, la guerra de Mavinas, el mundial 86, los cacerolazos de 2001. Siempre, millones de personas unidas por un patrioterismo elemental. Siempre, el triunfo de los poderes constituidos y la consolidación de lo peor. Y atrás de todo y sobre todo, el imponente error de nuestro sentido-común: más nacionalismo es igual a más ciudadanía. Como si las seis millones de personas que participaron de los festejos hubieran vuelto a sus casas convencidos de que hay que pagar impuestos y tener a los propios empleados en blanco, si se es rico, y hacer bien el trabajo, si no se lo es; de que hay que combatir la corrupción donde la haya y comprometerse en política siendo al menos fiscales, y respetar las reglas, comenzando por no tratar a la ciudad como un basurero ni orinar en la puerta del vecino. Menos escarapelas y más respeto por los demás y por lo público. Menos nacionalismo y más ciudadanía.
Nada que hacerle. Otra oportunidad desperdiciada. Una nación que se debate entre su pasado y su presente. Un país sin futuro. Una sociedad auto-celebratoria que sigue fracasando porque es incapaz de mirar a la cara las causas de ese fracaso y dejar de proponer más de lo mismo. Un país sin ciudadanos y repleto de habitantes que conciben el amor a la Patria como un partido de fútbol. Estos festejos me han hecho recordar aquella poesía de Wystan H. Auden: “Las caras a lo largo de la barra / se aferran a su mediocre jornada / Las luces nunca deben apagarse / La música debe siempre sonar / Todas las convenciones conspiran / para que este regimiento militar simule / el mobiliario de una casa / Por miedo a que veamos dónde estamos / perdidos en un bosque de fantasmas / niños temerosos de la noche / que no han sido nunca felices ni buenos”. Por suerte Dios, que es argentino, ha hablado ya desde las telepantallas y ha prometido que no nos abandonará en este Mundial.

REVISTA NOTICIAS

"En defensa de Europa"


Publicado en Revista Noticias del 28 de mayo de 2010

La crisis griega ha soliviantado a los voceros del nacionalismo telúrico. Lo que sucede hoy en la Unión Europea demostraría, según la Vulgata nac&pop, la irracionalidad de avanzar hacia cualquier tipo de unidad política regional democrática, integrando el modelo de la nación-estado en un esquema federal superador. Ahora bien, la crisis de los PIGS europeos es inexplicable sin considerar la profunda recesión nacida en el sistema económico del estado nacional más poderoso del planeta. ¿Ha habido alguien que proclamara entonces que la crisis estadounidense demostraba que los estados nacionales eran inviables? ¿Por qué una crisis originada en el más grande de ellos debiera dejar intacto el modelo de gestión financiera nacional/inter-nacional, mientras que su repercusión en Europa debe ser tomada como demostración de la imposibilidad de toda integración supranacional?
Cuando la primera moneda supranacional de la Historia nació, en 2002, valía 0.90 centavos de dólar. Hoy, en plena crisis, vale 36% más. ¿Por qué el Euro debe ser descartado entonces, mientras una moneda nacional, el dólar, es presentada como el refugio a todos los males? ¿Por qué una caída de 10% en un mes invoca expresiones como “catástrofe” y “derrumbe” en Argentina, un país acostumbrado a devaluar 50% y salir a festejarlo al grito de “viva el cambio competitivo”? ¿Cómo se hace para olvidar que diez años atrás el Euro, el dólar y el peso estaban más o menos alineados, y que hoy el Euro vale cinco veces más que el peso y los salarios europeos triplican a los argentinos, mientras que los tomates han vuelto a valer aquí lo mismo que en Amsterdam?
Aún más ridículos son los clamores sobre el colapso social debido al Euro, y las lecciones de los especialistas argentinos en default social. Se los escucha hablar del fracaso del neoliberalismo (sic) europeo y uno se imagina ya las colas de españoles frente a nuestros consulados pidiendo un pasaporte, aduciendo que tienen una tía gallega en La Paternal. Es cierto, veinte por ciento de desempleo es mucho desempleo. También es cierto que en las anteriores crisis de esta magnitud, en 1913 y 1929, en la desintegrada Europa de las naciones el asunto no terminó en un aumento del desempleo sino en dos guerras mundiales. Agrego: un obrero español principiante gana unos 1.500 euros. Y la empresa debe pagar otro tanto de impuestos para garantizar esa maravilla de civilidad que es el estado de bienestar europeo. Son 3.750 dólares mensuales por cada obrero recientemente empleado. Y bien: ¿cuánto pagan a sus trabajadores las idolatradas BRIC, ejemplo supremo de la heterodoxia desarrollista y competidores de Europa en el mercado global? ¿Doscientos dólares?, ¿trescientos? ¿Diez, quince o veinte veces menos que el satánico imperio europeo?
Lo verdaderamente extraordinario no es, pues, que el desempleo en España llegue al veinte por ciento. Lo milagroso es que no sea del cincuenta. Pero ya sale el compañero Moyano a alabar las proezas kirchneristas, y Cristina nos advierte que Occidente se desploma y nosotros aquí lo más panchos, en tanto Aldo Ferrer entona su zamba “Vivamos con lo nuestro, aparcero”. ¿Habrá que recordarles que ese 20% de la fuerza laboral española ocasionalmente fuera de combate disfruta de una vida mejor que la mitad de los argentinos, que están desocupados o trabajan en negro según las cifras del INDEK? ¿Hay que señalarles que viven en casas y barrios, y no en villas miseria, que tienen acceso a una salud y a una educación que muchos argentinos ocupados envidiarían, y que no están a merced de la delincuencia organizada desde la política, ni de las policías bravas, ni de los punteros de magnánima voluntad? ¿Hay que revisar las matemáticas para comprobar que un 5% de recortes salariales es un paso atrás mucho menor que el 40% de inflación con salarios congelados que aplicó en 2002 el gobierno de Duhalde y la Liga de Gobernadores que integraba Néstor K?
¿Hay que explicarles a estos maestros ciruelas de lo que no debe hacerse que si los precios internacionales fueran hoy los de 2001 la Argentina perdería alrededor de 14.000 millones de dólares y el actual veranito estallaría sin pasar antes por otro ciclo de fiesta? ¿Es necesario decirles: “Es la globalización, estúpido (son las ventas de soja a China y de autos a Brasil)” o habrá que recordarles que las tres soluciones a la crisis modelo nac&pop ocurrieron en 1975 (rodrigazo), 1989 (hiperinflación) y 2002 (duhaldazo)? ¿Habrá que demostrar, como hace la Central de los Trabajadores Argentinos, que a diez años de 2001 y con tanto viento en popa el país es hoy más pobre y tan socialmente injusto como entonces, y está aún peor en términos de infraestructura, institucionalidad y competitividad?
Nadie puede asegurar que esta crisis no termine con el Euro. Pero su fin sería un proceso tan extraordinariamente doloroso en lo social como beneficiosas fueron estas décadas de incorporación de los países de la periferia europea a la más extraordinaria experiencia económica, política y cultural de la historia de la humanidad. Cuando se unieron a ella, la distancia entre Italia (1951), Irlanda (1973), Grecia (1981) y España (1986) era muy pequeña respecto a la Argentina de esos años. Hoy, cualquiera de esos países necesitaría una década de crisis para alcanzar los parámetros de los que algunos se enorgullecen aquí. Por eso, el modelo de estallido-inflación-devaluación es para Europa el último recurso disponible y no el modelo a seguir. Por eso, la grave situación europea se soluciona con más Europa, y no con menos. Y, sobre todo, exige no confundir el keynesianismo con la irresponsabilidad.

(Versión original completa de la nota)

domingo, 8 de noviembre de 2009

Clases Magistrales. Revista Noticias.-



Publicado en Revista Noticias, Clases Magistrales, Noviembre de 2009.

Las lecciones que despliega el continente europeo como primera unidad supranacional pueden ayudar a la humanidad a potenciar los beneficios y enfrentar los riesgos que plantea la globalización. Segunda y última parte del análisis sobre un debate urgente.

A inicios del siglo XXI, el escenario europeo ha completado un ciclo único desde el nacimiento de los estados nacionales (Westfalia, 1648), pasando por su democratización iniciada con la Glorious Revolution (1688) y la Revolución Francesa (1789), hasta su actual progresiva defunción como centro monopólico de las actividades políticas de los hombres. Como ha afirmado Juan José Sebreli, Europa, primera en el alba de las naciones, es también la primera en la hora de su ocaso, de manera que como primer paso hacia la unidad política federal del mundo, el cambio operado desde la Europa de las Naciones de la primera mitad del siglo XX a la Europa progresivamente unificada de la segunda mitad tiene un valor demostrativo aplastante. Nada mejor puede ocurrirle al mundo que parecerse a la Europa que nació en 1950; nada peor que seguir el camino de la que la precedió.

Acerca de la guerra perpetua. La Primera Guerra Mundial detuvo la primera ola globalizadora, de carácter básicamente comercial e industrial, acabó con la Belle Époque y llevó a la humanidad a una crisis civilizatoria que originaría las peores catástrofes de la Historia y duraría treinta años. La Segunda Guerra sería una verdadera guerra civil interna a una incipiente Modernidad-mundo en la que sus facciones pro democrática y totalitaria se jugaron la futura hegemonía. La Guerra Fría revistió este mismo carácter, el de guerra civil planetaria, por medios aún más riesgosos pero que fueron mejor controlados, en parte gracias a las lecciones aprendidas acerca de las calamidades del nacionalismo extremo y en parte gracias a la existencia de la ONU, institución a la que –más allá de su actual ineficacia relativa en un escenario global, y ya no internacional– probablemente debemos la subsistencia de la vida en el planeta.

Pero este escenario de guerra y de preparativos para la guerra, que por sus consecuencias sobre la vida social en términos de militarismo, autoritarismo, condicionamiento de la vida política y despilfarro de recursos debería considerarse como parte de una guerra perpetua, no ha terminado aún. Por el contrario, las mismas tensiones que acabaron con la Europa de las naciones son presentadas hoy a escala mundial. Están tendiendo a configurarse como un choque de civilizaciones que no es tal sino un nuevo conflicto interno a la Modernidad-mundo, desarrollado –como siempre– entre sus sectores universalistas, progresistas y democratizantes, por un lado, y sus facciones retrógradas, territorialistas y tribales, por el otro. Como consecuencia de los efectos de una globalización desterritorializada, la línea que divide a ambos bandos es cada vez menos línea territorial. En verdad, no separa a Occidente de Oriente ni al Primer Mundo del tercero sino a quienes ponen la paz y la democracia por encima de los valores nacionales y los intereses tribales y quienes hacen exactamente lo contrario.

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sábado, 29 de agosto de 2009

Clases Magistrales.-

Artículo publicado en la sección Clases Magistrales de la revista Noticias, número 1704, de Agosto de 2009.
BARACK OBAMA EN LA ERA DEL CAMBIO DE PARADIGMAS I
DISCURSO DE UN CIUDADANO DEL MUNDO EN BERLÍN.
No es cierto que el acceso de Barack Hussein Obama II a la presidencia de los Estados Unidos constituya un hito en la historia de ese país. Como sea que vayan las cosas, que un afro-americano se haya convertido en la persona políticamente más poderosa del planeta constituye un hito para la entera historia de la humanidad. Se trata de la expresión inconfundible del surgimiento de una sociedad mundial multiétnica y cosmopolita que está cerrando y superando el largo período anterior de la Modernidad, centrado en paradigmas industrial-nacionales. Caduca así el antiguo modelo de la uniformidad racial y la identidad étnica como principios constitutivos del estado-nación (es decir: el estado definido por las circunstancias del nacimiento) y surge un nuevo paradigma cosmopolita, centrado en el cosmos y la polis y basado en la hibridación multicultural, las migraciones transnacionales, el nomadismo y el mestizaje entendidos no sólo como problemas a resolver, sino como valores a esgrimir.
Vivimos en una era de cambio acelerado y constante en la cual lo que ayer constituía un valor pasa a ser un disvalor, y viceversa. De allí que el presidente del estado más poderoso sea hijo de una de las escasas parejas interraciales que existían en los años cincuenta, establecida entre un keniano nacido en la provincia de Nyanja, de etnia luo y religión musulmana, y una madre de origen escocés que pasó la mayor parte de su vida entre Hawai e Indonesia, donde vive hasta hoy. El propio Barack pasó su infancia entre un barrio de clase media de Yakarta y la casa de sus abuelos en Honolulu, circunstancias que hasta hace muy poco hubieran implicado la imposibilidad de acceder a la Presidencia de la primera potencia mundial. Por el contrario, la piel negra de Obama y su experiencia de vida multicultural y cosmopolita no sólo no han sido un obstáculo a su carrera presidencial sino una importante ventaja comparativa. En efecto, por más talento político que hubiera tenido, difícilmente un joven senador WASP (anglosajón, protestante y de piel blanca) hubiera llegado hasta donde Obama llegó en tan solo un par de años.

Contrariamente a lo que dicta un sentido común anquilosado en los principios de la era anterior, Obama no es el presidente de los Estados Unidos a pesar de ser negro sino precisamente porque lo es. Su piel y su biografía encarnan una promesa de cambio; mundialmente: el cambio en una era signada por el cambio, y nacionalmente: el cambio que la sociedad estadounidense esperaba después del desastre provocado por la insistencia en el modelo de nacionalismo industrialista encarnado por la petropolítica Administración del tejano Bush y sus secuaces admiradores de Schmit y Strauss.
Jordi Kantor, periodista del New York Times, ha descripto así la asunción de Obama: “La familia de la que proceden Barack y Michelle es negra y blanca y asiática, cristiana, musulmana y judía. Sus miembros hablan inglés, indonesio, francés, cantonés, alemán, hebreo; lenguas africanas que incluyen el swahili, el luo y el igbo. Muy pocos de ellos gozan de una situación económica acomodada y algunos son muy pobres. Aunque el mundo celebra la asunción del primer presidente afroamericano, la historia es más compleja: una historia de inmigración, movilidad social y desarraigo… Aunque Obama es hijo de un keniata negro, tiene algunas raíces convencionales por parte de su madre blanca: abolicionistas que, según la leyenda familiar, fueron expulsados de Missouri, un estado esclavista; gente del Medio Oeste que supo hacer frente a la Depresión; incluso un puñado de remotos antecesores que lucharon en la guerra de la independencia… [Por su parte] Michelle es descendiente de esclavos e hija de la Gran Migración, el movimiento masivo de afroamericanos hacia el norte del país, quienes se trasladaron a mediados del siglo XX en busca de oportunidades”.

Sobre la fiesta posterior a la asunción, Kantor señala: “Los primos viajaron desde una ciudad de Carolina del Sur en la que el tatarabuelo de la primera dama nació como esclavo, mientras que el rabino de la familia vino de la sinagoga en la que había conmemorado el nacimiento de Martin Luther King. También los hermanos estaban presentes: la medio hermana indonesio-norteamericana del marido llegó acompañada por su esposo chino-canadiense, y el hermano de la esposa, un negro casado con una blanca. Cuando Obama prestó juramento estaba rodeado por un clan que hubiera escandalizado a generaciones anteriores de estadounidenses y que instantáneamente modificó la imagen de una primera familia para las generaciones futuras”.

Compárense estos ancestros, estas biografías y esta nueva realidad con la idea de estado-nación nacida en 1648 de la Paz de Westfalia, y basado en el principio de que la unidad política se deriva limpiamente de la homogeneidad de nacimiento (de allí el vocablo “nación”). Se comprenderá así que estamos ante un cambio epocal que sólo podrá ser superado cuando un descendiente de latinoamericanos o árabes sea consagrado presidente de alguna de las naciones europeas o, aún mejor, de la propia Unión.

OBAMA EN LA SOCIEDAD MUNDIAL DEL RIESGO
Vivimos en un escenario marcado por una crisis económico-financiera mundial, por una crisis ecológico-climática de escala planetaria, en una situación de amenaza de proliferación nuclear y acechados por una pandemia global, la de gripe porcina. Desde 1999, año de publicación del célebre ensayo de Ulrich Beck sobre la sociedad del riesgo, los habitantes de este mundo del cual aún no hemos logrado convertirnos en ciudadanos hemos podido observar cuán rápidamente ciertos procesos sociales se han hecho globales sin que se expandieran al nivel global las instituciones responsables de su control. Para decirlo con palabras de George Monbiot: “Todo se ha hecho global, menos la democracia”.

En este marco, en el cual cuando hablamos de tecno-economía pensamos en un universo globalizado y cuando pensamos en democracia razonamos aún en términos del viejo y querido estado-nación westfaliano, la novedad de Obama no se reduce a sus elementos biográficos sino que incluye los contenidos de su programa, magistralmente enunciados en su discurso de Berlín del 24 de julio de 2008. Ante 200.000 personas que lo aplaudieron fervorosamente, el discurso de Obama constituyó una contundente demostración de que una política con nuevos contenidos cosmopolitas y globales está haciendo su demorada irrupción en este mundo unificado por las tecnologías y fragmentado por la política.

Si los textos de Tucídides fueron la base proclamatoria de la democracia de las ciudades; si los Bill of Rights anglosajones, la Declaración de Virginia y la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de la Revolución Francesa desarrollaron el modelo teórico de las democracias nacionales; si el Manifiesto por una Europa Unida (más conocido como Manifiesto de Ventotene) de Altiero Spinelli es el gran texto de la democracia continental europea y la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU (1948) constituye la certificación del acceso de los valores de la democracia a la escala internacional, el brillante discurso de Obama en Berlín constituye un ulterior paso en el desarrollo de una democracia cosmopolita y globalizada.

Destacando sólo los más pertinentes al tema de este artículo, paso a reproducir algunos de sus extraordinarios párrafos.

DISCURSO DE UN CIUDADANO DEL MUNDO EN BERLÍN.
“Esta tarde no les hablo como candidato a la Presidencia sino como ciudadano; un orgulloso ciudadano de los Estados Unidos y un conciudadano del mundo… ¡Pueblos del mundo, miren a Berlín! Miren a Berlín, donde alemanes y norteamericanos aprendieron a trabajar juntos y a confiar los unos en los otros apenas tres años después de enfrentarse en el campo de batalla… Observen a Berlín, donde las marcas de las balas en los edificios y las sombrías piedras cerca de la Puerta de Brandenburgo persisten para que nunca nos olvidemos de nuestra humanidad compartida. Miren Berlín, donde un muro cayó, un continente se unió y la historia demostró que no hay desafío demasiado grande para que el mundo sea uno solo…

Si el Siglo XX nos enseñó que compartimos un mismo destino, el Siglo XXI nos está revelando que el mundo está más interconectado que nunca. Pero es esta misma cercanía la que ha dado pie a nuevos peligros, que no pueden ser contenidos dentro de fronteras ni evitados gracias a la distancia… Ahora mismo, mientras hablo, los automóviles de Boston y las fábricas de Beijing están derritiendo la capa de hielo del Ártico, reduciendo las costas del Atlántico y causando sequía en las granjas de Kansas y Kenia. El material nuclear mal protegido de la ex Unión Soviética o los secretos de un científico paquistaní podrían ayudar a construir una bomba que podría estallar en París. La amapola de Afganistán se convierte hoy en heroína en Berlín. La pobreza y la violencia en Somalia nos causan pánico al futuro. El genocidio de Darfur es una mancha en la conciencia de todos. En este nuevo mundo, todas estas peligrosas tendencias se mueven más rápido que nuestros esfuerzos para contenerlas. Por eso no nos podemos permitir estar divididos. Ninguna nación, por muy grande o poderosa que sea, puede vencer estos desafíos por sí sola. Ninguno de nosotros puede negar estas amenazas ni huir de la responsabilidad de enfrentarlas.

La asociación y la cooperación entre naciones no son ya una elección; son el único modo de proteger nuestra seguridad común y avanzar en nuestra común humanidad. El mayor peligro es el de dejar que nuevos muros nos dividan. Los muros entre los viejos aliados de ambas orillas del Atlántico no se pueden mantener. Los muros entre los países que lo tienen todo y los países que tienen poco y nada no se pueden mantener. Los muros entre razas y tribus; nativos e inmigrantes; cristianos, musulmanes y judíos no se pueden mantener. Son, por el contrario, los muros que tenemos que derribar…

Este es el momento de que renovemos el objetivo de un mundo sin armas nucleares. Las dos superpotencias que se enfrentaron de un lado y del otro del muro que dividía a esta ciudad estuvieron demasiado cerca de destruirlo todo. Ahora que ha desaparecido el muro no debemos quedarnos mirando impasibles cómo se extiende el poder mortífero del átomo. Es el momento de controlar el material atómico, de detener la proliferación de armas nucleares y de reducir los arsenales de la era anterior. Es el momento de buscar la paz y de crear un mundo libre de armas nucleares…

Hoy, aquí, ahora, éste es el momento de construir un mundo mejor basado en la riqueza que los mercados abiertos han creado, y de compartir sus beneficios equitativamente. El comercio global ha sido la piedra angular de nuestro desarrollo, pero no podremos mantener este crecimiento si sólo favorece a unos pocos, en vez de a todos. Juntos, tenemos que forjar un comercio que recompense al trabajo que crea la riqueza, con protecciones adecuadas para nuestros pueblos y nuestro planeta. Es el momento de un comercio libre y justo para todos. Es el momento en que tenemos que unirnos para salvar a la Tierra.

No podemos dejar a nuestros hijos un planeta donde los océanos suben, el hambre se extiende y terribles tormentas destruyen nuestras tierras. Debemos tomas la decisión de que todas las naciones –incluyendo la mía– actúen con igual seriedad para reducir el carbono que emitimos a la atmósfera. Es el momento de devolver a nuestros hijos su futuro. Es el momento de estar unidos. Es el momento de dar esperanza a los que se han quedado atrás en este mundo globalizado.

Desde hoy, el mundo nos mirará y recordará lo que hagamos. ¿Daremos una mano a los pueblos de los rincones olvidados del mundo que aspiran a una vida de dignidad y de oportunidades, de seguridad y de justicia? ¿Sacaremos al niño de Bengala de la pobreza, daremos cobijo al refugiado de Chad y desterraremos el azote del Sida? ¿Defenderemos los derechos humanos del disidente de Birmania, del blogger en Irán, del votante en Zimbabwe? ¿Daremos sentido a las palabras ‘nunca más’ en Darfur?

¿Reconoceremos que no hay ejemplo más poderoso que el que cada una de nuestras naciones da al mundo? ¿Rechazaremos la tortura y defenderemos el estado de derecho? ¿Acogeremos a los inmigrantes de otras tierras y rechazaremos las discriminaciones contra quienes no se nos parecen, contra los que rinden culto de otra manera, y mantendremos la promesa de igualdad y oportunidades para todos?

Pueblo de Berlín, pueblo del mundo: éste es nuestro momento. Éste es nuestro tiempo. En los Estados Unidos, la lealtad nunca ha sido hacia una tribu o a un reino en particular. En mi país se hablan todas las lenguas, cada cultura ha dejado su huella y todos los puntos de vista pueden expresarse públicamente. Lo que siempre nos ha unido, lo que siempre ha conducido a nuestro pueblo, lo que llevó a mi padre a las orillas de América, son las aspiraciones y los ideales compartidos por todos los pueblos: que podamos vivir libres del miedo y la necesidad; que podamos decir lo que pensamos, unirnos con quienes queramos y rendir culto como lo deseemos. Es en pos de estas aspiraciones que una nueva generación –nuestra generación– debe dejar su huella en el mundo.

Pueblo de Berlín y pueblo del mundo: la escala de nuestro desafío es enorme. El camino será largo. Pero vengo ante ustedes para decirles que somos herederos de una larga lucha por la paz. Somos el pueblo de la esperanza improbable. Con los ojos mirando hacia el futuro, con resolución en nuestros corazones, recordemos nuestra historia y demos respuesta a nuestro destino; y rehagamos el mundo una vez más”.

NUEVOS VALORES PARA UNA NUEVA ERA
Y bien: ¿qué nos dice de nuevo Obama? Nos dice que no hay contradicción entre ser un ciudadano orgulloso de su país de nacimiento y un aspirante a ciudadano del mundo; que las identidades y fidelidades hibridas y cruzadas típicas de un mundo nomádico y en permanente movimiento son compatibles; que la inmigración es y será parte de la historia de vida de un numero creciente de personas; que en una era global no hay lugar para los sálvese-quien-pueda nacionales y que –por lo tanto- los seres humanos compartimos un mismo destino; que las enemistades nacionales aparentemente irreconciliables pueden ser superadas en plazos asombrosamente cortos cuando existe voluntad política; que los desastres causados por las guerras pasadas pueden ser el hito fundador de una humanidad común futura mas profundamente compartida; que los muros están perdiendo la capacidad de impedir que el mundo sea uno solo (“… and the world will live as one”, como escribió John Lennon en “Imagine”, verdadero himno de la unidad del género humano); que la interconexión abre nuevas esperanzas pero da lugar a nuevos peligros que no pueden ser enfrentados con los métodos ni las instituciones del pasado; que la velocidad del cambio tecnoeconómico está sobrepasando nuestra capacidad de adaptación política; que ninguna nación es capaz de solucionar sus problemas por sí sola; que los intereses nacionales no pueden defenderse mediante el aislamiento y el conflicto sino que necesitan de la cooperación y la ayuda recíprocas; que los problemas globales afectan a todos y -consecuentemente- las responsabilidades son de todos; que ha llegado la hora de volver a una humanidad sin capacidad de autodestruirse; que la riqueza creada por el capitalismo global debe ser globalmente distribuida; que el comercio debe ser cada vez más libre pero también cada vez más justo y equitativo; que se ha acabado la era de la externalización “hacia fuera” (de las fronteras nacionales) y “a futuro” (hacia las próximas generaciones) de los costos del consumo; que debemos unirnos para salvar el planeta; que los derechos humanos son eso: humanos, y no prerrogativas nacionales; que la responsabilidad por la gloria o la infamia de lo que sucede en cualquier punto del planeta recae sobre todos nosotros; que hasta las identidades nacionales se asemejarán cada vez más, en todas las naciones, a las identidades mestizas de los países de emigración, en los cuales al no poder ser derivadas de la unidad racial ni la uniformidad cultural deben basarse en principios políticos y civiles comunes como la libertad, la igualdad y la democracia. Y nos dice también que ‘nosotros’ somos la humanidad, y no una de sus tribus, y que este es nuestro momento, el del pueblo del mundo; la hora de que nos hagamos cargo de nuestras serias responsabilidades; y que dado que nuestra empresa es difícil e improbable, no tenemos un minuto que perder.

¿UN DISCURSO DE CAMPAÑA?
La década de los Noventa fue el escenario de una vigorosa polémica sobre el contenido y los alcances de la globalización. Dos concepciones ideológicas, en el peor sentido de la palabra, se enfrentaron sosteniendo dos “verdades” opuestas y simétricamente erróneas. De un lado, los globalifóbicos sostenían que la globalización era un fenómeno superficial y pasajero, o que era simplemente una nueva mascara del viejo imperialismo, y afirmaban que los estados nacionales continuaban siendo el horizonte insuperable de la organización política de la humanidad. Del otro lado, los globalifílicos daban por descontando que los estados nacionales eran un artefacto superado por la Historia y profetizaban su inmediata desaparición del escenario, teoría que se complementaba perfectamente bien con la triunfante marea neoliberal favorable al estado mínimo. Transcurrido un cuarto de siglo desde la caída del Muro de Berlin, evento emblemático de la apertura de la era de la globalización, ni los estados nacionales ni la globalización han desaparecido, y resulta tan ciego suponer que los estados-nación se extinguirán sin más como sostener que en la naciente era global puedan seguir siendo el centro monopólico de la sociedad humana, como lo fueron durante siglos.
El discurso de Obama en Berlín marca pues un antes y un después en la comprensión que los líderes políticos mundiales demuestran poseer acerca de los nuevos paradigmas que gobiernan un mundo complejo y en permanente transformación. Y es trascendente, justamente, no tanto por lo que dice -ya que conceptos como los suyos han sido abundantemente desarrollados por académicos como David Held, Daniele Archibugi, Ulrich Beck o Jürgen Habermas- sino por quién lo dice: el candidato -luego triunfante- a la presidencia al país mas poderoso de la Tierra.

Los realistas de la realpolitik, que suelen confundir el realismo con el conservadurismo y se rieron en su momento de las utopías de Tucídides, de los bill of rights anglosajones, del Manifiesto por una Europa Libre y Unida y de las declaraciones de los derechos del hombre, bien pueden sostener que los discursos de un candidato en campaña no son cosa que deba tomarse demasiado en serio, o señalar que una cosa son las ideas y otra las prácticas, o recordar alguno de los episodios en los que la actuación de Obama como presidente resultó contradictoria con las promesas del candidato Obama y, finalmente, pronosticar un rápido descenso a la realidad y el fracaso de las promesas abiertas por el discurso de Berlín. En todo caso, las críticas “realpolitikas” tienen el inconveniente de ignorar la realidad realmente existente, y por varias razones:

1) En primer lugar, la visión realpolitika subestima el impacto que las ideas tienen en el mundo. La Declaración de Virginia (1776) era contradictoria hasta el absurdo, ya que no sancionaba el fin de la esclavitud; y la de los Derechos del Hombre y el Ciudadano (1789) excluía de sus proclamas a la enorme mayoría de la humanidad, que no era blanca, ni de género masculino, ni propietaria de bienes inmuebles. Sin embargo, ambas constituyeron la base cierta para la consagración de la idea revolucionaria de la existencia de derechos humanos comunes, indivisibles y prioritarios respecto al poder de los estados, con lo que sentaron las bases de las democracias nacionales, de los estados de bienestar nacionalmente administrados y de la justicia internacional, entre otras instituciones. Y algo similar puede decirse de todas las declaraciones anteriormente citadas, de las cuales acaso la más emblemática sea el Manifiesto de Ventotene, documento fundador de una Europa unida redactado por un prisionero político de Mussolini en la hora de mayor obscuridad para el continente: 1941, cuando Hitler se enseñoreaba en todas partes, Mussolini era su férreo aliado, Franco era el fresco vencedor de la Guerra Civil y Stalin reinaba del otro lado de la barricada.

2) En segundo lugar, el hecho de que un candidato a la Presidencia del país más poderoso del planeta haya reclamado su adhesión a estos valores es significativo por sí mismo, independientemente de la falsedad o sinceridad de sus intenciones, ya que demuestra que existe –por lo menos- un público numeroso que aspira a verlos defendidos en el escenario político. Aun suponiendo la mayor vileza e hipocresía de Obama, su intento de presentar esta faceta cosmopolita en vez de seguir razonando en los términos del unilateralismo militarista de Bush demuestra que la obsolescencia de los paradigmas nacionalistas es perfectamente percibida –al menos- por la población de la Unión Europea hacia la que Obama dirigió sus palabras.
3) En tercer lugar, el simple hecho de un candidato a la Presidencia de los Estados Unidos decida tener uno de sus principales actos de campaña en el extranjero, y que concite la atención de 200.000 concurrentes, denota la irreversibilidad de la globalización de las polaridades políticas. Es ésta, además, la consecuencia previsible de la irrupción de asuntos globales –como la invasión de Irak, la política estadounidense en Medio Oriente o las amenazas derivadas del 11 de Septiembre- en elecciones de ámbito nacional que antiguamente se dirimían según contenidos meramente nacionales. Aún más significativas han sido las reacciones del gran partido nacionalista y conservador de los Estados Unidos, el Republicano, cuyos dirigentes usaron el discurso de Berlín para acusar a Obama de “estar demasiado interesado en el mundo y ser demasiado poco americano para defender los intereses estadounidenses”.
4) Por último, aun considerando los inevitables compromisos y equilibrios que implica la posición de Obama –un líder de visiones globales, por un lado, y el principal representante de los intereses del estado nacional más poderoso del mundo, por el otro- los primeros meses de su Presidencia han mostrado una notable coherencia entre sus prácticas y su discurso de campaña. Pero éste, el de las acciones concretas de la Administración Obama, es el tema de la segunda parte de este artículo.

domingo, 19 de julio de 2009

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Ser progresista en la Argentina del Siglo XXI

Publicada en la Revista "Noticias" el 11 de julio 2009

Extracto del libro "QUE SIGNIFICA SER PROGRESISTA EN LA ARGENTINA DEL SIGLO XXI" , Editorial Sudamericana, 2009

La globalización y la crisis financiera impuso un nuevo paradigma en la conformación de corrientes ideológicas. El autor, propone revisar la dialéctica progresismo-conservadurismo para un país que, como la Argentina, unos se han mimetizado con los otros.


Lejos de convocar a la preocupación y la prudencia, la crisis financiera cuyos espasmos recesivos amenazan el futuro económico del mundo ha provocado expresiones de inmoderada alegría en el populismo nacionalista argentino. Antes de tomarse el trabajo de comprender cómo funciona un mundo globalizado, urgida por la insana costumbre de interpretar los fenómenos sociopolíticos como antinomias estilo Boca-River y vistos los extraordinarios resultados obtenidos por la Argentina en los cinco años en que la coyuntura internacional fue la más favorable en doscientos años de historia, la Presidenta ha salido a dar inesperadas lecciones al planeta sobre cómo deben hacerse seriamente las cosas. Por su parte, los referentes económicos del neodesarrollismo no se han privado de explicar la complicada situación global en términos nacionales, como si la debacle mundial fuese un epifenómeno de la disputa entre setentistas-kirchneristas y noventistas-menemistas locales. Con su habitual miopía, el populismo neodesarrollista-industrialista ha subrayado sólo uno de los muchos aspectos causales de la debacle: la desregulación de las actividades financieras, ofreciendo una visión incompleta de este aspecto y ocultando el resto de las causas que han llevado al colapso.
Es notable que se atribuya hoy la crisis al neoliberalismo sin que nadie mencione la palabra crucial que lo regía: ajuste. Y es que el manual de economía de la administración Bush no ha aplicado ningún ajuste (una burbuja es, por definición, lo contrario de un ajuste) y sí se ha hartado de usar políticas expansivas en una fase expansiva, lo que recuerda las hazañas de los Kirchner en estos últimos años. Para analizar lo sucedido tratando de no limitarse a encontrar lo que ya se sabía, no estaría mal dejar de lado la demagogia y abandonar las posiciones antiamericanas y anticapitalistas del tipo Chávez-Ahmadinejad, que hablan como si en sus países reinara el socialismo y no el más espantoso capitalismo de amigos completamente dependiente –vía exportaciones petroleras– del crecimiento de la economía mundial fogoneado por las irresponsabilidades de Bush. Es cierto que los Estados Unidos y el modelo capitalista anglosajón están, por razones bien relacionadas con su conducta, bajo los focos de la crítica. También lo es que la principal lección que ofrece la crisis (la de que, abandonado a su libre arbitrio y sin las intervenciones regulatorias de un sistema político-democrático que disminuya los riesgos y distribuya los beneficios, el espíritu predatorio del capitalismo tiende a llevarnos a la ruina), la conocíamos ya desde 1929.
Dicho esto, no es justo ni inteligente desconocer hoy que si los Estados Unidos amenazan convertirse en el epicentro de una crisis recesiva mundial es porque hace varios años que vienen siendo (en su propio provecho, qué duda cabe) la locomotora que con sus altos niveles de consumo permitía el crecimiento récord de la economía mundial, comenzando por China e India, que colocan más de un tercio de sus exportaciones en el mercado norteamericano y con sus ganancias han impulsado hasta ayer ese formidable viento de cola que no existe, pero que lo hay, lo hay. ¿De dónde creían los neodesarrollistas que venía el crecimiento K si no de la venta de soja? ¿Y de dónde creían que sacaban China e India las divisas para pagarnos si no de sus masivas exportaciones a los Estados Unidos de Bush? Si aún no se enteraron, ahora se van a enterar, lamentablemente para todos. Tampoco es coherente la actitud de muchas personas emocionalmente trotskistas que han invertido la mitad de su vida en denunciar que los malvados bancos sólo les prestan a los que tienen dinero, para virar hoy, sin transiciones, a la denuncia enfática de la irresponsabilidad de los banqueros que han financiado la casa propia a decenas de miles de estadounidenses de clase media-baja sin exigir garantías adecuadas, dando así origen a la crisis de las hipotecas subprime.
1929 Y 1913. La mirada a la década del treinta, que todos usan para comprender lo que sucede y adivinar lo que vendrá, está justificada (yo mismo la vengo utilizando desde hace diez años para anticipar los efectos de una crisis como la que hoy enfrentamos).
Pero es insuficiente. En primer lugar, porque el capitalismo financiero ha alcanzado hoy un nivel de globalización claramente superior por intensidad y magnitud al de cualquier tiempo precedente: la circulación de activos financieros es hoy cincuenta veces superior al valor de los activos no financieros.
En segundo lugar, porque el riesgo mayor que se corre no es el de repetir la Gran Depresión de los años treinta, sino que el 2008 se transforme en 1913, año que puso fin a esas tres prósperas décadas de internacionalización y globalización ininterrumpidas que hoy conocemos como la Belle Époque. En aquel fatídico año 1913, la crisis se hizo sentir, las voces del proteccionismo económico lograron hacer escuchar su habitual canto de sirenas que promete una isla donde esconderse del tsunami y descalifica a las posiciones cooperacionistas y universalistas por su ingenuidad; el nacionalismo político creció en todas partes y llegó la hora del sálvese quien pueda. Previsiblemente, a 1913 siguió 1914, año que inauguró las tres décadas más infaustas de la historia mundial, gobernadas por el nacionalismo extremo, la guerra y el genocidio, episodios que sólo culminaron con la derrota militar del nacional-socialismo y la fundación de instituciones internacionales en Bretton Woods (FMI y Banco Mundial, 1944) y San Francisco (ONU, 1945).
Sin embargo, las posibilidades de que las cosas tomen hoy el mismo rumbo no son demasiadas, ya que el mismo fenómeno globalizador se encarga de dejar en claro a cada paso que en un mundo mundializado no hay lugar para planes de salvación nacional y que, nos guste o no, ya no es la nación sino el mundo nuestra forzosa comunidad de destino. Si la ceguera nacionalista no lleva a los líderes mundiales a tomar decisiones completamente irracionales, la crisis actual no marcará el fin del mundo ni del capitalismo, ni abrirá una época en que la economía mundial se parecerá definitivamente a la argentina. Será, sí, el fin del consenso neoliberalista que sustituyó los maravillosos treinta socialdemócratas de postguerra y la apertura de una era post-Bretton Woods que traerá tantas inestabilidades y preocupaciones como esperanzas de alcanzar un orden político-económico mundial más justo y estable. (...)

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lunes, 13 de julio de 2009

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LA GLOBALIZACIÓN DE LO PEOR
Publicado en Revista Noticias el 11 de julio de 2009

La epidemia de gripe porcina es el episodio más reciente de una amenaza que pende sobre el mundo: una pandemia global facilitada por la hiperconectividad de la sociedad global del conocimiento. Antiguamente, las pestes viajaban a la velocidad de las carretas y tardaban siglos en dar la vuelta al mundo. Hoy, cuando los artefactos tecnológicos han achicado el planeta y derribado sus fronteras, la función protectiva que desempeñaba el espacio debe ser reemplazada por la intervención activa de un poder político con capacidades regulatorias sanitarias globales. Pero, ¿cómo hacerlo en un planeta dividido en doscientos estados nacionales que se declaman soberanos y con instituciones en las que no están representados los ciudadanos del mundo sino sus gobiernos y a las que no se concurre para solucionar los problemas comunes de la humanidad sino para defender estrechos intereses nacionales?
No es la globalización el problema, sino la mezcla asincrónica entre una sociedad globalizada en sus fenómenos y una estructura política basada en estados territoriales, con una agenda mundial que desborda de crisis para los que la estructura inter-nacional carece de respuesta: el recalentamiento global, la proliferación nuclear, la crisis financiera, la epidemia de gripe porcina… En este marco fragmentado y antidemocrático, ¿quién puede redireccionar los recursos de investigación científica hacia la solución de los problemas sanitarios de las mayorías pobres del planeta? ¿Quién va a decidir medidas de contención que afectarían enormes intereses?
En un mundo que es hoy más pequeño de lo que hace un siglo eran los grandes estados nacionales es urgente aplicar las mismas recetas que dieron resultado a nivel nacional: unidad política, centralización de las decisiones sobre los asuntos de interés común, federalismo y construcción de instituciones democráticas.
He aquí la alternativa que enfrentamos: la globalización de lo peor o la globalización de la democracia. Reforma de la ONU, creación de estructuras regionales democráticas en todos los continentes, agencias globales especializadas dotadas de recursos y poder de decisión: he aquí un programa para la democracia del siglo XXI. ¿Utópico? Roma no se hizo en un día, ni la Revolución Francesa que originó las democracias nacionales triunfó sin esfuerzos, sacrificios y utopía.