DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires

jueves, 20 de noviembre de 2008


GLOBALIZACIÓN Y CRISIS FINANCIERA I

Publicado en Revista "Noticias" 15 de noviembre de 2008

Lejos de convocar a la preocupación y la prudencia, la crisis financiera cuyos espasmos recesivos amenazan el futuro económico del mundo ha provocado expresiones de inmoderada alegría en el populismo nacionalista argentino. Antes de tomarse el trabajo de comprender cómo funciona un mundo globalizado, urgida por la insana costumbre de interpretar los fenómenos sociopolíticos como antinomias estilo Boca-Ríver y vistos los extrordinarios resultados obtenidos por la Argentina en los cinco años en que la coyunutra internacional fue la más favorable de sus doscientos años de historia, la Presidenta ha salido a dar inesperadas lecciones al planeta sobre cómo deben hacerse seriamente las cosas. Por su parte, los referentes económicos del neodesarrollismo no se han privado de explicar la complicada situación global en términos nacionales, como si la debacle mundial fuese un epifenómeno de la disputa entre setentistas-kirchneristas y noventistas-menemistas locales. Con su habitual miopía, el populismo neodesarrollsita-industrialista ha subrayado sólo uno de los muchos aspectos causales de la debacle: la desregulación de las actividades financieras, ofreciendo una visión incompleta de este aspecto y ocultando el resto de las causas que han llevado al colapso.
Es notable que se atribuya hoy la crisis al neoliberalismo sin que nadie mencione la palabra crucial que lo regía: ajuste. Y es que el manual de economía de la administración Bush no ha aplicado ningún ajuste (una burbuja es, por definición, lo contrario de un ajuste) y sí se ha hartado de usar políticas expansivas en una fase expansiva, lo que recuerda las hazañas de los Kirchner en estos últimos años. Para analizar lo sucedido tratando de no limitarse a encontrar lo que ya se sabía no estaría mal dejar de lado la demagogia y abandonar las posiciones antiamericanas y anticapitalistas del tipo Chávez-Admadinejad, que hablan como si en sus países reinara el socialismo y no el más espantoso capitalismo de amigos completamente dependiente –vía exportaciones petroleras- del crecimiento de la economía mundial y estadounidense fogoneado por las irresponsabilidades de Bush. Es cierto que los Estados Unidos y el modelo capitalista anglosajón están, por razones relacionadas con su conducta, bajo los focos de la crítica. También lo es que la principal lección que ofrece la crisis (la de que abandonado a su libre arbitrio y sin las intervenciones regulatorias de un sistema político-democrático que disminuya los riesgos y distribuya los beneficios el espíritu predatorio del capitalismo tiende llevarnos a la ruina), la conocíamos ya desde 1929.
Dicho esto, no es justo ni inteligente desconocer hoy que si los Estados Unidos amenazan convertirse en el epicentro de una crisis recesiva mundial es porque hace varios años que vienen siendo (en su propio provecho, qué duda cabe) la locomotora que con sus altos niveles de consumo permitía el crecimiento récord de la economía mundial, comenzando por China e India, que colocan más de un tercio de sus exportaciones en el mercado norteamericano y con sus ganancias han impulsado hasta ayer ese formidable viento de cola que no existe, pero que lo hay, lo hay. ¿De dónde creían los neodesarrollistas que venía el crecimiento K sino de las ventas de soja? ¿Y de dónde creían que sacaban China e India las divisas para pagarnos sino de sus masivas exportaciones a los EEUU de Bush? Si aún no se enteraron, ahora se van a enterar, lamentablemente para todos. Tampoco es coherente la actitud de muchas personas emocionalmente trotskistas que han invertido la mitad de su vida en denunciar que los malvados bancos sólo le prestan a los que tienen dinero para virar hoy, sin transiciones, a la denuncia enfática de la irresponsabilidad de los banqueros que han financiado la casa propia a decenas de miles de estadounidenses de clase media-baja sin exigir garantías adecuadas, dando así origen a la crisis de las hipotecas subprime.

1929 Y 1913
La mirada a la década del ’30, que todos usan para comprender lo que sucede y adivinar lo que vendrá, está justificada (yo mismo la vengo utilizando desde hace diez años para anticipar los efectos de una crisis como la que hoy enfrentamos) pero es insuficiente. En primer lugar, porque el capitalismo financiero ha alcanzado hoy un nivel de globalización claramente superior por intensidad y magnitud al de cualquier tiempo precedente. En segundo lugar, porque el riesgo mayor que se corre no es el de repetir la Gran Depresión de los ’30 sino que 2008 se transforme en 1913, año que puso fin a esas tres prósperas décadas de internacionalización y globalización ininterrumpidas que hoy conocemos como la Belle Époque. Aquel fatídico año de 1913 la crisis se hizo sentir, las voces del proteccionismo económico lograron hacer escuchar su habitual canto de sirenas que promete una isla donde esconderse del tsunami y descalifica a las posiciones cooperacionistas y universalistas por su ingenuidad, el nacionalismo político creció en todas partes y llegó la hora del sálvese quien pueda. Previsiblemente, a 1913 siguió 1914, año que inauguró las tres décadas más infaustas de la historia mundial, gobernadas por el nacionalismo extremo, la guerra y el genocidio, episodios que sólo culminaron con la derrota militar del nacionalsocialismo y la fundación de instituciones internacionales en Bretton Woods (FMI y Banco Mundial, 1944) y San Francisco (ONU, 1945).
Sin embargo, las posibilidades de que las cosas tomen hoy el mismo rumbo no son demasiadas, ya que el mismo fenómeno globalizador se encarga de dejar en claro a cada paso que en un mundo mundializado no hay lugar para planes de salvación nacionales y que, nos guste o no, ya no es la nación sino el mundo nuestra forzosa comunidad de destino. Si la ceguera nacionalista no logra llevar a los líderes mundiales a tomar decisiones completamente irracionales, la crisis actual no marcará el fin del mundo ni del capitalismo, ni abrirá una época en que la economía mundial se parecerá definitivamente a la argentina. Será, sí, el fin el consenso neoliberista que sustituyó los “Maravillosos Treinta” socialdemócratas de postguerra y la apertura de una era post-Bretton Woods que traerá tantas inestabilidades y preocupaciones como esperanzas de alcanzar un orden político económico mundial más justo y estable.
Hace al menos diez años que vengo sosteniendo públicamente y escribiendo en libros y artículos que una crisis de la escala de la de 1929 iba a tener lugar más temprano que tarde[1]. Quisiera ahora participar del debate tratando de señalar algunos elementos que no han sido tenidos en cuenta en los análisis neodesarrollistas, populistas, nacionalistas e industrialistas que predominan entre quienes observan con justificado espanto las consecuencias masivamente destructivas que puede tener la codicia irresponsable de unos pocos.

CAPITALISMO GLOBAL vs DEMOCRACIAS NACIONALES
Que no exista capitalismo avanzado en sociedades no democráticas es más que mera casualidad, ya que el sistema político democrático desempeña dos funciones económicas fundamentales: 1) la distribución social y geográfica de los bienes que el sistema económico capitalista es capaz de producir masivamente pero cuya propiedad tiende a concentrar elitistamente, y 2) el control de las condiciones de producción de esos bienes, lo que implica estándares laborales y ecológicos que regulen la producción industrial de bienes tangibles y de transparencia y sostenibilidad de los bienes intangibles y financieros.
Dado que las democracias nacionales nacidas de las revoluciones europeas y americanas del siglo XVIII son previsiblemente incapaces de desempeñar estas tareas en el marco del capitalismo global del siglo XXI, ¿por qué sorprenderse entonces de que casi la mitad de la humanidad sobreviva hoy con sólo dos dólares diarios, de que exista un abismo entre los países ricos y los pobres, de que los estándares laborales estén sometidos a un dumping global, de que el cambio climático continúe avanzando sin que se tomen medidas a la altura de la amenaza y, finalmente, de que la volatilidad financiera esté devastando ahora la economía mundial?
Tienen razón los neodesarrollistas cuando señalan que la desregulación de las actividades financieras, con sus consecuencias directas de falta de transparencia, riesgo excesivo y exagerado apalancamiento de las inversiones, es la causa principal del desastre. Más problemático es demostrar que esta desregulación, un objetivo manifiesto de los sectores financieros desde hace siglos, sea el simple producto de la perversión moral de Mr. Bush; perversión cuya existencia nadie niega. Apenas se repasa la historia efectivamente ocurrida se observa que la batalla histórica entre reguladores y desreguladores sufrió un vuelco espectacular a favor de los últimos con la globalización de las finanzas sin globalización de los instrumentos políticos destinados a regularlas, cuya victoria fue sancionada por el Consenso de Washington y mundializada en los Noventa… ¡bajo la presidencia demócrata y progresista de Bill Clinton!
Las razones que permitieron esta victoria de las fuerzas desreguladoras son pues evidentes para todos aquellos que no creen que la globalización sea un mito o un fenómeno pasajero: con la aparición de las redes digitales mundiales, el desarrollo tecnológico hizo posible superar el nivel de organización nacional-internacional del sistema económico, y muy especialmente: el del inmaterial sistema financiero. Los actores económicos no dejaron escapar la oportunidad de globalizar sus organizaciones, estrategias y ganancias, y superando el provincialismo nacionalista de sus adversarios políticos, lograron sentar las bases de la hegemonía que define al mundo actual, y que no es la hegemonía imperialista de los Estados Unidos sobre el resto del planeta sino la hegemonía del unificado capitalismo global que reina sobre un mundo políticamente dividido en doscientos estados nacionales. En las condiciones derivadas de una relación de fuerzas completamente desequilibradas que supone la globalización de la economía y las finanzas sin una simultánea globalización de la democracia, todos los estados nacionales, incluido el más poderoso de ellos, están obligados a operar en condiciones de dumping: o sacrifican su crecimiento económico a los delirios nacionalistas-proteccionistas-autárquicos (lo que tarde o temprano los lleva al atraso tecnológico, la pérdida de inversiones y de competitividad, y la crisis), o tienen que ofrecer las mejores condiciones de operación a los fugitivos capitales globales, lo que inevitablemente implica una erosión de los estándares laborales y ecológicos para las actividades industriales y un alto nivel de desregulación de las actividades financieras. Nada casualmente, quienes han ido más a fondo en esta última estrategia (los mercados emergentes en los Noventa, los Estados Unidos, después) han sufrido antes y peor las consecuencias del desmoronamiento (sic) de las burbujas financieras que supieron usufructuar por años.
Lo que ha sucedido y lo que está sucediendo en esta crisis es útil, al menos, para despejar la polémica sin sentido entre dos fracciones fundamentalistas: la de quienes creen que la globalización ha tornado completamente impotentes a los estados nacionales y la de los que piensan que nada ha cambiado y que éstos siguen siendo el centro del universo. Lo cierto es que el estado nacional más poderoso del planeta, cuyo poder militar es capaz de destruir siete veces la vida sobre la Tierra, se ha mostrado incapaz de contener una mera crisis financiera, que sólo ha encontrado un muro de contención –provisorio o definitivo, se verá más adelante- en la intervención coordinada de todos los estados nacionales europeos y norteamericanos. He aquí una nueva perspectiva sobre el problema: 1) la globalización no hará desvanecerse, al menos en el corto plazo, los estados nacionales; pero sí ha cerrado la etapa en la que estos eran los impulsores predestinados de la Modernidad y el progreso, convirtiéndolos paulatinamente en artefactos peligrosos y reaccionarios cada vez más capaces de destruir al mundo y cada vez más impotentes para salvarlo; 2) ya no se pueden defender los intereses nacionales mediante el nacionalismo: la hora de la globalización será la hora de la solidaridad y la cooperación o la de la destrucción mutua asegurada.
También se ha hecho evidente hoy la relación entre la incapacidad de redistribuir social y geográficamente la riqueza que es intrínseca a un sistema político mundial regulado nacional e inter-nacionalmente. Cuando casi la mitad del mundo vive en la pobreza, el único recurso con el que las economías avanzadas pueden evitar la recesión es impulsar el consumismo del Primer Mundo mediante tasas bancarias exageradamente bajas, créditos al consumo e hipotecas inmobiliarias subprime. He aquí, y no sólo en cuestiones morales, el origen del consumismo primermundista. He aquí, y no sólo en la desregulación del sistema financiero, el origen de la burbuja que acaba de estallar. Y he aquí también cómo recetas de origen keynesiano puestas en manos de los populistas a cargo de los estados nacionales del Primer Mundo (Bush y Berlusconi, por ejemplo) son tendencialmente reaccionarias y concentradoras del ingreso.

7 comentarios:

ericz dijo...

Estás diciendo que sería bueno que haya gobernantes clarividentes, que acepten dejar de ser cabeza de ratón, que acepten ser hormigas de comunidad, yo te pregunto ¿cómo van a ser elegidos? ¿a lo Menem, con las patillas en campaña, con el Armani luego?

Por ejemplo, no la veo a Carrió diciendo que propone ceder prerrogativas nacionales a favor de un orden global.

ericz dijo...

y ahora vuelven los Patacones, los Quebrachos, etc... cada vez más feudo chico. Es una ironía para tu vocación de pastor globalizador, que lo hagas desde un país sin orden.

ericz dijo...

Ni para desalojar el corte de una autopista nos ponemos de acuerdo sobre la autoridad de aplicación... ¿nos ves aceptando reglas ordenadas por la UnaSur, el Mercosur, o el que sea?

martin delfino dijo...

fernando; muy interesante la nota, como siempre.
Coincido con vos en que el avance de las teconologias y los procesos productivos han menoscabado la capacidad de respuesta y asilimiacion de los estados-nación coomo los que conocimos antaño; será necesario globalizar la democracia, mediante un modo bien entendido, que es la conformacion de bloques regionales o mundiales que debatan, y logren consensos sobre las medidas a implementar frente a la solucion de los eventuales problemas.
Respondiendo a un comentario anterior, en alusion al modo de eleccion de aquellos representantes, deberiamos decir que el procedimiento sería el mismo que se utiliza en la designacion de ministros de relaciones exteriores, y, por ultimo, no se trata de ceder prerrogativas nacionales, sino de compremeter efuerzo, solidaridad y colaboracion, para enfrentar vicisitudes que, lejos de circunscribirse al ambito nacional popular, requieren un tartamiento global.
Saludos. Martin Delfino.

Delfina Lopez dijo...

Querido Ericz: hacer escepticismo cínico y considerar la política como un reducto personal (Carrió, decís, y no la Coalición Cívica) es una buena manera de constribuir a la confusión y la deseperanza general.
Por si te interesa, te copio la parte de la Declaración de Principios de la Coalición Cívica referente al tema que nos ocupa.

"La COALICIÓN CÍVICA se expresa a favor de la superación de la falsa opción entre las relaciones carnales y el aislamiento internacional. Creemos profundamente en las enormes posibilidades que para sus habitantes puede abrir una Sudamérica orientada al mundo y al futuro, cohesionada por infraestructuras comunes, integrada no sólo económica sino políticamente, con instituciones parlamentarias y judiciales capaces de solucionar conflictos paralizantes como los enfrentan hoy a miembros de un mismo bloque. Proponemos una Unión Sudamericana dotada de mecanismos de decisión democrática de escala continental que sean capaces de arbitrar los problemas regionales y de proveer al continente una estrategia sostenible de desarrollo que no acabe con sus democracias nacionales sino que confiera nuevo vigor a sus mejores principios. Creemos en una Unión Sudamericana con capacidad de decisión autónoma y a la vez integrada al resto del planeta, deseosa de abandonar el victimismo improductivo y de aprovechar las oportunidades que la mundialización está abriendo para los países en desarrollo. Soñamos con una Unión Sudamericana que no sea un mero nacionalismo ampliado a la escala regional ni un muro que separe a sus países del mundo, sino que se constituya como un puente hacia él. Y creemos también que la Argentina tiene un rol importante en su construcción, en la reforma democrática de la ONU y demás organismos internacionales, y en la progresiva creación de instituciones democráticas en el ámbito global".

saludos

Fernando A. Iglesias dijo...

Perdón. El post anterior es mío. Es que una amiga entró en mi compu y me olvidé de cambiar el suscriptor.

Victor dijo...

Buenísimo artículo, lo leí en Noticias.

Que la fuerza te acompañe.