DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires

jueves, 26 de febrero de 2009

DENUNCIA PENAL CONTRA NESTOR KIRCHNER POR USURPACION
26 de febrero de 2009


El Diputado Nacional Fernando Iglesias y otros nueve legisladores de la Coalición Cívica, denunciaron hoy penalmente al ex presidente de la Nación, el Dr. Néstor Kirchner, por usurpación de cargo público y tráfico de influencias. La denuncia fue presentada en la fiscalía federal ubicada en Comodoro Py y recayó en el juzgado Nº 10 del Dr. Julián Ercolini.
En las escalinatas del edificio del juzgado federal, el Diputado Iglesias declaró:
“Venimos en cumplimiento de nuestra obligación como legisladores que consiste fundamentalmente en controlar el desempeño del Poder Ejecutivo comenzando porque la presidencia de la Nación sea desempeñada por quienes hayan sido elegidos por los ciudadanos argentinos y no por usurpadores. No se trata de pruritos judiciales, el dinero que con tanto sacrificio aportan los argentinos al Estado Nacional debe estar en manos de la presidenta, con el objeto de resolver las necesidades del país y de sus ciudadanos, y no ser el botín del presidente de un partido para pagar la campaña electoral.”

“Como es público y notorio, el ex presidente Néstor Kirchner recibe autoridades provinciales y municipales en la residencia presidencial de Olivos y distribuye fondos estatales. Además, según necesidades políticas, reemplaza a la presidenta en actos públicos, habla en su nombre y usa y abusa de los aviones y helicópteros afectados a la presidencia de la Nación.”

“Se trata de una situación tan evidente que políticos opositores y oficialistas, periodistas de los principales medios de comunicación y el mismo vicepresidente de la Nación, el Ing. Cobos, declaran públicamente que en la Argentina hay co-gobierno, doble comando y usurpación de las funciones presidenciales.”

Finalmente, el Diputado Iglesias concluyó:
“En la denuncia, ha sido omitida deliberadamente la presidenta de la Nación ya que no queremos poner en cuestión la investidura presidencial sino, por el contrario, nuestra intención es colaborar para que la máxima investidura del país sea ejercida por quien corresponde".

miércoles, 25 de febrero de 2009

EL DIPUTADO IGLESIAS DENUNCIA PENALMENTE A NESTOR KIRCHNER POR USURPACION DE TITULOS Y HONORES


El jueves 26 de febrero a las 12 horas, en los juzgados federales ubicados en Comodoro Py 2002, el diputado nacional Fernando Iglesias y otros integrantes del bloque de Coalición Cívica presentarán una denuncia penal contra el doctor Néstor Kirchner por los delitos de usurpación de títulos y honores, tráfico de influencias y malversación de caudales públicos. En las escalinatas del juzgado, los diputados denunciantes ofrecerán una conferencia de prensa acerca de los motivos y las pruebas que fundamentan la denuncia.

domingo, 22 de febrero de 2009


LA REALIDAD DE LO IRREAL (industrialismo y fase-software)
Publicada en el Diario "Perfil" el 21 de febrero de 2009

Hace pocos años, el software era esa cosa de escasa importancia que nadie sabía en qué consistía pero que tenía la gentileza de hacer funcionar nuestras computadoras. Hoy, la situación se ha dado vuelta. Puesto a renovar su equipo, todo bípedo implume le dice al vendedor algo así como: “Uso mucho el programa W, bajo música de Internet con el X, tengo un blog que armé con N y quiero probar el explorador Z. ¿Qué soporte me recomendás?”. Antes, el hardware era central; hoy es un mero “soporte” que permite que funcione el software. Que las computadoras se hayan achicado (de los mainframes a las desk-top, de éstas a las lap-top y de ellas a las mini) es algo más que cuestión de comodidad. Y la tendencia seguirá cuando pronto nuestras PCs sean meras terminales y el disco rígido y los programas estén directamente en el servidor que nos provee la conexión a Internet.
Nada distinto le sucede al mundo. Un automóvil del siglo XX era un amasijo de fierros, y “fierro” se lo llamaba en efecto y fierros se les dice aún, con admiración, a los que quedan funcionando. Un fierro en el cual el valor correspondía casi enteramente a las materias primas y las horas de trabajo manual aportadas por los obreros en la cadena de producción. Por el contrario, un automóvil del siglo XXI es un condensado de ideas en el cual el valor lo aportan las agencias de diseño, marketing, publicidad y comercialización y las tecnologías aplicadas a los robots que lo ensamblaron. La inteligencia humana, en suma, escondida en cada línea aerodinámica y en cada chip de los sistemas de seguridad, conducción, climatización y conectividad.
Propietarios de cadenas informativas, especuladores financieros, productores de Hollywood, vendedores de comunicación telefónica y desarrolladores de software han desplazado a las dinastías industriales de la era Ford. De la manufactura a la producción de intangibles. De IBM a Microsoft. En un mundo progresivamente a-territorial y virtual, lo simbólico es tanto o más real que lo material. Compre un abono telefónico y le darán el celular a menos de la mitad de su precio de producción.
¿Noventismo? ¿Neoliberalismo? Citemos al Carlos Marx de los Gründrisse, quien hace más de un siglo comprendió lo que sus epígonos industrialistas y nacionalistas que divagan hoy con la distinción entre economía real e irreal no alcanzan a entender: “El conocimiento social se ha transformado en una fuerza directa de la producción… las condiciones del proceso de la vida social misma han caído bajo el control de la inteligencia general y han sido transformadas de acuerdo con ella… la producción social ha sido creada no sólo en forma de conocimiento sino también como una forma inmediata de prácticas sociales dentro del proceso de la vida real”.
Estamos pasando de una fase-hardware en la que toda riqueza era tan material como las monedas de oro en la que se representaba, a una fase software en la que la riqueza es simbólica, se expresa digitalmente y el valor agregado es inteligencia humana agregada en forma de conocimiento, información, diversidad, comunicación, subjetividad e innovación. No queda bien decirlo cuando una enorme burbuja de impulsos digitales se desploma sobre todos nosotros, pero para poder salvaguardarnos de sus efectos hay que comprender al mundo realmente existente, el mundo de hoy, en vez de añorar reaccionariamente el retorno a los viejos buenos tiempos nacional-industriales en los cuales nuestro universo significativo se podía tocar y entraba en cuatro cuadras. Para empezar, no estaría mal dejar de hablar de la economía “real” como si la economía de intangibles fuera “irreal” de alguna manera. Como aquel doctorcito del Adán BuenosAyres que alardeaba de que el alma no existía porque no la había encontrado en sus cirugías de abdomen, los positivistas decimonónicos que un día se dicen hegelianos y al siguiente salen a sostener un materialismo de ferretería nos deben la explicación de por qué algo irreal produce efectos tan reales en la realidad. Como si una esquizofrenia paranoica fuera menos real porque no puede tocarse. O como si la soberbia y la ceguera de nuestros gobernantes fueran menos reales que los devastadores efectos que provocan en la realidad.

jueves, 19 de febrero de 2009


ENTREVISTA A FERNANDO IGLESIAS


El sitio web politicargentina le realizó una entrevisa a Fernando Iglesias.

miércoles, 18 de febrero de 2009

“El Diputado Iglesias presenta proyecto de repudio a las declaraciones de Berlusconi”

“Las escandalosas declaraciones de Silvio Berlusconi son una ofensa a los más elementales sentimientos de humanidad. Que una de las máximas autoridades del gobierno italiano se refiera irónicamente a uno de los mayores genocidios del siglo XX constituye no solo una violación de los principios de amistad que deberían imperar entre nuestros países sino una nueva demostración de la insultante superficialidad de su autor.
En vez de hacerse el gracioso en temas que nada tienen de cómico Berlusconi debería acordarse de que miles de los desaparecidos argentinos, muchos de los cuales sufrieron la espantosa condena a los vuelos de la muerte, eran hijos y nietos de inmigrantes italianos y, por lo tanto ciudadanos italianos de pleno derecho.
Como ciudadano argentino e italiano no puedo menos que repudiar esta exhibición obscena de insensibilidad, que está exactamente a contramano de la receptividad demostrada por los tribunales italianos que han condenado a muchos militares genocidas por crímenes de lesa humanidad, y que contrarían hasta expresiones artísticas como la excelente “Garage Olimpo”, de Marco Bechis que demuestran que los sentimientos del pueblo italiano no coinciden con los de su actual Premier.
Como diputado nacional argentino he presentado hoy mismo un proyecto de repudio que incluye la exigencia de que en su próxima visita a la Argentina el presidente de la Cámara de Diputados y ex ministro del gobierno de Berlusconi, Gianfranco Fini de Alianza Nacional, explique los alcances de las declaraciones de Berlusconi y deje en claro si han sido hechas a título personal o son parte del pensamiento político de su gobierno en relación con la República Argentina”.

YO LES AVISÉ III (nacional)
Color del texto
El escenario de octubre se va configurando, y con él, el de la salida del espejismo de la eternidad de la hegemonía kirchnerista. Dado que escribí “Kirchner y yo, por qué no soy kirchnerista” cuando a Néstor las encuestas le daban 80% de popularidad y aceptación, déjenme ahora deciles de nuevo, ineducadamente, “yo les avisé”.
Aquí van tres fragmentos de Kirchner y yo. Pero no insistan. No doy pálpitos para la quiniela ni fijas para el Nacional.
“En cuanto al ser y el no ser peronista de Kirchner, o mucho me equivoco o a nuestro Presidente le espera una cruel paradoja. Ahora que le va bien, y ante lo impresentable de buena parte del pejotismo que lo acompaña, especialmente visible después de las exequias de Perón, Kirchner huye de los símbolos peronistas como de la peste (nada de dedos en V, ni de fotos de Perón, ni de marchita) a fin de no espantar a una clase media que se quemó varias veces con leche justicialista y cuando ve la vaca peronista, llora. En tanto, los muchos peronistas que viajan colgados del pasamanos del tren kirchnerista reivindican -con un fervor no indiferente a sus afanes de participar de la cosa pública- el carácter peronista de este Presidente y su gobierno.
Este estado de cosas, con el pejotismo en el rol de pretendiente amoroso y Kirchner en el de despectivo cortejado, seguirá si no me equivoco hasta que las cosas se den vuelta y a Kirchner le pase lo que le pasó a Menem, que era indiscutiblemente peronista mientras le fue bien y se tornó decididamente neoliberal después de que se cayó el Sudeste Asiático y el viento de cola empezó a soplar al revés. Cuando su estrella política decline y Kirchner intente refugiarse en el 30 por ciento de adhesión automática que aún está en grado de ofrecer el Pejota, se verá obligado a cantar la marchita y a nombrar en los discursos al General, en tanto que un Pejota otra vez renacido de sus cenizas de Gato Félix propietario de siete vidas declarará ante la sociedad que Kirchner nunca fue peronista, que en realidad era montonero, y que los verdaderos peronistas del futuro son Sobisch, o Macri, o Lavagna, o Romero, o quién sabe qué nuevo engendro construido en los laboratorios del Doktor Mengele bonaerense que trabaja para el Pejota en su tallercito-laboratorio del tercer cordón del conurbano”.
“De los Ochenta populistas, a los Noventa neoliberistas, al nuevo milenio iniciado bajo el signo del neopopulismo. ¿Dónde termina el eterno retorno pendular que ha signado la Argentina del fracaso? Cuando la Convertibilidad 3a1 estalle víctima de su incapacidad para modernizar el país y mejorar su competitividad; cuando el atraso tecnológico, la debacle educativa y el estancamiento del perfil productivo revelen ser una hipoteca más difícil de levantar que la deuda financiera; cuando se haga evidente que no se puede socializar una riqueza que no es producida por la sociedad sino por el territorio; cuando se agoste el reverdecer de unidades obsoletas que aún con el pulmotor del 3a1 necesitan del proteccionismo para poder seguir esquilmando a los consumidores, entonces culparemos nuevamente a los maléficos poderes antinacionales y un “nuevo” Pejota liderado por Lavagna, Scioli o Sobisch vendrá a explicarnos que el kirchnerismo no era peronismo sino montonerismo y a anunciarnos el advenimiento del Justicialismo del Tercer Milenio. ¿Será entonces el tiempo, como en las películas de Freddy Kruger, de la Convertibilidad versión tercera?”
“Se escucha hoy decir por todas partes que lo nuevo se construye con lo viejo. No está mal como idea. Pero también es importante, entre el fragor de los hechos, saber distinguir el último retoño de lo viejo del primer brote de lo nuevo. Y que no nos hagan tragar gato por liebre. Nada debe impedir la reivindicación de los mejores valores peronistas, en especial: la justicia social, ni la libre organización de quienes se reconocen en las tradiciones peronistas. Pero si el Pejota sigue siendo el fulcro de la política argentina y transformando las elecciones nacionales en internas dirimidas a golpe de heladeras y cadenazos no habrá futuro para el país. No habrá más futuro, al menos, que la continuidad de la República Argentina como gran conurbano bonaerense y de la sociedad nacional como mujer pobre y golpeada”.

miércoles, 4 de febrero de 2009


"ES EL NACIONALISMO… ROZITCHNER"

Publicado en Revista "Contraeditorial" Enero de 2009


Resulta difícil resitir la tentación de contestar uno por uno los disparates enunciados en su vasto insulto a Occidente por León Rozitchner. Sería fácil responder a su fantástica igualación de los actuales Estados Unidos con el Tercer Reich nazi (“Seamos honestos: el Tercer Reich se ha prolongado en el Cuarto Reich del Imperio norteamericano” sostiene) señalando lo problemático que resultaría ver desfilar a la SS y la Gestapo, con paso de ganso y brazo extendido, en honor de Barack Obama. Pero como bien señala Jean Paul Sartre en una de sus escasas obras políticas lúcidas, las “Reflexiones sobre la cuestión judía”, es imposible discutir con el antisemitismo (y más aún con el antisemitismo de los propios judíos) ya que el antisemitismo no es una razón sino una pasión malsana.
Ya de entrada Rozitchner reclama a los judíos que vuelvan a tener la dignidad de suicidarse en masa, y los sobrevivientes, de marchar al exilio. Y cuando sin reparar en semejante desmesura se pregunta “¿No piensan que esa misma dignidad extrema que nuestros antepasados tuvieron, de la que quizá ya no seamos dignos, es la que lleva a la resistencia de los palestinos que ocupan en el presente el lugar que antes, hace casi dos mil años, ocupamos nosotros como judíos?” no se le ocurre a Rozitchner que algo debe andar mal en su sistema de valores políticos, el del nacionalismo, que ante la unicidad espacial de Palestina y la dificultad de que dos pueblos ocupen un mismo lugar en el espacio repetando el concepto nacionalista, que asimila “nación” y “estado”, plantea como única solución posible para la crisis en Palestina la opción entre dos posibles desgracias: la masacre y expulsión de los judíos o la de los palestinos.
Es el nacionalismo… Rozitchner. La causante de este y tantos otros conflictos es la idea de que los derechos de ciudadanía se derivan de la circunstancia del nacimiento (que no otra cosa es el concepto de nación-estado) y de que un espacio territorial perfectamente delimitado puede hacer coincidir los límites de la unidad política con la unidad económica, la cultural, la identitaria, la étnica y la religiosa. Es cierto que semejante proyecto nunca fue mucho más que una expresión de deseos, ya que la coincidencia espacial de economía, cultura, política, etnia, religión e identidad jamás sucedió en la Historia, al menos, desde el fin del feudalismo. Sin embargo, la de la nación-estado fue una ilusión fructífera en el pasaje de las sociedades agrarias, feudales y absolutistas, a las democracias industriales. Previsiblemente, lo que era progresista a la salida del Medioevo ya no lo es en los tiempos de los flujos globales de ciencia, tecnología, ideas, capitales, mercancías y seres humanos, es decir: en la globalizada sociedad del conocimiento y la información. Por eso, si en 1789 hubiéramos escuchado en las cercanías de la Bastilla el grito “Vive la France!” hubiéramos pensado en la libertad, la democracia, los derechos del hombre y el abatimiento de las monarquías; pero si escucháramos el mismo grito hoy pensaríamos en Le Pen, la expulsión de emigrantes y las prerrogativas de los franceses a la residencia, el trabajo y la vivienda….
Volviendo a Rozitchner, llama la atención que en su artículo no haya hombres, quiero decir: no haya mención de individuos concretos, con sus culpas, sus méritos y sus deméritos. Para Rozitchner no hay hombres sino pueblos. Judíos, cristianos, musulmanes, occidentales, árabes, europeos llenan sus barrocas parrafadas, pobladas siempre de masacres y hechos de guerra… Ni un momento de paz, ni un solo hombre, excepto por la mención teórica de Karl Marx y Carl Schmit. De manera que los hechos llevados a cabo en la Historia por esos hombres concretos que Marx reivindicaba recaen como faustas consagraciones o como pesadas maldiciones sobre toda una raza. Los judíos… esto; los árabes… aquello; los cristianos… lo de más allá, dice Rozitchner. Todos son unánimemente víctimas o victimarios por el sólo hecho de pertenecer a un grupo tribal, una idea que agradaba mucho a Adolf Hitler. Preguntarse ¿cómo puede ser alguien responsable de hechos que acontecieron antes de su nacimiento? es cuestión impropia. Igualmente ineducado es mencionar que el Albert Einstein del epígrafe rozitchneriano es difícilmente clasificable (¿era alemán o judío, occidental o semita?, ¿son occidentales, los judíos?, ¿le caben al bueno de Albert las culpas de Sión, las del Tercer Reich Alemán o las del Cuarto Reich Americano?). Señalar que una cosa es Hitler y otra Thomas Mann, tan alemán como aquél, es de mal gusto. Nada detiene al brujo tribal Rozitchner ni a su ordalía mundial de pueblos sometidos al juicio de Dios. Nada original, después de todo, cuando se recuerda su aplauso “marxista” al 11 de septiembre, circunstancia en que una banda de lunáticos medievales comandada por un multimillonario jeque árabe asesinó a miles de ciudadanos de noventa nacionalidades que se encontraban trabajando en el corazón multiétnico de la más cosmopolita de las ciudades del planeta. Pobre Marx… habrá cometido muchos errores de apreciación histórica, pero lo de Rozitchner y Bonafini no se lo merecía.
Catedráticos expertos en filosofía en universidades pagadas por los ciudadanos de la República Argentina, un país en el que judíos y árabes habitan regularmente en paz y en igualdad más o menos democrática… ¡Y después nos asombramos de que corra sangre en Palestina! En su triste búsqueda del pueblo responsable y, por lo tanto, enemigo (obsesión que explica bien su simpatía por el jurista nazi Carl Schmitt), Rozitchner da con los occidentales, cristianos, europeos, o como quiera que los llame. No se le ocurre tampoco que, como señaló un verdadero marxista, Eric Hobsbawm, Hitler era poco más que un nacionalista consecuente. En efecto, si en pleno siglo XX se pone la unidad étnica y religiosa de Alemania como valor supremo, lo que se obtiene es un genocidio. Probemos ahora a descartar la teoría teológico-rozitchneriana de una particular perversión de los occidentales y elaboremos otra teoría de las razones del genocidio. Lo cierto es que Hitler tenía razón: para conservar la unidad étnico-religiosa de la Alemania de entonces había que resistir todas las fuerzas intrínsecamente globalizantes: el avance científico-tecnológico, el desarrollo capitalista (en especial: el de las finanzas), las migraciones internacionales y las teorías políticas internacionalistas. Einstein, Rotschild, el Judío Errante, Trotsky-Marx y todos sus congéneres, en suma. Científicos sin alma, banqueros sin corazón, emigrantes sin tierra, comunistas sin patria. Los judíos. Los judíos y siempre los judíos. Los judíos privados por las leyes raciales de la posesión de la tierra y obligados a dedicarse a tareas intrínsecamente modernas, desterritorializadas y desterritorializantes. Los judíos excluídos del servicio militar, tendencialmente pacifistas y antinacionalistas. Los judíos perseguidos y masacrados por siglos por los territorialistas –feudales ayer, nacionalistas hoy- que, con excelentes razones, veían en ellos una amenaza para lo que hoy llamamos las “identidades nacionales”, es decir: las identidades derivadas del hecho del nacimiento, y por lo tanto, intrínsecamente fóbicas a toda invasión contaminante de lo extranjero.
No fueron ayer los occidentales, ni son hoy los israelíes, ni los árabes, ni los palestinos. Es el nacionalismo… Rozitchner. Abandone por un rato el repertorio fascista de Carl (“La categorías políticas son categorías teológicas”, es la enormidad schmittiana a la que adhiere Rozitchner, y a la que agrega: “El racismo de los nazis, esa teozoología política, no es más que el espiritualismo cristiano secularizado que el Estado nazi consagró laicamente en las pulsiones de los cuerpos arios”, con lo que termina legitimando las batallas tribales, sólo que esta vez contra los israelíes y Occidente) y péguele una lectura a las obras de Karl, donde encontrará repetida, de mil maneras, una idea: El nacionalismo es el opio de los pueblos.
Mientras se difunden por todo el mundo las imágenes de la devastación, en nombre de la paz y la memoria hagamos ahora un breve repaso de la historia realmente sucedida, ya que ser pacífico y memorioso se ha tornado, de obligación política, en necesidad humana.
En 1947, las penínsulas de India y de Palestina fueron divididas en dos estados cada una. Uno hindú y otro musulmán, en India; uno judío y otro musulmán, en Palestina. La idea era la de siempre: para disminuir las inevitables tensiones que se generan en toda sociedad pluricultural y plurireligiosa, y para garantizar la paz y la seguridad, lo mejor es dividir a los seres humanos en naciones definidas por sus orígenes étnicos, culturales y religiosos. Era una idea que venía de 1648, de la Paz de Westfalia, muy adecuada para el siglo XVII pero que ya para entonces había producido notables efectos en la Europa de la primera mitad del siglo XX.
Precisamente en Europa, en ese mismo 1947, pasaron otras cosas: Winston Churchill lanzó el Movimiento por una Europa Unida, se anunció la creación de un utópico programa de ayuda internacional que tomó el nombre de “Plan Marshall” y el Movimiento Federalista Europeo tuvo su primer gran congreso en Montreaux. Para 1948 la Organización Europea de la Cooperación Económica (OECE) y el Consejo de Europa eran un hecho y para 1951 nacía la Comunidad Europea del Carbón y el Acero –CECA, primer antecedente de la Comunidad Económica Europea (1957) y de la actual Unión Europea. La creación de la CECA estaba destinada a dividir el siglo XX europeo en dos mitades, iguales por la dimensión y opuestas por el contenido: la primera, regida por los principios nacionalistas nuevamente aplicados en 1947 en India y Palestina, se caracterizó por la miseria, las guerras y el genocidio; la segunda, regida por el principio opuesto -la idea cosmopolita de que la unidad política moderna implica inevitablemente el carácter plurireligioso, pluricultural y pluriétnico de la ciudadanía y de la organización estatal- llevó al continente europeo de ser el peor del mundo en el cual vivir, durante la primera mitad del siglo, a ser el mejor en la segunda mitad.
Ahora bien, despojémonos por un momento de nuestras muy respetables pertenencias y de nuestras muy comprensibles simpatías por judíos, palestinos, hindúes o paquistaníes, y veamos con la mayor objetividad posible los efectos de dos maneras opuestas de organizar el mundo político: seis décadas de inéditas paz y prosperidad en una Europa unificada sin distingos de raza, credo o religión, e interminables conflictos en las penínsulas de India y Palestina, que se han convertido desde hace años en los principales focos de tensión internacional y son las principales candidatas a ser el escenario de las primeras guerras de la Historia en que ambos contendientes dispongan de armas atómicas…
Y bien, a menos que creamos que los hombres de una particular cultura o religión son intrínsecamente perversos (y la historia de Alemania nos dice algo sobre cuán rápidamente puede cambiar la “esencia inalterabla del alma nacional” cuando mudan las circunstancias institucionales e históricas), lo que está pasando hoy en Gaza guarda fundamentales lecciones para la organización política del orden mundial; un orden al cual -considerando la crisis financiera global, el recalentamiento climático mundial y la proliferación nuclear planetaria- no le vendrían mal las enseñanzas brindadas por la Europa del siglo XX, tanto en su primera y desgraciada primera mitad como en su feliz segunda parte.
A tres siglos y medio de Westfalia, la nación-estado se revela insuficiente y obsoleta para ser el único ámbito de encarnación institucional de la democracia y la justicia, y -después de tres siglos y medio de acelerada evolución tecnoeconómica- es difícil imaginar que las cosas hubieran podido suceder de otra manera. De la capacidad que los seres humanos tengamos para compatibilizar nuestras fragmentadas pertenencias identitarias con las necesidades políticas de una sociedad mundial en proceso acelerado de globalización dependerá no sólo la suerte de Palestina sino la de toda la humanidad: en un mundo global, o se globalizan la democracia y la justicia o se inter-nacionalizan nuevamente los conflictos y las guerras. Por el contrario, el nacionalismo tribalista de cualquier signo prepara un futuro previsible y terrible en momentos en que los misiles nucleares han reemplazado a los arcos y flechas que se usaban cuando las ideas nacionalistas iniciaban la era de su aplicación en la Historia. Sin una crítica consistente del nacionalismo como paradigma central de la organización política de un mundo globalizado no habrá democracia ni justicia sino más guerras y más injusticias inter-nacionales.
En un mundo global, como dijo con exactitud François Mitterrand, el nacionalismo es la guerra. Más allá de lo que pensemos hoy acerca de quiénes son más víctimas que victimarios y quiénes son más victimarios que víctimas en Palestina, los problemas causados por el nacionalismo israelí y por el nacionalismo árabe-palestino no se solucionarán con más nacionalismo primermundista israelí ni con más nacionalismo tercermundista palestino.

sábado, 10 de enero de 2009


CONTRA LA GUERRA PERPETUA

La guerra. Otra vez la guerra en Palestina. Entre las muchas violencias a las que nos somete la guerra está la de la obligatoriedad de tomar partido por uno u otro bando. ¿Está Ud. de acuerdo con los israelíes o con los palestinos?, te preguntan. Y sigue el previsible: ¿Con los israelíes? Entonces apoya la violencia contra la población civil y el asesinato de cientos de niños inocentes… ¿Con los palestinos? Entonces le parece bien que usen a esos niños como escudos atacando a la población civil de Israel con misiles desde Gaza…

No sé si a ustedes les sucede también, pero cuando los dirigentes israelíes describen las atrocidades que comete Hamas les creo completamente, pero cuando hablan de sus propias virtudes no les creo casi nada. Y algo parecido me pasa del otro lado. Cuando los palestinos describen las barbaridades cometidas por el Ejército de Israel les creo todo, cuando me presentan a Hamas como una idealista brigada de liberación, no les creo ni las comas de lo que dicen.

Y es que la guerra no deja salida. En una sociedad moderna, la guerra es la negación de todos y cada uno de los principios civilizatorios, hace que ninguno pueda declararse completamente inocente y pervierte a todo el que participa, activa o ideológicamente, de ella. Y si la guera no deja salida, habrá que salir de la guerra. Habrá que comprender que salir de la guerra es, en los tiempos de las armas de destrucción masiva, una necesidad para la supervivencia de toda la especie. Y habrá que criticar, pagando los precios que siempre pagan los que lo hacen, la que es la base ideológica de la guerra, el tribalismo nacionalista.

Condenar a ambas partes y reivindicar la paz parece una posición cómoda; y en cierto modo lo es. En efecto, no sé qué haría si fuera dirigente político del Estado de Israel (no digo miembro de Hamas porque nunca formaría parte de una organización terrorista, incluyendo a las organizaciones terroristas disfrazadas de partdios políticos y votadas por el pueblo). Lo que sí sé es que si yo fuera dirigente político del Estado de Israel jamás haría lo que hoy están haciendo ni de la manera en que lo están haciendo.

¿Soy, pues, propalestino? Personalmente, escribí una respuesta a las enormidades del maniqueo disfrazado de palestino León Rozitchner, tan aplaudidas hoy en todos lados ya que no hay cosa más fácil para un demagogo intrínseco como Rozichner que lucrar intelectualmente con las imágenes del horror. Pero para leerla van a tener que esperar que salga la Revista Contraeditorial, que va a publicarla en su proximo número. Entretanto, reproduzco aquí mi ensayo teórico “Diez tesis contra la guerra perpetua” basado en el Kant de “La paz perpetua” que escribí en 1999 y se publicó en Argentina en “¿Qué significa hoy ser de izquierda?- Reflexiones sobre la democracia en los tiempos de la globalización”.

Para justificarme, reproduzco una frase del enorme Rodolfo Walsh de “Operación masacre” (repito: el Walsh de “Operación masacre” y no el que lo siguió). En el prólogo de OM, Walsh escribió: “Creo en este libro, en sus efectos. Espero que no se me critique el creer en un libro cuando son tantos más los que creen en las metralletas… Tengo la firme convicción de que el resultado último de esta lucha influirá durante años en la índole de nuestros sistemas represivos; decidirá si hemos de vivir como personas civilizadas o como hotentotes”.

En una sociedad mundial, nosotros somos la humanidad. Y como tal, como sociedad civil mundial, tendremos que decidir -estamos decidiendo cada día con cada una de nuestras acciones- si queremos vivir como hombres o como hotentotes (con perdón de los hotentotes). Que la paz sea con nosotros.

fernando

Diez tesis contra la guerra perpetua

Tesis 1: La guerra, que ayer podía ser justificada por razones de supervivencia individual y grupal, se ha convertido en una estrategia de suicidio colectivo.

Es posible suponer que, en un mundo sometido al atraso y a la escasez, la guerra era una estrategia de supervivencia racional, dado que las posibilidades de perecer por hambre o inanición eran superiores a las de morir en la batalla por los alimentos o por el espacio geográfico del hábitat. En cambio, en un universo en el que la capacidad tecnológica y productiva existente podría garantizar una vida digna a todos los seres humanos y en el que la escasez extrema depende de la insuficiencia del sistema político, todo conflicto armado es injustificable a los fines de la supervivencia y se torna, por ende, irracional e inmoral; una excrecencia política y cultural de la barbarie primigenia que se constituye, además, como obstáculo a su superación. En especial, en un mundo nuclear sometido a riesgos globales crecientes, la guerra se ha vuelto una estrategia de suicidio colectivo.

Tesis 2: la nación moderna se ha feudalizado, convirtiéndose en un instrumento de guerra

La nación moderna, originalmente proclamada como asociación política de hombres libres que se unían para garantizar y defender sus Derechos Humanos, en abierta oposición al despotismo monárquico y feudal, no pudo exceptuarse de los condicionamientos de escasez y aislamiento a los que un sistema económico-tecnológico escasamente desarrollado la condenaba.

Contrariamente a los ideales de Fraternidad universal sobre los que decía fundarse, la nación-estado se organizó básicamente aislada, condicionada por la dificultad para establecer acciones a distancia y relaciones pacíficas con sus similares, y por la necesidad de armarse en prevención de que otras lo hicieran. La nación decimonónica se transformó así, de proyecto democrático, expansivo e incluyente, en principio restrictivo, excluyente y antimoderno. Tal evolución, a la que condujo la fragmentación de un sistema político que debía garantizar unos derechos definidos como humanos se ha hecho particularmente peligrosa con la progresiva globalización del sistema económico-tecnológico.

El nacionalismo resultante de la construcción de los estados nacionales fue un eficaz sucesor del feudalismo tribalista. Como tal, elevó la trágica división del género humano entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ -extraída de las necesidades de la escasez tribal y de los principios ideológicos legitimados por la lucha por la supervivencia- a la categoría de valor moral consagrado. Las obligaciones respecto de los miembros del propio grupo y las obligaciones respecto de los individuos o grupos fuera de éste fueron consideradas no solo diferentes sino, con la mayor frecuencia, como opuestas: colaboración y solidaridad entre ‘nosotros’, competencia y guerra contra ‘ellos’. La feudalización de los estados nacionales llevó al militarismo, a una distorsión sobre las instituciones democráticas que no fue indiferente al surgir de autoritarismos, tiranías y totalitarismos, y a esas piruetas que aún tipifican el accionar de las naciones respecto de la paz: discursos acerca de la necesidad del desarme internacional (es decir: del desarme de los otros) y desarrollo de los propios recursos militares.

Las exigencias de la escasez y las consiguientes imposiciones de la guerra se hallan en el origen de toda división (racial, nacional, continental) de la unidad del género humano; pero si fueron acaso ineludibles en los tiempos tribal-feudales y en los de una Modernidad nacionalmente organizada, han perdido toda justificación racional debido a la emergencia de una Modernidad mundial.

Hoy, cuando la convivencia entre individuos y pueblos de diferentes orígenes culturales deviene una realidad inevitable y creciente, la distinción moral entre ‘nosotros’ y ‘ellos’ se transforma con facilidad en guerra y genocidio. La desarticulación de toda discriminación basada en el origen étnico, la aceptación de que las discriminaciones nacionales a los Derechos Humanos son discriminaciones, la abolición de toda diferencia entre las obligaciones públicas respecto a los miembros del propio grupo y las obligaciones respecto al resto de la humanidad, la construcción de un orden moderno planetariamente basado en la igualdad de derechos de quienes son culturalmente diferentes, constituyen una exigencia de la supervivencia en los tiempos del arsenal biológico y atómico y de las crisis (económica, ecológica y demográfica) globales. En una sociedad civil mundializada ‘nosotros’ somos la humanidad.

Tesis 3: la guerra es consustancial a la división en unidades políticas que se reclaman soberanas

La teoría liberal-democrática de la guerra como producto natural del despotismo y de la tiranía es tan incompleta como la marxista y la leninista, que consideran como causa decisiva las determinaciones de la estructura económica. La guerra ha existido antes del imperialismo y del capitalismo y aún ‘después’, es decir: entre estados pre-capitalistas y post-capitalistas. La guerra ha enfrentado también a estados democrático-parlamentarios y a éstos y regímenes totalitarios. La actual brutal acción armada de una alianza de naciones cuya absoluta mayoría de jefes de gobierno se reivindican ‘progresistas’ es una dramática denuncia de la incapacidad de los sistemas políticos nacionales para promover una resolución racional y negociada de los conflictos mundiales o para imponer, al menos, una limitación de las tendencias más destructivas de los poderes globales realmente existentes.

Los intereses derivados del régimen económico capitalista y del despotismo político pueden ser parte importante en el desarrollo de un conflicto bélico, pero no son su condición necesaria, ni mucho menos su condición suficiente. La enorme variedad de motivaciones económicas, religiosas, culturales que han estado en el origen de los conflictos bélicos demuestra que la verdadera condición necesaria a la guerra es más elemental. En efecto, la condición necesaria para la guerra es la existencia de estados independientes que se reivindiquen soberanos y dispongan de un aparato militar. Con un poco de pesimismo podríamos agregar también que, dadas las amplias demostraciones efectuadas en el transcurso de los siglos, es ésta, a largo plazo, su condición suficiente.

En palabras de Bobbio, la guerra es consecuencia natural de una política de potencia que es posible independizar del sistema ideológico, del régimen político y del sistema económico del estado. Consecuentemente, todo estado que reivindique el monopolio de la violencia y se considere soberano y con derecho de aplicar esa violencia a un enemigo ‘externo’ tiene un carácter potencialmente belicista. Por lo tanto, el orden mundial de las naciones-estado y de las organizaciones inter-nacionales es, por definición, incompatible con una paz permanente.

Tesis 4: la aparición de procesos globales hace que el orden nacional/inter-nacional pierda progresivamente legitimidad, eficacia y racionalidad

Cuando las fronteras del territorio nacional desaparecen bajo el embate común del mercado de capitales, de los acuerdos económicos y monetarios supranacionales y de los mass-media globalizados, las fuerzas armadas nacionales se vuelven anacrónicas y expresan patéticamente el desajuste entre las viejas instituciones territoriales y el mundo real, así como lo peligroso de esta convivencia forzada. La persistencia de guerras inter-nacionales es inseparable del reconocimiento de una legitimidad fundada en una lógica geográfica cuyo valor se considera superior a los Derechos Humanos. Y si agregamos que tales adscripciones, pertenencias y “derechos” se derivan de privilegios adquiridos por virtud de ‘suelo’ y/o ‘sangre’, su carácter feudal y premoderno se hace aún más evidente. Su relación con los conflictos bélicos también lo es: si mis derechos civiles, sociales, políticos y económicos se derivan de mi status de ciudadano de una nación (es decir: de la posesión de un pasaporte nacional que puede exigirme el sacrificio de mi vida ‘en aras de la seguridad, el bienestar y la grandeza de la patria’ y cuya riqueza y poder afectan verdaderamente las condiciones económico-sociales en que mi vida se desarrolla) la guerra puede ser fácilmente promovida como defensa racional de mis intereses como individuo.

En el actual marco de una tecno-economía mundializada y de poderes democráticos territorialmente limitados, la escala nacional resulta eficaz para proporcionar razones para la guerra pero insuficiente para vehiculizarla. Así, la caducidad de las instituciones nacionales se expresa en el hecho de que la mayor parte de los conflictos bélicos han asumido (precisamente desde la Primera Guerra Mundial) un carácter multinacional, transnacional y/o globalizado. En particular, la reciente Guerra del Golfo y los conflictos derivados de la disgregación de la ex Yugoslavia, al escapar por encima y por debajo del marco nacional, continúan la tendencia abierta en 1914, mediante la cual las nuevas formas de la guerra expresan la caducidad del orden surgido en 1648 en Westfalia.

Este orden, de tipo nacional/inter-nacional, asume hoy un carácter claramente perverso que la Guerra del Golfo y la catástrofe yugoslava han mostrado en todas sus sanguinarias consecuencias. Su enorme destructividad no parece excepcional sino una consecuencia directa de la capacidad que organismos globales no representativos y burocráticos crecidos a la sombra de las insuficiencias de los estados nacionales, tienen para decidir sobre la vida y la muerte de millones de personas que no los han elegido para ello. En particular, la reciente masacre desatada en Yugoslavia bajo la invocación de razones humanitarias demuestra la imposibilidad de una renovación de la socialdemocracia, -de una ‘Tercera Vía’ en términos de Giddens- mediante el recurso a instituciones nacionales e internacionales obsoletas e intrínsecamente conservadoras. La violación reiterada de las reglas constitucionales de los países intervinientes y el desconocimiento de los principios vinculantes de la OTAN constituyen una ulterior demostración de la incapacidad del orden nacional-internacional para vehiculizar una respuesta efectiva a las cuestiones vigentes.

Finalmente, las reiteradas apelaciones a la intervención de la ONU no solo son inefectivas sino que, aún en el caso de ser escuchadas, de ninguna manera implicarían un efectivo paso adelante. Como plena demostración del carácter antidemocrático de los poderes globales realmente existentes, la propia carta constitutiva de la ONU bendice la desigualdad entre sus estados componentes, otorgándoles derechos (como el de veto) y representatividades (en el Consejo de Seguridad, por ejemplo) que transgreden toda lógica igualitaria. Las desastrosas intervenciones de la ONU y su reiterada incapacidad para dar un marco legítimo, pacífico y neutral para la resolución de controversias entre sus miembros adherentes, no son pues el producto de una violación de sus principios y de su carta constitutiva sino más bien una consecuencia inevitable de la lógica inter-nacional de la organización, la cual no puede sino reflejar las disparidades de poder entre sus integrantes. En todo caso, más allá de las falencias de la ONU, la organización en naciones es intrínsecamente antidemocrática, porque el principio de ‘una nación-un voto’ (es decir: la aplicación artificial del principio democrático a los estados nacionales) es inviable: una Organización de las Naciones Unidas en la que el peso decisional de los pocos miles de habitantes de San Marino valga tanto como el de los más de mil millones de habitantes de China es un non sensu jurídico y político cuya irracionalidad legitima directamente el ‘rol de las grandes potencias’.

Por último, en el actual marco en que el rápido deshilacharse del proyecto nacional cuestiona fuertemente la justificación histórica del militarismo, la renuncia de la izquierda a plantear la batalla política por la desmilitarización de la sociedad humana es peligrosa, ya que abre el camino a la creación de grandes bloques asociados a nuevas fragmentaciones del mercado (CEE, Nafta, Japón y los tigres asiáticos, China, Mercosur) que puede solo acarrear nuevos Golfos y nuevas Yugoslavias a escalas proporcionalmente mayores.

Tesis 5: es urgente extender la experiencia internamente pacificadora de la construcción de las naciones-estado y de la Unión Europea a la escala planetaria

Siglos atrás, los pueblos que hoy conviven pacíficamente en las naciones-estado modernas se debatían en guerras fundamentadas en intereses económicos, políticos, religiosos y culturales geográficamente determinados; guerras que eran poco menos que la continuación de los conflictos tribales por la supervivencia y la hegemonía. La paz entre etruscos y romanos, entre francos y galos o entre las provincias argentinas solo pudo ser alcanzada mediante la construcción articulada de un poder político que podía definirse super partes en virtud de que para el mismo las partes eran invisibles, es decir: un sistema institucional democrático que operaba en nombre del interés común y cuya legitimidad era reconocida por todos, cuya Constitución otorgaba a cada uno de sus habitantes el status de ciudadano sin distinciones derivadas del origen étnico-cultural-religioso y cuyo sistema decisional permitía una dirimición pacífica de los conflictos de intereses.

La paz “interna” entre los pueblos como condición necesaria a su desarrollo económico, su democratización política y su progreso social ha sido la más importante contribución a la civilización que ha brindado la nación-estado. Hoy, como la tragedia yugoslava muestra ejemplarmente, es la desaparición de la legitimidad reconocida de un poder super partes la condición suficiente para el retorno de lo que Kant y los jusnaturalistas llamarían el estado de natura previo a la constitución del estado y para la consecuente reaparición de la guerra entre etnias que se pretenden cultural y racialmente uniformes y políticamente soberanas. Así, la inexistencia de un sistema político democrático global, de una ciudadanía mundial y de una identidad fundada en la pertenencia a la raza humana continúa legitimando la persistencia bárbara de las guerras y de los ejércitos.

Si un grupo de las ‘fuerzas de seguridad’ californianas tomara o bombardeara una ciudad texana, la estólida ilegitimidad de tal acción sería evidente, y el gobierno federal norteamericano mandaría apresar a unos vándalos que carecerían de cualquier posibilidad de transformar un evento policial en político. Por otra parte, a ningún texano se le ocurriría iniciar una represalia contra una ciudad californiana. Pero similares operaciones ejecutadas por los serbios contra ciudades bosníacas, croatas y kossovaras han abierto todas las posibilidades de generalización de la destrucción, de represalias sobre inocentes y de diversas formas de genocidio; rebajando nuevamente la política al nivel de la crónica policial.

A casi medio siglo de la fundación de la “Comunidad del Carbón y el Acero”, el carácter tendencialmente pacificador de la difusión y extensión de los procesos económicos y la posibilidad de ampliar la experiencia de la construcción de las naciones-estado al plano supranacional parece ampliamente demostrada por la Unión Europea, es decir: por el proyecto político que, más allá de sus insuficiencias e imperfecciones, inauguró el más prolongado período de paz en el continente. ¿No habría sido tildado de utopista quien hubiera afirmado entonces que en la continentalización del mercado económico europeo se hallaba el germen de la unidad política y de la pacificación de un Viejo Mundo devastado por siglos de tribalismo belicista? ¿Quién hubiera dicho allá por 1947 que el proceso de unificación y pacificación de Europa habría de ser liderado por Francia y Alemania, los dos “irreconciliables” enemigos que con sus disputas habían originado tres guerras en setenta años, dos de las cuales tuvieron alcances mundiales?

Tesis 6: en un universo global, la ‘no-intervención’ no es ya democrática ni humanitariamente sostenible

Como con increíble anticipación sostuvo Kant, la visibilidad global de las violaciones a los Derechos Humanos más elementales las hace intolerables a la conciencia del mundo civilizado. Esto configura una comunidad materialmente cubierta por una red de informaciones y comunicaciones globalizada y que empieza a constituirse espontáneamente como sociedad civil mundial. En esta comunidad moral y discursiva planetaria basada en el concepto clave de la Modernidad política (los Derechos Humanos), el principio de no-intervención, sostenido en nombre de la soberanía territorial estatal, ha sido reemplazado por la obligación de la ‘injerencia humanitaria’. Mediante este trascendental cambio, que va del estado nacional al hombre, en su doble significado de “individuo” y de “especie”, como sujeto de la historia, las Modernidades nacionales dejan paso -no ya en el plano económico-tecnológico sino en el moral, ético y político- a una Modernidad mundialmente organizada.

Cincuenta años después de la Shoá judía, la peor tragedia de la historia de la humanidad, el desastre yugoslavo reactualiza la terrible opción entre ‘guerra o genocidio’. La no intervención en el genocidio llevado a cabo en el nombre de la limpieza étnica implica la aceptación de Crímenes Contra la Humanidad; pero la intervención implica poco más que una guerra que difícilmente resolverá el problema y cuyas consecuencias son imprevisiblemente destructivas. En un universo global regido por un sistema nacional/inter-nacional, la ‘no intervención’ no es ya democrática ni humanitariamente sostenible, pero una intervención eficaz y legítima no es tampoco posible.

Tesis 7: la carencia de instituciones mundiales democráticas deslegitima toda intervención

Una verdadera intervención basada en el derecho de injerencia humanitaria requiere dos presupuestos incumplibles bajo el orden nacional/inter-nacional: una perspectiva razonable de eficacia y una legitimidad que se derive de su neutralidad, en especial: de la abstención de los intereses nacionales en la determinación de las acciones. Ninguna de estas condiciones puede cumplirse en las condiciones institucionales fijadas por el marco internacional centrado en naciones-estado.

Los llamados a la actuación de la ONU tampoco suponen una alternativa válida. Una ONU prisionera de la misma lógica inter-nacional que la fundamenta tampoco representa ningún tipo de legitimidad democrática, en especial, si las operaciones militares son comandadas desde un Consejo de Seguridad en el que los poderes atómicos poseen, además, poder de veto. Para no mencionar los riesgos globales que puntualmente se desatan cuando una nación o una alianza entre ellas se autoadjudican las funciones de ‘gendarmes globales’ o de representantes autoelegidos de la humanidad y la democracia.

El impulso superador promovido por la cercanía de la Segunda Guerra Mundial llevó a la redacción del más acabado documento de la Modernidad política: la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, pero no alcanzó para la construcción de las instituciones que su misma profunda radicalidad universal requería. Si bien la misma crisis que se había superado al costo de veinte millones de vidas demostraba claramente la incapacidad de las naciones-estado y de las instituciones inter-nacionales, el orden subsiguiente se constituyó sobre la voluntaria ceguera acerca de estas causas de la tragedia apenas sucedida. A más de cincuenta años de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre no faltan razones para lamentarse por la oportunidad perdida. Previsiblemente, unos Derechos definidos como Humanos pero confiados a instituciones nacionales han llevado a la consolidacion de primeros, segundos y terceros mundos perfectamente definidos por los derechos desiguales de sus habitantes y cada vez más lejanos de la Igualdad proclamada. Finalmente, la carencia de instituciones democráticas mundiales está llevando a la imposibilidad de afrontar racionalmente riesgos económicos, ecológicos, demográficos y de control de la tecnología mundialmente extendidos y de peligrosidad creciente.

Las viejas acepciones de la palabra ‘nacionalista’ deben ser actualizadas: en la presente situación, es ya nacionalista sostener que una sociedad mundial puede ser regulada políticamente mediante el recurso a naciones-estado. Para comprender las limitaciones de esta concepción basta imaginar cuán diferente sería la presente situación en Yugoslavia y Kossovo si existiesen un Parlamento planetario en grado de deliberar y laudar en los conflictos sobrevivientes a un orden tribal-feudal-nacional perimido, impidiendo su dirimición por medios violentos y las violaciones a los Derechos Humanos que les están asociadas y una Corte mundial de Justicia dedicada a perseguir Crímenes contra la Humanidad pasados, presentes y futuros.

Previsiblemente, la existencia de un sistema político democrático mundial disminuiría el prestigio mitológico de la nación-estado y los riesgos consecuentes a su exaltación belicista, y permitirá intervenciones basadas en una legitimidad mundialmente reconocida, ya sea en la prevención de guerras y genocidios como en el castigo de quienes se hiciesen responsables de su promoción y ejecución.

Tesis 8: la oposición a la construcción de un poder político democrático mundial lleva a una ‘Global Governance’ elitaria y destructiva

En un mundo devenido global, la oposición a la constitución de instituciones políticas democráticas mundiales no lleva al paraíso perdido de las democracias nacionales sino que deja la inevitable regulación de los procesos globales –abstractamente denominada ‘Global Governance’- en manos de los poderes de organismos burocráticos y elitarios como el Consejo de Seguridad de la ONU, el G8, el Consejo de la Nato, el FMI, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.

En el plano militar, esta negativa tampoco lleva a la evitación de un poder totalitario o despótico sino más bien a su consumación, a la amenaza de un estado nacional o de una alianza de ellos que posean, dado su predominio tecnológico, el monopolio de la violencia en alta escala sobre la faz de la tierra. Lamentablemente, la única alternativa al poder global de los Usa y la Nato que permite el sistema de las naciones-estado está representada por el reiterado llamado europeo a construir una política exterior y de defensa continental común. Este proyecto estatal-nacionalista aplicado a la escala continental conduce directamente a la vieja coincidencia entre intereses económicos y poderes militares geográficamente determinados que lleva siempre al nacionalismo y la guerra y que es la negación misma de los principios en que la Unión Europea ha sido fundada.

Otra vez se evidencia aquí la capacidad que explica el dominio hegemónico de la alianza entre el neoliberismo globalista y el neoconservadurismo nacionalista, es decir, entre el capital transnacionalizado y los intereses privados de los representantes políticos de las naciones-estado: sus beneficiarios son los únicos que cuentan con una propuesta moderna y global (en el doble sentido de planetaria y completa) que armoniza los propios intereses con los procesos de mundialización en acto.

Tesis 9: el antimilitarismo es parte fundamental de la tradición de la izquierda democrática

Dado que la idea fundamental que define el pensamiento político de izquierda es la de Igualdad, ignorar el contenido pacifista y antimilitarista de la tradición progresista equivale a traicionarla. La disposición de armamentos constituye una desigualdad suprema entre individuos y estados. Por el contrario, una paz global y permanente llevaría a sentar las bases de una lógica verdaderamente regida por el igualitarismo y la democracia.

Las ideas de Democracia e Internacionalismo no son otra cosa que la manifestación interna y externa de la Igualdad en un mundo dividido en naciones. Su abandono, a partir de las ideas de la ‘dictadura del proletariado’ (Marx-Engels) y del ‘derecho a la autodeterminación de las naciones’ (Lenin) han desembocado en una horrenda alianza entre socialismo y nacionalismo, y en el militarismo y la guerra. A la justa crítica de las ideas marxistas y leninistas en nombre de la democracia falta, en el debate actual de la izquierda, un fuerte contenido antinacionalista que deje definitivamente atrás los horrores perpetrados por el leninismo-stalinismo.

No es refugiándose en el viejo y angosto margen nacional como pueden combatirse los riesgos de un mundo sometido a crisis progresivamente globales, sino elaborando una propuesta antimilitarista, antiautoritaria, universalista y progresista en la mejor tradición de la izquierda democrática. Y esta propuesta no puede ser otra que la del desmantelamiento definitivo de los ejércitos y organizaciones militares nacionales sin que sean reemplazados por ninguna organización equivalente, lo que implicaría alcanzar un antiguo y permanente anhelo de la mejor parte de la humanidad: la desmilitarización de la sociedad humana. En este sentido, el desarme de las naciones constituiría un importante paso hacia el desarme de los individuos y el estado, y hacia la abolición definitiva de la violencia como medio de relación entre seres humanos, todos ellos presupuestos imprescindibles a la instauración del principio de Igualdad.

La fácil objeción de que los ejércitos nacionales son necesarios para proteger las comunidades nacionales de la agresión ‘externa’ puede ser respondida con brevedad. Si los ejércitos feudales no han dado lugar a ejércitos regionales, provinciales y comunales esto fue, precisamente, porque la existencia de un poder cuya legitimidad era reconocida por todos hizo que la paz entre las provincias no dependiese del mutuo armamento. Similares condiciones merece hoy la situación europea, en la que una guerra por el dominio territorial entre sus naciones constitutivas ha quedado completamente fuera de cuestión. Nada impide prever que los mismos efectos operarían en la escala global que están asumiendo los más modernos y decisivos procesos sociales.

Tesis 10: La proclamación de una República de la Tierra es tendencialmente democratizante, pacificante y antitotalitaria

En 1795, Immanuel Kant sostuvo que “Para los Estados que están entre sí en relación recíproca, no puede existir otra manera racional para superar el estado natural sin leyes, que es simplemente el de la guerra, que no sea la de renunciar, como cada individuo, a su libertad salvaje (sin leyes), aceptar leyes públicas coercitivas y formar un Estado de pueblos (civitas gentium) que se extendería y abrazaría finalmente todos los pueblos de la tierra. Pero, dado que aquéllos, según su idea del derecho internacional, no lo desean en absoluto y rechazan por lo tanto como hipótesis aquello que en tesis es justo, así, en lugar de la idea positiva de una Repúbica Universal (y a fin de que no todo se pierda) queda solamente el substituto negativo de una liga permanente y progresivamente extendida, como único instrumento posible que ponga al reparo de la guerra y detenga el torrente de las tendencias contrariamente hostiles hasta el infinito; siempre, sin embargo, con el peligro continuo de que estas resurjan nuevamente”.

Pero en los tiempos del poder nuclear y de las redes digitales y de los procesos y crisis mundiales, al mismo tiempo que el “temporáneo reparo” de una “Liga” o “Sociedad” de Naciones ha demostrado repetidamente su incapacidad para sostener una paz permanente, la globalización económico-tecnológica materializa las condiciones infraestructurales necesarias (comunicaciones, transportes, mercados) para la constitución de una República Universal; y a necesidad y posibilidad de su proclamación deviene una operación fundamental para el mantenimiento de una paz, si no perpetua, por lo menos duradera.

Dada la trágica experiencia del siglo XX europeo, una República de la Tierra debiera ser fuertemente diferenciada de la idea de ‘Estado Mundial’. Del conjunto de instituciones estatales, una República federal planetaria propone únicamente la constitución mundial de su sistema político (especialmente: de un Parlamento planetario y de una Corte Mundial de Justicia) que puedan intervenir solamente en los procesos y conflictos que han escapado a los alcances de los estados nacionales, en la extensión planetaria de los Derechos Humanos, en el sostenimiento de la paz y en la prevención de las crisis globales.

Como la experiencia de la Unión Europea ha afortunadamente demostrando pese a todas sus limitaciones, la unidad política no implica la construcción de un enorme y costoso aparato administrativo-militar, ni la insistencia en una identidad común étnica o culturalmente definida, ni la centralización absoluta el poder político. Por lo tanto, una República planetaria no debiera ser interpretada como la concentración monopólica de la violencia por parte de un estado mundializado sino como una forma de quebrar la propiedad monopólica de la legitimidad política democrática y de los medios de violencia por parte de los estados nacionales. Una República de la Tierra se fundamenta así en una perspectiva post-nacionalista y post-estatalista que tiende al definitivo desarme de todo tipo de estado y lleva a la constitución de un marco pacífico y democrático donde los conflictos de la sociedad civil mundial puedan ser dirimidos sin violencia.

El uso de la fuerza coactiva por parte de un sistema político mundializado debería ser excepcional y mínimo, estar en manos de pequeñas unidades multinacionalmente integradas (no por grandes batallones divididos en su composición y comando según la ciudadanía de sus integrantes y sometidos a la autoridad de autoridades nacionales como en el caso de la ONU), provistas de armamento de tipo policial y protegidas por una legitimidad mundialmente reconocida como imparcial y democrática. Por otra parte, sus intervenciones debieran estar fundamentadas en la necesidad de evitar males mayores, evidentes, inminentes e inevitables por otros medios, ser reguladas por una Constitución planetaria y un Código de Justicia mundial, y estar controladas por un Parlamento democrático y mundialmente representativo.

Una República federal mundial debiera basarse en la idea elemental de que, en nombre de la Paz y la Igualdad, es mejor desarmar a los que están armados que armar a los que no lo están. Este simple principio es contrario a la mecánica intrínseca de la paz inter-nacional (armarse preventivamente para igualar las fuerzas de los enemigos) tan bien ejemplificada por las carreras armamentistas del siglo XX y cuyo principio es inherente a la división territorialmente soberana del monopolio de la fuerza. Finalmente, una República federal mundializada fundada en la paz y en el desarme debiera ser considerada un medio y no un objetivo, es decir: no como una condición suficiente al establecimiento de una paz perpetua sino más bien como una herramienta institucional necesaria para luchar contra la perpetuidad de la guerra.