DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires

domingo, 14 de septiembre de 2008


EL ETERNO RETORNO DE LOS BRUJOS

Publicado en Revista "Veintitres" en septiembre de 2008

Son tantas las afirmaciones arbitrarias que hace Ricardo Forster en “El retorno de los anacronismos” que es difícil decidir por cuál comenzar. Tomemos la tesis que celebra la renovada centralidad de la política parte de un supuesto falso y es que en la Argentina la política ocupa un lugar subalterno. Ni qué decirlo, se trata de un supuesto que sonaría extraño a los oídos de los habitantes de los 30 países que funcionan razonablemente bien en el mundo y que, llegados a la Argentina, no dejarían de asombrarse por la enorme repercusión de la discusión política en nuestra sociedad. Si fuese cierta la relación directa que Forster postula entre la centralidad de la política y un mayor bienestar popular, la Argentina sería un país próspero e igualitario y los países escandinavos serían pobres y socialmente injustos, es decir, exactamente lo contrario de lo que ocurre en la realidad. Por lo tanto, en vez de celebrar la recuperada centralidad de la política –una idea que recuerda aquellas tristes épocas en las que se decía que “todo es política”- más bien convendría procurar distinguir entre la cantidad exuberante de discusión política que inunda la Argentina y su dudosa calidad. Lo que nos lleva de vuelta a la repudiada idea del anacronismo, ya que las categorías con las que se discute en la Argentina atrasan por lo menos cincuenta años respecto a lo que se habla hoy ya no en Suecia y Japón, sino en Brasil y Chile. En efecto, ideas que en todo el mundo son dadas por descontadas sólo se hacen notar por su ausencia en el debate argentino, entre ellas, la concepción de la globalización como oportunidad y no sólo como amenaza y la noción elemental de que el futuro se encuentra en la sociedad de la información y el conocimiento y no en un industrialismo jurásico abandonado desde hace décadas.
Apenas se revisan los temas del debate argentino se encuentra enseguida a los historiadores y a los auscultadores de la identidad nacional en el primer lugar de los tópicos en discusión, como si las categorías nación y pasado fueran las adecuadas para discutir un mundo caracterizado por la emergencia de sus opuestos, el mundo y el futuro, imprescindibles para pensar el provenir de un individuo, de un grupo o de un país en un universo caracterizado por la globalización de los procesos sociales y por la velocidad acelerada del cambio que hace que el futuro, que antes yacía lejano y estático, se nos venga rápidamente encima.

En cuanto al contento por la recobrada centralidad del Estado y la asociación automática del estatismo con la izquierda basta señalar los ejemplos de Hitler y Mussolini para entender que no siempre la hegemonía de la política sobre la economía supone el advenimiento de una sociedad mejor y comprender que si el Estado no es necesariamente un demonio tampoco es inevitablemente la encarnación del bien sobre la Tierra.

A la afirmación de que “todo es político” debe responderse recordando que reducir la formidable diversidad del espíritu humano a una sola de sus dimensiones ha sido el primer crimen cometido por todos los totalitarismos. Pero no es imprescindible apelar a la historia del nazi-fascismo sino recordar lo sucedido en Argentina en épocas insistentemente propuestas hoy a la divinización de la memoria. En efecto, que se insiste en reivindicar las ideas de los ‘70, la más terrible década de la historia nacional, desde la izquierda, es otro signo de la monumental confusión reinante. Si ser de izquierda es estar por la vida contra la muerte, por la paz contra la violencia y por la democracia contra el autoritarismo, entonces ser de izquierda en la Argentina es preferir los ‘90 a los ‘70, ya que si no hay más remedio que elegir entre dos males siempre es mejor una década infame que una década ensangrentada.

En cuanto a la desacralización de la ideología neoliberal, Forster cae en las habituales opciones obligatorias y canónicas: o los ‘70 o los ‘90, o Kirchner o Menem, o Kirchner o Videla; y por lo tanto: o se apoya incondicionalmente al kirchnerismo o la única salida existente es el retorno a los ’90 y el golpismo destituyente, una acusación que mucha gracia nos hacen a quienes militamos contra la dictadura mientras otros hacían fortunas rematando deudores patagónicos. Y bien, a falta de mejor opinión existen casi doscientos países en el mundo en los cuales la alternativa entre kirchnerismo y menemismo no determina en absoluto las políticas nacionales, y a muchos de ellos les va razonablemente bien. En cambio, el único país en el que la alternativa entre los ‘70 y los ’90 determina aún la política es la Argentina, a la que le va casi invariablemente mal. ¿No sería hora de pensar que la opción obligatoria entre Kirchner y Menem tiene algo que ver con el callejón sin salida en el que se han extraviado otra vez la política y la economía nacionales?

Tampoco parece haberse reflexionado suficientemente aquí en la naturaleza bifronte de la ola noventista. Por eso se critica de ella sólo su carácter globalista y neoliberal olvidándose de su aspecto complementario: el nacionalista. Basta observar a los líderes políticos de la oleada reaccionaria que invadió el mundo desde Reagan y Thatcher para observar que todos ellos, tanto como Bush padre y Bush hijo. eran no sólo globalistas y neoliberales en lo económico sino nacionalistas en lo político. La ola neoconservadora no sólo impuso la globalización de la economía sino logró mantener atada la política a sus estrechas dimensiones nacionales en plena era de la globalización, creando así el escenario perfecto para los intereses del sistema económico: una tecnoeconomía globalizada e instituciones políticas meramente nacionales y dominadas por teorías políticas nacionalistas.

Es también evidente que el nacionalismo paranoico y exasperado del kirchenrismo no hace más que colaborar desde el Tercer Mundo a la consolidación de este escenario, que desprecia a la globalización de la democracia como un objetivo utópico al mismo tiempo que se queja del conservadurismo y se lamenta de las consecuencias de los desequilibrios entre economía global y política nacional. Y de nada sirve insistir con la renovación de la vida política latinoamericana si se pone en una misma bolsa a Venezuela, Bolivia, Ecuador y la Argentina, con el Brasil. Cualquiera que analice con objetividad las políticas llevadas a cabo por estos países convendrá en que las brasileras no tienen absolutamente nada que ver con las del resto del conjunto. Brasil ha establecido tratados preferenciales de comercio con la Unión Europea, se ha incorporado a esa OCDE de la que forman parte los países más ricos del mundo, ha optado por una política de desarrollo que no se basa en el “cambio competitivo” sino en una moneda fuerte y, como ha demostrado la Ronda de Doha, está abandonando también los típicos lamentos tercermundistas que se quejan del atraso en tanto recrean eternamente las condiciones para su reproducción. Y algo parecido han hecho Chile y Uruguay con resultados bien diferentes tanto desde el punto de vista de la macroeconomía como de la distribución de la riqueza a los que ofrecen Venezuela, Bolivia, Ecuador y la Argentina, lamentablemente para nosotros.

En cuanto al discurso único de los ’90, es fácil celebrar con Forster su finalización. En lo que es difícil ponerse de acuerdo es en el reemplazo del discurso único de los ’90 por un nuevo discurso único, este vez populista, tan maniqueo como aquél y con iguales consecuencias desastrosas para el desarrollo de la región. Su consecuencia previsible es un nuevo fracaso similar al que desató el populismo en los periodos que gobernó la Argentina entre el ’73 y el ’76, o en la parte final del radicalismo alfonsinista, con sus consecuencias previsibles: el retorno del péndulo en el sentido del monetarismo y la ortodoxia y la entronización de nuevos Cavallos y Martinez de Hoz. En cuanto al derrame, basta apartar las orejas del discurso oficial para comprobar que la Argentina ha logrado pasar del derrame menemista a la sequía kirchnerista, por la cual el país ha crecido los dos últimos años al 8% anual al mismo tiempo que, gracias a la inflación, crecían la pobreza y la indigencia.

Más paradójico aún es que Forster se queje de las acusaciones de anacronismo hechas al discurso kirchnerista. ¿Fue Morales Solá o Kirchner el que habló de oligarquía vacuna, el que sigue proponiendo como método razonable de inserción del país en el mundo un nacionalismo decimonónico que atrasa siglos respecto a la realidad, el que sigue insistiendo con la clase media golpista y la necesidad de quitarle al campo para desarrollar la industria, el que terminó asimilando a unos chacareros que realizaron unos escraches tan repudiables como todos los escraches realizados en los últimos cinco años con los comandos civiles del ’55 y los grupos de tareas del ’76? De manera que si Forster quiere defender al kirchnerismo de las acusaciones de anacronismo debería hablar con el propio Kirchner, a ver si deja de vivir en el mundo de fantasmas en el que habita, dominado por el paradigma nacionalista-industrialista, y comienza a abrir los ojos al mundo post-nacional y post-industrial en que vivimos, es decir: a la sociedad global del conocimiento y la información. Acaso así podría adecuar las estrategias de inserción económicas y políticas de la Argentina a la nueva situación en vez de seguir debatiéndose en el mundo fantasmático de lo que es y ya no será.

Gracioso es también que Forster le atribuya a Solá el intento de eliminación de la relación entre democracia y conflicto. Repito: Forster, uno de los primeros que ante el conflicto entre el Gobierno y el sector agropecuario tardó cinco minutos en hablar de acciones destituyentes y no se retractó siquiera cuando el efecto de cien días de conflicto destituyente fue que una ley que constitucionalmente debía ser tratada en el Congreso fuese tratada en el Congreso y no tramitada mediante una simple resolución ministerial.

Aún peor es la idea de la “recuperación de la función disruptiva de lo anacrónico”, sobre todo en un país caracterizado por su incapacidad para utilizar las lecciones de la historia en clave futura en vez de quedarse eternamente atrapado en las disyuntivas del ayer. Cualquiera que haya pasado por el diván del analista sabe perfectamente que el truco de la terapia consiste en la comprensión del pasado para no repetirlo. En lugar de esto, Forster y el kirchnerismo proponen exactamente la vía contraria: el eterno retorno de los brujos, es decir: el uso y abuso del pasado como herramienta para seguir repitiendo eternamente lo que nos ha llevado a casi ochenta años de fracaso, injusticia y desolación.

3 comentarios:

jazzmen dijo...

Fernando: Brillante comentario.
Podríamos agregar otro anacronismo vigente, tan afecto a los "Intelectuales del Sobre Cerrado":

La agotadora referencia a la división entre derechas e izquierdas, propia de la cosmovisión eurocentrista de los siglos XVIII, XIX y XX.

El mundo de las ideas es tan rico, complejo, versátil, variable, diverso, particular, universal, que dividirlo tan arbitrariamente en dos partes hemisfericas, resulta un bárbaro anacronismo, un "non sense", un atentado contra la inteligencia y la sensibilidad social.

Si estoy a favor de:
1. La libertad de mercado con modernos instrumentos de regulación estatal.
2. De la inclusión social con políticas públicas concretas y no clientelares.
3. Del estatismo indelegable en salud, seguridad y educación.
4. Del estatismo no exclusivo y competitivo en algunos sectores de la economía. Transporte, energía, recursos naturales. (ver Chile, Uruguay o Brasil).
5. Del incentivo estatal a las pequeñas, medianas y grandes empresas.
6. De la concepción de la multipolaridad exportadora (ej.Chile).
7. Del crecimiento económico equitativo.
8. De los tratados "inteligentes" de libre comercio.
9. De mayor carga impositiva, vía impuesto de las ganancias a los poseedores de "renta extraordinaria"
10. De la reducción a un tercio del IVA actual, para favorecer a sectores medios y "populares".
11. De la lucha contra la inflación, sin recesión ni estancamiento.
12. De la Unión Sudamericana,bloque económico, cultural y social, como actor indispensable y trascendente en el contexto mundial.
13. De la separación de iglesia y estado.
14. Del casamiento entre personas del mismo sexo, con derecho a la adopción.
15. Del aborto responsable, tutelado por el estado.
16. Del derecho a la eutanasia.
17. Del valor permanente de los derechos humanos.
18. De la división efectiva de los poderes del estado.
19. Del rechazo a "todos" los autoritarismos.
20. De la descriminalización al consumidor de drogas.
21. De la lucha sin cuartel contra el tráfico ilegal de estupefacientes y al lavado de dinero.
22. Del respeto a la diversidad sexual, social, política y cultural.
23. Del rechazo a la pena de muerte.
24. Etc.

Que soy?
De derechas o de izquierdas?

un abrazo
miguel sznajderman
www.espaciosdereflexion.blogspot.com

Discepolin dijo...

En la mayoria de los paises de la OECD -para citar a los que les va bien y saben porque-, politicos como Menem y Kirchner representan el 5% que esta a favor del "fundamentalismo" de mercado o del Estado, respectivamente.
El 90% de los restantes asientos parlamentarios y votantes se distribuye en el expectro intermedio, que discute politicas mas que politica.
Chile, Brasil, Colombia se estan distanciando del resto de America Latina no por sus declaraciones "politicas" sino por la consistencia y coherencia de sus politicas con metas nacionales compartidas por ese 90%.
El problema argentino es que tanto el menemismo de los 90 como el kirchnerismo con el que inauguramos los 00s han embarrado convenientemente la cancha: la mente de los votantes, de modo que en lugar de discutir los problemas reales: deuda mal resuelta (142 billones) , mercado paralizado, reglas de juego caprichosas, inseguridad juridica -de la que deriva la inseguridad fisica-, desinversion en educacion, I+D y desarrollo de empresas y emprendedores -por citar las que me vienen a la mente en el momento con las que acordarian el 90% de los que pare por la calle-, estamos discutiendo entelequias ideologicas dignas de estudiantes de Filosofia mantenidos por madres burguesas.
La globalizacion, amigo Iglesias, no es una opcion, es una realidad. Lo que es una opcion es entrar de tujes en ella -como Argentina- o con alguna idea -como Chile y Brasil-. En vez de discutir el viento, seria mejor que aprendieramos a navegar.
Ya es hora, me parece.
Gracias por su claridad intelectual que -aunque no comparta el 100% de sus ideas- nos levanta el animo en medio de tanta anorexia intelectual.

camila dijo...

Muy bueno, solo se me ocurre una cita:

"La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando estos se preparan justamente a revolucionarse y revolucionar las cosas...es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espiritus del pasado(...)para(...)representar la nueva escena de la historia universal".

El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Karl Marx.