DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires

lunes, 21 de octubre de 2013

La enfermedad de la Presidente llevó a postergar, primero, y a cancelar, después, la publicación en La Nación del artículo que me habían pedido que escribiese: EL GOBIERNO DE DORIAN GRAY. Por eso lo publico aquí, esperando que lo encuentren interesante. 


EL GOBIERNO DE DORIAN GRAY

“Habría que ver si estamos mejor o peor que en 2003” le dice Cristina Kirchner a Jorge Rial y el tiempo parece retroceder hasta esa parte de los Noventa en que un atribulado Menem usaba el recuerdo de la hiperinflación para justificar los desatinos que estaban llevando el país a un nuevo desastre. Pero el reclamo presidencial es legítimo, y por eso vale la pena ver qué dice sobre el tema el índice más confiable del mundo, el del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que muestra que combinando datos económicos, sanitarios y educativos –fuente INDEC, para la Argentina- hemos retrocedido del 34º al 45º puesto entre 187 naciones. Maravillas de la década ganada que no adquieren toda su dimensión porque, como sostiene la Presidenta ante Rial, hay una campaña de los monopolios informáticos que oculta a los argentinos lo que pasa en el mundo. Si no existiera -la campaña, no la Presidenta- sabríamos por el PNUD que Australia es el segundo país del planeta en condiciones de vida y Canadá el undécimo. O que entre los once países que nos han superado uno es el demoníaco Chile y seis son naciones que en 2004 ingresaron a la Unión Europea, que se derrumba. Peor aún sería que nos enteráramos de que detrás de la Argentina se ubican hoy las Seychelles, a quienes aventajábamos por diecisiete lugares en 2003. ¡Y eso que en esas islas no hay reindustrialización, ni vuelta de científicos, ni revolución nac&pop, ni kirchnerismo! Vaya uno a saber cómo lo habrán logrado…

Pero la idea de comparar todo con la crisis anterior para cerrar nuestros ojos ante la futura no es el único elemento exquisitamente menemista del reportaje de Rial. Lo son, sobre todo, ese cuerpo, ese rostro y esa voz de los que fluye el Relato. Ese es un cuerpo que no miente. Ese es un rostro Zulema-Yoma-style que sólo puede responder a un ideal generalizado de la belleza después de veinte años de demolición cultural pejotista. Y aún menos mienten esa entonación nasal y esas vocales arrastradas en el final de cada oración que simula muy mal el Barrio Norte, y esas manos de mandarín cuyas uñas ostentan la abstención absoluta de todo trabajo manual; esas manos de la representante del partido de los trabajadores argentinos que parecen haber perdido hasta el pulgar en oposición tan necesario al obrero, y tan caro por ello a Federico Engels.

“Señora Kirchner: ¿qué piensa hacer en los dos años que le quedan de presidencia?” es la pregunta inevitable, que el obsecuente intruso nos ahorra, ya que carece de respuesta. La Presidenta sólo habla del pasado. La Presidenta es una estadista preocupada por establecer un completo inventario de proezas. Pero algo huele a podrido en Dinamarca. Hay algo del orden de lo lúbrico en la escena, y es difícil identificar su proveniencia. Acaso venga de un gobierno que inauguraba el futuro y se quedó hablando eternamente del pasado; que prometió el fin de la farandulización noventista y terminó apelando a Jorge Rial; que ayer nomás temaba con la vuelta de la política y hoy recurre a la última noche y al último beso de Cristina y Néstor con la esperanza de arañar algún voto. O acaso provenga de que la Presidenta del seis por ciento en educación diga que hay que aguantar los trapos y señale quiénes son, o no son, del palo; o de que quien tanto se quejó de la obediencia de los periodistas a sus patrones protagonice un reportaje manifiestamente conducido por el entrevistado; o de esa mezcla entre tono tilingo y canchero que solo la Argentina puede producir y sólo la afiliación al peronismo puede hacer políticamente correcta. Hay algo obsceno, también, en una jefa de estado que sostiene públicamente que se informa de lo que sucede en el mundo mirando noticieros; que jura que no existe ningún cepo; que dice que no le importa lo que digan las primeras planas de los diarios pero fundamenta su decisión de no reunir al gabinete en la necesidad de evitar filtraciones a la prensa; que afirma que nunca vio tanta gente durmiendo en la calle como en Nueva York y asegura que la mejor prueba de que no hay corrupción en su gobierno es que no haya funcionarios en la cárcel.

Jorge Rial no se inmuta ante todo esto ni ante el “No me jodas” presidencial que lo delata. Pero lo más tremendo del interminable monólogo cristinista es el uso despiadado de la muerte y del dolor como herramientas de proselitismo; la cantidad de muertos que se caen incesantemente de la pantalla. Néstor Kirchner mencionado a cada minuto, entre lágrimas. Cristina Kirchner que lagrimea porque recuerda que Néstor Kirchner lagrimeaba por la muerte de su padre, el de Néstor Kirchner (más lágrimas). Kosteki y Santillán y, desde luego, Mariano Ferreyra. Dolor. Piedad. Indignado enojo por los titulares de los diarios. Una indudable muestra de sensibilidad presidencial que sólo se disipa cuando la mente, pertinaz, recuerda que los funcionarios a cargo de la maldita policía de la masacre de Avellaneda eran el gobernador Solá y el presidente Duhalde, aliados de los Kirchner desde entonces hasta que decidieron dejar de serlo. Compasión mentirosa del “La bala que mató a Mariano rozó el corazón de Néstor” que se desvanece sin necesidad de recordar por qué estaba allí Mariano Ferreyra, y quiénes lo mataron, ya que Cristina tiene a bien explicar los motivos de la preocupación de su marido: “Nos quieren armar un Kosteki-Santillán”, dice Ella que dijo Él antes de tomar en sus manos la investigación, violando de paso todas las reglas de la división de poderes.

Convengamos, debe ser duro llegar a Presidenta y que tu marido no te ceda el control remoto. Debe ser arduo aceptar que tu compañero de tooodaaaa la militancia te diga: “Aunque tengas 80% de imagen positiva el candidato voy a ser yo” en el mismísimo lecho monárquico. Y es doloroso también, aunque inevitable, que el excesivo amor por la propia palabra revele detalles que al final muestran lo que esas palabras estaban destinadas a ocultar: una frase en la cama camera, una indignación mal calculada, una risa cómplice que no encuentra eco ni en el preguntador serial asalariado. Pero aún más revelador es el momento en que ese mismo reportaje se emite, mientras la Presidenta de “Los medios mienten” y la relación transparente entre el pueblo y su líder es internada por las secuelas de un golpe que hasta entonces no había existido; en un país que por obra y magia de su dedo (“un simple dedo de mujer”, le dice a Rial) quedó en manos de Amado Boudou, nunca menos.

Hay algo de Dorian Gray en el régimen kirchnerista. Por años, todo está bien. De repente, nada funciona. Este mecanismo, tan similar al de la novela de Oscar Wilde en la que el personaje no envejece jamás hasta que lo hace de golpe y completamente, no es obra de la casualidad sino –para decirlo con otra expresión presidencial- el producto de un modus operandi. Se dedican las mejores energías a los liftings y liposucciones del Relato y se descuidan el corazón, el cerebro, la infraestructura y la energía; se prioriza un presente hecho de goce -de la belleza, en el caso de Dorian Gray; del poder, en el de Cristina y Néstor- y se menosprecian las consecuencias a largo plazo de las platas dulces, los desarreglos y las caídas. Repentinamente, fatalmente, apenas dos años después de la apoteosis del 54%, todo está perdido. Momento en el cual el kirchnerismo suele encontrar a los verdaderos responsables de la catástrofe, que no son otros que los analistas médicos y políticos que desde hace años vienen avisando que aquellos polvos traerían estos lodos.
Ni qué decirlo, en esto han sido los Kirchner los mejores representantes del estilo de vida preferido por la mayoría de los argentinos. Ni qué agregar, los pueblos tienen los gobiernos que votan. Ni qué mencionarlo, nos ha llegado la hora de pagar cuentas pendientes. Mientras lo hacemos, mientras verificamos que si al endeudamiento financiero se le suman la deuda previsional y los miles de millones de dólares necesarios para superar el déficit infraestructural y energético la Argentina del desendeudamiento tiene el peor  coeficiente deuda-PBI de la Historia, no estaría mal recordar la principal regla de la ficción novelesca: el autor no debe creer en el Relato. La ilusión de que los propios actos no tienen consecuencias es la droga que vende el poder, no la que el poder consume.


Dorian Gray apuñaló el retrato que creía causa de todos sus males sólo para descubrir que se estaba apuñalando a él mismo. Visto el resultado, no estaría de más que los argentinos nos preguntáramos cómo es que nos sucedió, otra vez, todo esto; cuáles fueron las superficialidades y las complicidades que permitieron a los Kirchner convertirse en los presidentes con  mayor poder desde la restauración de la democracia; cómo es que dos personajes cuya complicidad con el núcleo de poder anterior y cuya conducta corrupta, autoritaria y oportunista eran perfectamente conocidas desde los tiempos de la gobernación santacruceña se transformaron en una simpática parejita de abogados patagónicos que venían a cambiar la Historia. Sería bueno saberlo. No vaya a ser que esté empezando a pasarnos de nuevo.