DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires

martes, 22 de julio de 2008


QUÉ ES HOY EL INDUSTRIALISMO

CAMPO vs INDUSTRIA II

(LAS ZONCERAS ECONÓMICAS DEL STALINISMO-DÉBIL)

Publicado en la Revista "Noticias" 19 de julio 2008

Antes de continuar con la serie “Campo vs. Industria” creo oportuno hacer una aclaración sobre el primer artículo publicado (“Campo vs. Industria I”, en Revista Noticias), ya que la repetición de objeciones que he recibido referentes a un mismo punto indica que no logré expresar claramente alguna idea. Probemos de nuevo: “Campo vs. Industria” no intenta ser una crítica de la industria sino del industrialismo, es decir, de la idea obsoleta de que la industria (entendiendo por industria la creación de riqueza mediante el trabajo manual repetitivo en un contexto geográficamente localizado, o fábrica, aplicado a la totalidad de un producto y organizado bajo el modelo de la cadena fordista de producción) es la actividad económica más avanzada y, por lo tanto, la base necesaria del desarrollo de un país. De este descarte de las posiciones nacionalistas-industrialistas en plena era de la sociedad global del conocimiento y la información se deriva el rechazo, por obsolescencia manifiesta, de su principio económico derivado: la política de subsidio permanente y multiforme a la industria argentina con los recursos provenientes de otros sectores supuestamente “atrasados” de la economía nacional, en especial, del campo argentino.
Cuando se habla de redistribuir la riqueza desde el estado nacional suelen asociarse dos cosas bien diferentes. La primera, aceptada en todos los países que funcionan razonablemente bien -aunque con un distinto énfasis según el carácter más o menos socialdemocrático de sus gobiernos- es la que llamaría redistribución modelo Robin Hood, que consiste en quitarles a los más ricos (generalmente, mediante un impuesto a las ganancias progresivo y no por impuestos distorsivos) para darles a los más pobres (generalmente a través de una educación y una sanidad eficientes y mediante sistemas de asistencia social universales y no clientelistas). El otro esquema, al que denominaría modelo Alí Babá, consiste en quitarle a los sectores competitivos con la excusa de que ganan demasiado para darles a los no competitivos con la excusa de que de otra manera quebrarían, atándolos a un sistema de beneficios clientelista y prebendario a la espera de que alcancen la mayoría de edad, lo que por supuesto jamás sucede cuando las ganancias no dependen de las inversiones en tecnología sino de la capacidad de lobby en los despachos oficiales. Y bien, este modelo sólo lo aplican pocos países (el ejemplo arquetípico son los subsidios a la agricultura en los países avanzados), siempre con altos costos sociales y a condición de que la competitividad de los demás sectores sea tan extraordinaria como para permitirlo (lo que es cada vez menos el caso en Europa, motivo por el cual el tema de los subsidios agropecuarios está creando tensiones permanentes entre Francia, principal beneficiaria, y el resto de la Unión Europea).

Los intentos de intervención del Estado no dirigidos a redistribuir la riqueza sino a determinar desde las burocracias políticas nacionales y con independencia de los criterios de competitividad y productividad los sectores económicos preferenciales para el desarrollo de un país, han llevado a la Argentina a una absurda paradoja: después de décadas de polémica sobre si había que fabricar caramelos o acero las dos principales empresas industriales argentinas con capacidad competitiva a nivel mundial (Arcor y Techint) fabrican, precisamente, golosinas y derivados industriales del acero. Pocas cosas más concluyentes pueden decirse en contra de los supuestos zombies que Ulrich Beck denominó “o-esto-o-aquello”, según los cuales el perjudicar a un sector es -suma-cero mediante- lo mismo que apoyar a los otros.

De más está decirlo, estos postulados jamás demostrados son hoy también el sostén implícito del planteo populista según el cual imponer tasas confiscatorias al campo es óptimo para el desarrollo de la industria. Basta ver el impacto que han tenido los últimos cuatro meses en los niveles de ocupación del interior del país, en el nivel de actividad de la construcción en sus pueblos y ciudades, en el transporte y –sobre todo- en el tejido de industrias agroalimentarias y metalúrgicas crecidas al calor del boom agrícola, para descartar dos afirmaciones zombies que el industrialismo argentino ha diseminado como verdades indiscutibles: que el campo es incapaz de generar suficiente empleo y que su creciemiento sea antagónico, de alguna manera, con el desarrollo del sector industrial.

Nadie puede oponerse al desarrollo de una industria avanzada en Argentina, es decir: de una industria no industrial, basada en la ciencia y la tecnología, esto es, basada en el trabajo intelectual y no en el esfuerzo físico. Pero tampoco nadie puede desconocer los efectos previsibles y ya comprobados en el país de aquellas políticas que inmortalizó la consigna alfonsinista de “levantar las persianas de las fábricas cerradas”, es decir: de apostar por el cortoplacismo de una industria no competitiva financiada con el dinero de otros sectores y con el expolio de los consumidores del país. Si lo ocurrido en 1975 y 1989 ha de servirnos para algo, hay que decir que estas políticas tienen un final previsible: un cierre de industrias obsoletas no paulatino y por reconversión sino por muerte súbita mediante los shocks aperturistas que suelen seguir al naufragio de la macroeconomía populista, para espanto de los trabajadores del país, hartos de ir de la sartén al fuego y viceversa.

Pero el conflicto en curso del Gobierno con el campo argentino ha sido excepcional para mostrar no sólo dramática la obsolescencia del industrialismo sino la abundancia de pseudonociones económicas que infesta como una plaga el campo del pretendido progresismo local. De manera que acaso sea tiempo de considerar algunas de las afirmaciones que los economistas neodesarrollistas (uso el término en el sentido de “nacionalistas-industrialistas”) proclaman en estos tiempos con el aire de verdades consagradas. La mayoría de ellas se basa en los dos trucos favoritos del populismo: presentar como contradictorios a elementos que un mínimo análisis revela complementarios y plantear dilemas irrelevantes que impiden considerar los verdaderos problemas en cuestión.

GRANDES vs CHICOS

La más acríticamente difundida de estas zonceras es la que enfrenta a los productores grandes con los productores chicos, delirante aplicación de la lucha de clases al campo agrario que haría sonreír con desprecio a Carlos Marx. Por razones psicológicas similares a los que llevan a todo espectador neutral a simpatizar con el equipo más débil parece haberse instalado la noción de que la existencia de productores pequeños es –por sí misma- una bendición para el país, en tanto que los productores grandes constituyen una fuerza demoníaca que es necesario extirpar mediante una apropiada persecución. Ya sea bajo el argumento de la “concentración” como el del “monopolio” se han hecho aquí afirmaciones que bordean el ridículo, no sólo acerca de la problemática supervivencia de pulpos en el campo sino de monopolios de “apenas algunos miles de productores” (sic). Y bien, si la etimología no es una opinión, los monopolios suelen ser de uno y no de miles. Por otra parte, basta pensar lo que sucedería en Alemania si al gobierno de Angela Merkel se le ocurriese perseguir a los cuatro-cinco grandes fabricantes de automóviles alemanes en nombre de quién sabe cuál precepto pseudoeconómico del neopopulismo argentino para descartar que el desarrollo de conglomerados productivos de gran escala signifique necesariamente el empobrecimiento del país o del resto de los productores, que en todo el mundo saben encontrar la forma de ser complementarios con una economía en que los grandes suelen operar como agentes de innovación organizativa y tecnológica y de desarrollo infraestructural.
Según los datos disponibles, los cincuenta mayores pools de siembra argentinos controlan hoy entre un 6% y un 10% de la superficie de cultivo, en tanto los cinco más grandes llegan a aproximadamente el 2% del total. El total de productores agropecuarios supera, además, el número de 70.000. De manera que cuando el Gobierno sostiene que el 2% de los productores agropecuarios concentra el 50% de la producción agropecuaria no hace más que falsear la verdad: ese 2% de los productores agropecuarios son al menos 1.500 productores. Digámolso entonces correctamente: el 50% de la producción agropecuaria está distribuida en más de 1.500 productores. ¿Qué otra actividad económica de gran escala puede mostrar un grado de desconcentración y descentralización en Argentina? No, seguramente, las industriales, en las que los diez productores más grandes de un sector cualesquiera rara vez están por debajo de concentrar el 90% de la producción. Basta aplicar al campo la misma vara con la que se mide hoy a otros sectores económicos nacionales para descartar que la concentración o la monopolización sean problemas reales para el sector agropecuario argentino.

Por otra parte, aquí, allá y en todas partes las empresas que crecen gracias a su eficiencia son respetadas por los gobiernos con la sola condición de que paguen sus impuestos, no violen las leyes laborales y ambientales y no formen monopolios u oligopolios; situaciones –todas estas- que dependen de la eficacia y transparencia del estado. En efecto, ¿de quién es la responsabilidad de que algunos sectores agropecuarios no paguen sus impuestos ni respeten las leyes laborales y ambientales, como acusa el Gobierno, si no del kirchnerismo, que desde hace cinco años concentra todos los resortes del poder pero es incapaz de acabar con los problemas que hoy denuncia como si la institución presidencial fuera una forma más del periodismo? ¿Por cuál motivo se ocupa tanto el actual gobierno en denunciar los supuestos monopolios de miles de productores (sic) en tanto sigue permitiendo que dos empresas que en realidad son hoy una sola hayan dividido el país en dos para mejor monopolizar el mercado telefónico? ¿No había sido la ruptura del monopolio, entonces estatal, un argumento decisivo a favor de la privatización de las comunicaciones? No se entiende. Y tampoco se entiende que el industrialismo, que en pleno apogeo de la sociedad del conocimiento y la información sigue creyendo que el destino del país está en el trabajo manual, continúe glorificando las grandes acerías, los altos hornos y la industria pesada que –por definición- son actividades de grandes unidades productivas, capital hiperconcentrado y economía de escala, en tanto demoniza a los pooles de siembra y a los grandes productores agropecuarios. Sus propuestas de un campo argentino compuesto exclusivamente por pequeños productores es una apuesta deliberada por el fracaso, y se asemeja más a las versiones locales de una Arcadia pastoral que a cualquier modelo exitoso de desarrollo existente. ¿Dónde se ha visto que un esquema como éste funcione bien en otra parte del mundo sin recibir enormes subsidios que compensen su ineficiencia estructural?
Así, no conformes con seguir intentando inventar la rueda, los economistas del neopopulismo argentino siguen inventándola cuadrada. La concentración de la producción en pocas manos, es decir: el hecho de que el que un 20% de los productores de un mercado dado tiendan a producir el 80% de la riqueza (y, por lo tanto, el otro 80% sólo produzca el restante 20%) fue analizado, hace ya siglos, por el señor Pareto. Lo aprenden los estudiantes apenas después de cruzar el hall de ingreso de la facultad de economía. Esta tendencia a la concentración depende sobre todo de la tendencia a la acumulación del capital que se deriva de la economía de escalas. Brevemente: por las mismas razones por las cuales una fábrica que produjese una sola heladera por día o un restaurant de una sola mesa son económicamente inviables, la moderna producción agraria, hipertecnificada y de alto contenido en capital e información, sólo es eficiente por encima de un nivel mínimo de hectáreas cultivadas bajo el control de la misma unidad productiva, lo que permite disminuir costos y riesgos diversificando territorios y compartiendo equipo, tecnología y know how. Es esto lo que sucede en el campo argentino y no argentino, como bien muestra el fracaso de procesos políticamente correctos como la revolución agraria boliviana, que al hundir a Bolivia en el minifundismo trajo aún más miseria de la que intentaba desterrar.

En todo caso, sí son necesarias políticas diferenciales que permitan la subsistencia de las Pymes agrarias frente a la competencia de los grandes pooles; pero esto no se consigue destruyendo a los grandes sino ayudando a los pequeños y medianos a desarrollarse, especialmente: corrigiendo asimetrías de escala con la colaboración de las organizaciones rurales y las agencias del estado, y promoviendo actividades de alto conocimiento agregado y aportes a la cadena de valor como la cría de ganado y la lechería. He aquí una vía para una intervención inteligente del estado que sepa aprovechar los mecanismos del mercado en lugar de remar infructuosamente contra ellos en nombre de un progresismo anacrónico entendido como anticapitalismo; un pseudoprogresismo que está acabando en el país con la lechería y la ganadería a través de la aplicación de precios máximos y restricciones a las exportaciones mientras se queja al mismo tiempo de la concentración inevitablemente consecuente con políticas de este tipo. Se trata de un progresismo sin progreso que hoy pretende acabar con la sojización destruyendo la rentabilidad de la soja como ayer hizo con la de la carne y la leche, en un círculo vicioso derivado de la idea zombie de suma-cero según la cual destruir a un sector es ayudar a los demás a desarrollarse.

Ahora bien: consideremos ahora el argumento moralista contra los grandes productores. Supongamos que un productor chico, propietario de pocos campos, trabaja mucho y bien, es eficiente, y obtiene buenas cosechas. Pongamos además que el hombre es un patriota que invierte en este ríspido país en lugar de comprar divisas extranjeras, apostar en la Bolsa o comprar casa en Punta del Este. Es de esperar que después de algunos años o décadas de desarrollarse gracias a su idoneidad y esfuerzo haya pasado de ser un productor chico a ser un productor mediano, primero, y grande, después. Ahora bien: ¿en qué momento nuestro bravo argentino se ha transformado en un traidor a la Patria? ¿Qué debería hacer con el dinero obtenido de sus cosechas, invertirlo en lo que mejor sabe hacer o poner –digamos- hoteles en tierras fiscales de Calafate y máquinas tragamonedas en el Hipódromo de Palermo?

Finalmente: ¿quiere esto decir que el estado debe abandonar toda intervención en el tema de las dimensiones de las unidades agropecuarias? No, y por buenas razones, primera de las cuales es la importancia de los pequeños productores en términos de ocupación del territorio, generación de puestos de trabajo, sustentabilidad paisajística y desarrollo familiar y social. Son excelentes motivos por los cuales los agricultores son apoyados con créditos en todas partes del mundo (Brasil acaba de destinarles 48.000 millones de dólares a tasas preferenciales), en tanto se los diezma en Argentina. Por otra parte, el impacto degradante que tendría una nueva ola migratoria del campo a la ciudad sobre los ya saturados suburbios de las grandes metrópolis argentinas (los casos de Buenos Aires y Rosario son los más preocupantes) aconsejan una intervención del estado a favor de las pequeñas unidades agrarias, especialmente las de tipo familiar. Al mismo tiempo, esa intervención no debería basarse principalmente en subsidios sino en proveer a las Pymes de crédito en pesos a tasa fija y razonable, previsibilidad macroecnómica, seguridad y modernización jurídica, apoyo tecnológico e infraestructura decente (trenes de carga y no trenes bala, por ejemplo) que les permitan compensar las ventajas competitivas que otros obtienen por economía de escala, y en brindar a las familias del interior niveles de infraestructura sanitaria, hospitalaria y educativa de alta calidad, dejando en manos de los intendentes y gobernadores elegidos por ellos mismos la mayor parte de los recursos destinados a financiarlos, en lugar de girarlos a la gran caja unitaria central.
Una política de sustentabilidad preferencial hacia los pequeños y medianos productores debe ponerlos a salvo de lo que ellos mismos llaman “corrupcidios” (subsidios + corrupción), es decir: del clientelismo de clase media que es parte intrínseca del proyecto agropecuario kirchnerista, lo que permitiría a todos seguir siendo ciudadanos y no clientes ni súbditos, para vivir con dignidad. Al mismo tiempo, no es recomendable ni justo que un régimen de apoyo preferencial los ponga completa y eternamente a salvo de las exigencias de productividad y competitividad intrínsecas a toda economía capitalista, o que el mismo carezca de un límite presupuestario en un país en el cual siguen faltando insumos en los hospitales y gas en las escuelas. En suma, que el truco de la privatización de las ganancias y la socialización de las pérdidas, que tantas veces el sector industrial argentino usufructuó a expensas del campo, no debe ser confundido con una política agropecuaria moderna y progresista ni siquiera para el caso de los pequeños productores rurales; productores que, como todos, deben hacerse cargo de los riesgos propios de su actividad, cosa que estaban haciendo con notable eficiencia hasta que el Gobierno se propuso incorporarlos a su modelo de clientelismo extendido a la clase media rural
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FINANZAS vs PRODUCCIÓN

La segunda zoncera que se ha escuchado en estos días por todas partes es la demonización de los pooles de siembra, acusados por tirios y troyanos de ser la encarnación de la patria financiera en el ámbito rural. Ahora bien, supongamos que un matrimonio argentino cualesquiera ganase –según su declaración jurada- un millón y medio de pesos en un solo año actividades especulativas finacieras, digamos: plazos fijos y un fideicomiso inmobiliario. ¿Cuánto ha pagado de impuestos por estas ganancias ciertamente extraordinarias en la Argentina K? Nada. Supongamos ahora que deciden invertirlos en uno de los sectores productivos de gran escala más avanzados del país: el agropecuario. Para hacerlo se asocian con otros inversores, contratan una consultora técnica y arriendan campos en los cuales sembrar –digamos- soja. He aquí que se ha formado un demoníaco pool de siembra. ¿Cuánto pagan de impuestos? La respuesta es: 48% de impuestos a la producción (retenciones) más ganancias, ingresos brutos y todos los demás, con una carga fiscal cercana al 70% de las ganancias. No es todo. El matrimonio presidencial, en un curioso acto de doble personalidad, lo acusaría de ser la patria financiera en el campo.
¿Tiene algún sentido que se acuse a los pooles de ser la patria financiera en el campo cuando en realidad son la forma que los inversores de riesgo genuinos han encontrado para ganar dinero y la manera en que muchos productores, incluidos los pequeños y medianos, logran financiarse ante la falta de un sistema de crédito bancario razonable, ya sea a nivel privado o estatal? ¿No se soluciona el problema fiscal de los pooles de siembra tasando a los fideicomisos que forman parte de su estructura financiera, medida que debería aplicarse no sólo en el ámbito agropecuario sino extenderse a todas las rentas financieras del país? ¿Cómo es posible que quienes han invertido en el internacionalmente competitivo campo argentino paguen impuestos confiscatorios, los más altos del mundo para el sector rural, y sean acusados de avaros y angurrientos, en tanto quienes invierten en cualquiera de las mil formas de la timba financiera argentina pagan cero impuestos por sus ganancias y mientras sectores obsoletos subsisten gracias a subsidios financiados con los impuestos que paga el campo, en tanto son izados por el Gobierno a la heroica categoría de “burguesía nacional”?

Finalmente: en estos últimos años: ¿no ha sido el sector agropecuario, pequeño, mediano y grande, la mejor expresión de la “burguesía nacional”, es decir, de un grupo de capitalistas locales interesados en ganar dinero en la producción, y no en las finanzas, y de reinvirtir sus ganancias en el país y no en el exterior, lo que ha provocado con su auge un resurgimiento notable del empobrecido interior nacional? He aquí la realidad que el delirio industrialista-nacionalista le impide ver al gobierno de Cristina Kirchner.
La demonización de los pooles de siembra no es más que una forma del anticapitalismo idealtípico del stalinismo-débil. Más paradójico aún es que sea impulsada por el matrimonio Kirchner, la empresa con la rentabilidad extraordinaria más alta del país, que ha aumentado de los $6.732.016 de patrimonio declarados en 2003 a los $17.824.941 declarados en 2007. Esto significa más de once millones de incremento obtenidos al mismo tiempo que se ocupaban de administrar la Argentina, con una triplicación del patrimonio que bien desearían los productores rurales. ¿Habrán pagado los Kirchner por estas ganancias los mismos impuestos que hoy le exigen a los piquetes de la abundancia? ¿Y cuánto habrán abonado de impuestos en 2002, el año de mayor incremento del patrimonio K, obtenido por el expediente de sacar 1.815.274 pesos del país en 2001, es decir: antes del corralito y la devaluación, y depositarlos en una cuenta en dólares del Deutsche Bank? Finalmente, ¿cuánto han pagado bajo la legislación fiscal de su propio gobierno por los 5.781.195 pesos en que han incrementado su patrimonio durante el año 2007, con un aumento de 46% sobre el declarado un año antes? Desde luego, nadie niega a los Kirchner su derecho a hacer con su dinero lo que crean conveniente, que eso y no otra cosa es el capitalismo, pero harían bien en dejar de dar al campo irritantes lecciones de austeridad y generosidad.

lunes, 14 de julio de 2008

EL SALÓN DE LAS OPORTUNIDADES PERDIDAS

Publicado en la Revista "Noticias" 12 de julio de 2008


La madrugada del sábado, la Cámara de Diputados tenía los votos suficientes para rechazar la ratificción de la 125. Si eso hubiera sucedido, habría pasado a considerarse el proyecto de once bloques opositores que pedía su suspensión por 150 días, la recuperación de las potestades impositivas del Parlamento y la apertura de un diálogo que permitiera consensuar un programa agropecuario nacional. Habían pasado apenas tres meses desde que la Cámara votara negativamente (132 a 26) un proyecto similar para la derogación de la 125, elevado entonces por Adrián Pérez (Coalición Cívica) y secundado por los presidentes de bloque de la UCR, el PRO y el Frejuli.
Fueron meses duros. En lo personal, meses de apoyar las movilizaciones de los porteños que sostenían al campo, de sufrir amenazas y desmentir acusaciones de piqueteros de cuyos nombres no quiero acordarme, y de una exposición mediática permanente que tuvo el fruto, impensable hace pocos meses, de que el oficialismo perdiera el apoyo de la opinión pública gracias al trabajo incesante de la oposición. Sin embargo, a pesar del proyecto unánime de los 11 bloques y los
88 diputados la gran prensa seguía insistiendo en que la oposición estaba desunida y no tenía proyecto. Y hasta las entidades rurales se desmovilizaron y nos dejaron solos, acaso creyendo que no había esperanza o que el trámite parlamentario de una ley excluye el derecho de los ciudadanos a peticionar a las autoridades que consagra el artículo 14 de la Constitución.
A pesar de todo, los votos estaban. Los bloques opositores habíamos hecho nuestros contactos y los números eran coincidentes. Se ganaba por dos votos o tres. Pero a eso de las tres de la mañana, cuatro o cinco diputados con los que teníamos diálogo dejaron de responder el teléfono y empezamos a temer lo peor. A las cuatro, la presencia antirreglamentaria de un funcionario del Ejecutivo en el recinto reavivó esos malos presentimientos, confirmados por la votación final. De manera que a mediodía hubo que aceptar la victoria a lo Pirro del oficialismo y cantar el Himno con el alma en pena. Atrás quedaban los diputados durmiendo en los sillones del Salón de los Pasos Perdidos, la bronca de tener que hablar a los gritos para hacerse escuchar entre los insultos de la barra oficialista y la impotencia que se siente frente a un poder hegemónico y decadente. Atrás quedaban diecinueve horas de debate. Ni una sola palabra se había dicho en ese debate en contra de las retenciones, sino de estas retenciones; arbitrarias, inconstitucionales y confiscatorias. Ni una sola palabra se dijo en ese debate contra la redistribución de la riqueza. Atrás quedaba también, para el Congreso y para el gobierno de Cristina Kirchner, una enorme y desperdiciada oportunidad.


lunes, 7 de julio de 2008


"QUIEN TIENE LA CULPA DEL HAMBRE DEL PAÍS, SI EL CAMPO PRODUCE ALIMENTOS..."
Discurso del Dip. Fernando Iglesias en el Congreso 5 de julio de 2008

Señor presidente: voy a tratar de hacer el esfuerzo de ser lo más breve y claro posible para decir las cosas que quiero decir sin ser irritante. Quisiera hablarles a todos los presentes, a los diputados de la oposición pero también y sobre todo a los del oficialismo.
El gobierno dice que le saca al campo para alimentar al país. Sobre esto hay cifras muy claras: el campo produce alimentos para 300 millones de personas y la carga fiscal que paga ya era en el año 2005, es decir, cuando era mucho más baja, superior al 25 por ciento.
Si no hago mal las cuentas, esto quiere decir que todos los años el gobierno nacional le saca al campo el valor para alimentar gratis a 75 millones de personas, es decir, dos veces la población nacional.
Por eso me pregunto quién tiene la culpa del hambre del país, si el campo produce alimentos...
- Manifestaciones en las galerías.
Sr. Iglesias.- ... si el campo produce alimentos para 300 millones de personas y sus productores cobran por ellos valores que crecen mucho menos que la inflación.
El gobierno también dice que pone retenciones para bajar el precio interno de los alimentos. Pero de los cuatro productos de los que estamos hablando, maíz, soja, trigo y girasol, el que paga las retenciones más altas -48 por ciento- es la soja, que no se come en la Argentina, y el que paga las retenciones más bajas es el trigo -27 por ciento- que es con lo que se hace el pan de los argentinos. Yo me pregunto entonces si las retenciones son para que baje el precio de los alimentos.
El gobierno dice que son para redistribuir la riqueza, pero desde que comenzó este gobierno la relación entre el 10 por ciento más rico y el 10 por ciento más pobre de los argentinos es de 28 a 1, es decir, una relación peor que en el terrible 2001 del gobierno de De la Rúa.
Esto quiere decir que la mejora de las condiciones de los más pobres, que nadie niega, se ha dado simplemente por la mejora de la macroeconomía y por el famoso efecto derrame. Un derrame que en los últimos dos años, por causa de la inflación, ha llevado a que el país creciera el 8 por ciento y también crecieran la pobreza y la indigencia. Por la inflación, hemos pasado del derrame a la sequía.
El gobierno dice que le quita a los chacareros y que lo va a devolver. El campo sabe que no se devuelve nunca, o bien se lo hace tarde, poco y mal. En el campo no quieren que les saquen lo que le van a devolver porque no quieren ser súbditos ni tampoco clientes: quieren ser ciudadanos. (Aplausos.)
- Aplausos y manifestaciones en las galerías.
Sr. Iglesias.- No es solamente una cuestión de billetera, sr. Presidente, sino de dignidad. Muchas veces he criticado al peronismo, pero también he reconocido que ha tenido el indudable mérito de incorporar a los trabajadores y al interior oscuro del país a la vida nacional. Por eso, esto es algo que los peronistas deberían comprender perfectamente.
El gobierno parece creer que si destruye la soja crecerán la carne y la leche. El campo sabe que se destruyó primero la carne y la leche y el campo se refugió en la soja. Y hora le quieren quitar el último refugio que tenía. El gobierno cree que destruir a los grandes favorece a los chicos, pero en la Coalición Cívica creemos que se favorece a los chicos apoyando y ayudando a los chicos y no destruyendo a los grandes. En la Coalición Cívica creemos que un gran país, la Argentina grande que San Martín soñó, como dice una famosa marcha, se hace con los pequeños, con los medianos y con los grandes. (Aplausos.) Con dos condiciones: que paguen un impuesto a las ganancias alto y progresivo, para que la riqueza se pueda redistribuir, y que además ese impuesto sea coparticipable, para que llegue también al interior.
El gobierno dice que el campo es avaro y angurriento. El campo pagaba ya 35 por ciento de impuestos a la producción, que significan básicamente un 70 u 80 por ciento de impuesto sobre las ganancias. Yo quisiera que antes de votar todos los diputados se preguntaran cuál es el sector productivo no extractivo que en la Argentina paga los impuestos más altos. (Aplausos.) Porque no se entiende, señor presidente, que el sector agropecuario que paga los impuestos más altos en el mundo sea avaro y angurriento, y que los que viven subsidiados por esos impuestos sean los grandes héroes de la Patria.
Señor presidente: yo vengo del marxismo, y en los años 70 discutía con la gente de la Jotape sobre la burguesía nacional. No sé si me han convencido, pero si es que existe la burguesía nacional no veo ninguna expresión más parecida a ella que el sector agropecuario argentino: con sus pequeños, medianos y grandes productores que quieren ganar dinero produciendo y no especulando, y que quieren reinvertir en sus empresas, en el campo y en el desarrollo del país, y no especular poniendo la plata en cuentas en Suiza.
Si el campo no es la burguesía nacional, la burguesía nacional, ¿dónde está?
Sr. Coscia.- A costa de los trabajadores.
Sr. Iglesias.- Me sorprende, señor presidente, que se hable tanto de la explotación de los trabajadores rurales. Desde luego que desde la Coalición Cívica apoyaremos todas las iniciativas del diputado Coscia y del doctor Recalde ‑que ya se expresaron en la Comisión de Agricultura y Ganadería‑ para disminuir el trabajo en negro en todo el país. Pero nos parece que si hay trabajo negro en el campo y en el país –y hay mucho, ya que está por encima del 40 por ciento según las cifras del propio INDEC‑, la responsabilidad seguramente no es de la oposición sino de un oficialismo que desde hace cinco años gobierna, y al que nosotros vamos a apoyar si toma medidas en este sentido.
- Aplausos y manifestaciones en las galerías.
Sr. Iglesias.- Y quiero hacer otra cuenta más, señor presidente. Supongamos que un matrimonio cualquiera, no hagamos nombres para no ser irritantes, hubiese ganado en el último año 1.171.000 pesos de intereses por plazos fijos y 352 mil pesos en un fideicomiso inmobiliario. ¿Cuánto hubiera pagado este hipotético matrimonio por esa ganancia de un millón y medio de pesos por el fideicomiso inmobiliario y por intereses del plazo fijo? La respuesta es cero, porque en la Argentina de hoy no se pagan ganancias por la renta financiera.
Pero si en vez de invertir en la renta financiera ese matrimonio hubiera invertido en el sector productivo más avanzado del país, hubiera tenido que pagar 48 por ciento de retenciones y les hubieran dicho que eran la patria financiera aplicada al campo.
Señor presidente: el oficialismo dice que ha hecho correcciones a no sé qué cantidad de artículos, y yo confío en la buena fe de los legisladores que lo han hecho. Pero el artículo 2º de la norma que se quiere sancionar hoy le da plena soberanía al Ejecutivo para cambiar todo esto el día de mañana. Por lo tanto, todas esas modificaciones que se han hecho son inútiles, ya que mañana el Poder Ejecutivo, sin consultar al Congreso, puede nuevamente volver la situación donde estaba. Y esto es una delegación inaceptable de los poderes del Parlamento nacional.
Señor presidente: Las banderas de la burguesía nacional, del federalismo y del país productivo contra la patria financiera, han sido históricamente las banderas del peronismo. Yo he criticado y seguiré criticando al peronismo por muchísimos aspectos de su tradición, pero creo que estas banderas, las de la burguesía nacional, el federalismo y el país productivo han sido parte de la contribución histórica del peronismo al país.
- Manifestaciones en las galerías.
Por eso, sr. Presidente, voy a concordar por primera vez con el dr. Néstor Kirchner y les voy a pedir a los diputados del oficialismo que pongan lo que hay que poner, y que cuando voten lo hagan pensando en quiénes los eligieron, en por qué los eligieron, y en bajo cuáles banderas los eligieron. Muchas gracias, sr. Presidente.

viernes, 4 de julio de 2008

EL MODELO REDISTRIBUTIVO ALÍ-BABÁ


Publicado el Diario "Critica" 2 de julio de 2008


Cuando el Gobierno afirma ser la moderna reencarnación de Robin Hood dice dos mentiras. La primera mentira es que les saque a los ricos. La segunda mentira es que les dé a los pobres. El Gobierno le saca sobre todo a los pobres cuando les sube las retenciones a los pequeños productores agropecuarios, cuando se olvida de sus promesas de reforma fiscal y sigue haciendo que la leche para los pibes pague el mismo 21% de IVA que las carteras Vuitton, cuando prorroga indefinidamente el impuesto al cheque que castiga a las Pymes y cuando continúa políticas económicas que aumentan la inflación y se comen los ingresos de los asalariados. En segundo lugar, que el Gobierno le saque a los ricos es también falso. ¿Cuánto pagan de impuesto a las ganancias en la Argentina K quienes los obtienen de la renta financiera? Nada. ¿Pueden compararse las retenciones con que el Gobierno quiere someter a los angurrientos chacareros con los que paga el generoso Cristóbal López, empresario K especializado en la dura tarea de cosechar las máquinas tragamonedas del Hipódromo de Palermo, concesión prorrogada hasta 2032?
Que el Gobierno les dé a los pobres es también una falsedad. Si fuera cierto, este último año la pobreza no hubiera alcanzado nuevamente a más del 30% de los argentinos por culpa de una inflación superior al 25%, ni la brecha de ingresos seguiría oscilando alrededor del 28 a 1 que dejaron la crisis y el desastre duhaldista del 2002. Hasta los datos del INDEK de Moreno demuestran que la mayor parte de los ingresos obtenidos aumentando las retenciones han ido a parar a subsidios y no a planes sociales (cuatro mil millones de dólares contra catorce mil millones, para ser precisos), entre ellos: los que financian los trenes suburbanos y el proyecto faraónico del tren bala, los que cobra Moyano para perfeccionar las capacidades conductivas de sus muchachos, los que se llevan los D’Elía y los Pérsico, y el aparato de los intendentes del conurbano, y los negocios bolivarianos de los ministros, y los Rudy Ulloa y otros amigos del poder que disponen de inexplicables millones para comprar aerolíneas, clarines, repsoles y telefés.
Es cierto que el Gobierno está redistribuyendo la riqueza, sólo que no lo hace como Robin Hood sino según el modelo redistributivo Alí-Babá: no les saca a los ricos para darle a los pobres sino que les quita a los que trabajan e invierten en el país para darles a los obsecuentes que viven al calor de la caja oficial. Ni qué decirlo, el primer gran beneficiario es la empresa con más alta rentabilidad de la Argentina, el matrimonio K, que pasó de $6.732.016 de patrimonio declarados en 2003 a $17.824.941en 2007. Esto significa más de once millones de incremento obtenidos por los Kirchner mientras se ocupaban simultáneamente de administrar el país, con una triplicación del patrimonio que bien desearían los productores rurales. ¿Habrán pagado los Kirchner por estas ganacias ciertamente extraordinarias los mismos impuestos que hoy le exigen a los piquetes de la abundancia? ¿Y cuánto habrán abonado en 2002, el año de mayor incremento del patrimonio K, obtenido sacando 1.815.274 pesos del país en 2001, antes de la devaluación, y depositándolos en una cuenta en dólares del Deutsche Bank?
La práctica de quitarle a quienes son competitivos porque invirtieron en tecnología para darles a los que no lo son porque compraron casa en Punta del Este, la idea de que invertir en uno de los sectores productivos más avanzados del país es participar de alguna forma de la timba financiera y el hábito de quitarle a las productivas hormigas para alimentar las parasitarias cigarras parece ya formar parte de alguna forma idiota de la idiosincracsia nacional. Se trata del modelo redistributivo Alí-Babá, que no es, como pretenden hacernos creer, una especialidad turca.
Desde luego, nada hace pensar que la situación vaya a cambiar después de los recientes anuncios de Cristina Kirchner. Que sean los ministros del Gobierno (y no -como manda la Constitución- los diputados y senadores) los encargados de fijar los impuestos al comercio exterior; y que el encargado de manejar los findos sea nada menos que Julio de Vido (y no los gobernadores e intendentes del interior) constituye la mejor garantía de que las promesas hechas para justificar ante la opinión pública las exacciones al campo destinadas a llenar la caja kirchnerista tendrán el mismo destino que el programa de “nueva política-país en serio-redistribución de la riqueza” que inauguró hace cinco años el matrimonio K, con resultados que no hace falta mencionar.

martes, 1 de julio de 2008

EL CONSENSO DE GANDHI
Publicado en Revista "Contraeditorial" de "Veintitres" junio 2008

El indisimulable documento de apoyo al Gobierno firmado en la librería Gandhi por 750 intelectuales, cifra verdaderamente impresionante, merece incluirse en los anales de lo que los propios firmantes denominarían, si no estuvieran directamente implicados, el modo de intervención del intelectual orgánico. Basta un breve repaso a la lista de nombres para encontrar funcionarios del Poder Ejecutivo, rectores universitarios, directores de organismos oficiales y periodistas de los medios de difusión controlados por el kirchnerismo. Y bien: nadie cuestiona su buena voluntad ni su derecho a expresar ideas tan cercanas a la ideología oficial, pero quienes hacen una profesión de la denuncia de la mala fe ajena se han perdido ahora una enorme oportunidad de demostrar en la práctica su independencia frente a los poderes consolidados, comenzando por los del sacrosanto estado nacional, supuesta encarnación del Bien sobre la Tierra.
Tienen razón sin duda los 750 firmantes cuando señalan que su documento se encuadra en el marco de una “dura confrontación entre sectores económicos, políticos e ideológicos históricamente dominantes”. Menos claro es cuáles sean estos sectores, que para millones de argentinos no son los productores agropecuarios ni la oposición sino los integrantes de ese vasto iceberg corporativo del que el Pejota es sólo la parte más visible. Es este verdadero núcleo duro de poder compuesto por sus choferes y testaferros, sus intendentes del conurbano, sus barones de las provincias feudalizadas, sus empresarios amigos, su burocracia sindical y sus patotas, en suma: por el formidable aparato clientelar que hoy le toca liderar a los Kirchner y mañana quién sabe a quién, los que se han llevado puesto al país y las esperanzas de sus ciudadanos y los que conforman hoy la única oligarquía realmente existente; una oligarquía mucho peor que la vacuna de inicios de siglo, una oligarquía que no ha puesto a la Argentina en el campo de los milagros mundiales sino en el de los fracasos mundialmemente inexplicables y que ha logrado el vergonzoso récord de que después de 25 años de democracia sin república el país sea hoy aún más pobre, atrasado y socialmente injusto que el que dejó la dictadura en 1983.
Se equivocan los 750, en cambio, cuando sostienen que quienes somos críticos del kirchnerismo nos oponemos a “un gobierno democrático que intenta reformas en la distribución de la renta y estrategias de intervención en la economía”. A lo que nos oponemos –yo, por lo menos- es a una distribución de la renta que no sigue el modelo Robin Hood, que le quitaba a los ricos y le daba a los pobres, sino el modelo Alí Babá, que le quita al sector productivo más competitivo y dinámico del país (y que lo es porque reinvierte sus ganancias en mejoras tecnológicas mientras buena parte de los otros compran dólares, casas en el country y chalets en Punta del Este) para aumentar los subsidios a sectores vergonzosos -como los que administran los trenes suburbanos, dilapidarlos en sobreprecios escandalosos -como los de los gasoductos otorgados a Skanska, darle millones al Sindicato de Camioneros para “programas de perfeccionamiento conductivo”, juntar los 300 millones de dólares con que Rudy Ulloa intenta quedarse con Telefé, prorrogarles hasta 2032 las concesiones de las máquinas tragamonedas a Cristóbal López, financiar los 4.900 millones del faraónico tren bala y mantener a la vasta cohorte de los Curto y Jotahecé y a las patotas de D’Elía y Pérsico, entre otras delicias.
A lo que nos oponemos la mayoría de nosotros no es a la intervención del estado en la economía sino a las intervenciones zombies del estado en la economía. Una intervención inteligente del estado en la economía es la adoptada en el tema de las carnes por el gobierno de Uruguay: libertad de exportación de los cortes especiales, como el lomo, restricción absoluta para los cortes populares, como el asado, y libertad de precios. El resultado previsible es que hoy el pequeño Uruguay aumentó sus existencias ganaderas y exporta tantas carnes como la inmensa Argentina, en tanto el lomo está más caro y el asado más barato en las carnicerías orientales que aquí. Una intervención zombie del estado en la economía es la adoptada en el tema de las carnes por el gobierno argentino, con el gangsteril Moreno cerrando las exportaciones, amenazando con cortarles la cabeza a los productores desde las cercanías del palco presidencial y con D’Elía a cargo de apretar a la red comercial. El resultado, también previsible, es la pérdida de mercados y puestos de trabajo, carestía del asado y subsidios al lomo, liquidación de vientres y sojización.
Muchas otras afirmaciones de los 750 son escandalosas por su tendenciosidad: los productores rurales no se oponen a las retenciones (de hecho ya pagaban el 35% previas a otros impuestos antes de la genial intervención de Loustau), sino a retenciones móviles, fijadas inconsultamente entre la siembra y la cosecha y que llegan a un techo del 95%, acabando con los mercados a futuro que les permitían financiarse y fijando un virtual precio máximo a sus ingresos en un contexto de inflación alta y creciente. En cuanto a la “amenaza de hambre a la sociedad” se limitó a un mínimo desabastecimiento, inmediatamente remediado levantando el corte de rutas cuando afectó la continuidad del flujo hacia las góndolas. De paso, convengamos: el paro y los cortes no los hizo la aristocrática Sociedad Rural sino la campesina Federación Agraria, y los chicos que aún tienen hambre en Argentina mientras la inflación se come los salarios no son culpa del campo, que produce alimentos para 300 millones de personas a precios internos que desde hace años crecen menos que la inflación, sino que son responsabilidad política de un gobierno que juega en el campo con IRSA, Eurnekian y Aceitera General Deheza, y que gozó durante un lustro de la suma del poder público y de un contexto internacional inéditamente favorable pero no supo aprovecharlo para acabar con las concentraciones monopólicas ni con el hambre en el país.
Resulta también muy curioso el ver a tan notorios sostenedores de la Argentina profunda y el credo federal contra la cipaya capital apoyar una política fiscal que está en las antípodas mismas del federalismo, y que vacía a las provincias y sus municipios para concentrar recursos en una gran caja unitaria central. Al mismo tiempo, que posen de críticos señalando “los límites y retrasos del Gobierno en aplicar políticas redistributivas” es una broma, y muy mala. Este Gobierno no tiene “límites y retrasos” sino políticas aplicadas concienzudamente durante cinco años. Por eso, más allá de los discursos, desde el inicio del gobierno K la brecha de ingresos entre el 10% más rico de la población y el 10% más pobre se ha mantenido sin modificaciones alrededor del 28 a 1 que dejaron la crisis y el gobierno de Duhalde. De manera que la mejora en la condición de los más humildes, que nadie desmiente, se produjo por efecto derrame igual que ayer, cuando gobernaba también -vaya casualidad- el Pejota del que formaba parte Kirchner. En cuanto a los índices de pobreza e indigencia, el país es hoy más rico que hace diez años pero tiene más pobres e indigentes. No lo digo yo, lo dice el INDEK y lo confirman los estudios de la CTA. Lo que no dice el INDEK es que computando la inflación real, superior al 20%, este último año la Argentina K ha logrado el lamentable récord de aumentar el número de sus pobres e indigentes a pesar de un crecimiento macroeconómico superior al 8% anual. Lo que se dice: del derrame noventista a la sequía K.
Sostener que se intentaron “cuestionamientos hacia el derecho y el poder político constitucional que tiene el gobierno de Cristina” o se expresó “desprecio por la legitimidad gubernamental” es simplemente absurdo. A menos que se considere que la presencia en la Plaza de la lamentable Cecilia Pando y veinte de sus impresentables primas con cartelitos contra Cristina represente algo, o se crea conveniente replicar sus métodos intolerantes expulsándola de las plazas o el país. El único desprecio que sí se ha observado en estos días es el del oficialismo por los productores agropecuarios argentinos, acusados de angurrientos y avaros aunque paguen impuestos más altos que en ninguna otra parte del mundo, mientras en todos lados la producción agropecuaria es subsidiada y mientras los ricachones amigos del Gobierno, recontrasubsidiados e hiperprotegidos por la autodevaluación de los salarios, la energía a precios regalados y la vista gorda sobre sus obligaciones fiscales y laborales, son izados al cuadro de honor de la heroica burguesía nacional.
Lo cierto es que el único “cuestionamiento hacia el poder político constitucional” ocurrido en estos meses fue el realizado por el gobierno de Cristina Fernández y reiterado ahora por 750 intelectuales que insisten en hablar de la oposición en términos de “golpismo”, una palabra que en Argentina no significa interrupción del orden institucional sino que está cargada de sangre y de muerte. ¿Quién le ha dado al Gobierno y a sus 750 soldados mediático-académicos el monopolio de la democracia y los derechos humanos? Y si a lo que se refieren no es a un golpe militar sino civil, ¿se olvidan acaso de que la última interrupción del orden institucional en la Argentina fue promovida justamente por el partido hoy presidido por Néstor Kirchner, cuando el legendario salvador de la patria que después lo llevaría al poder fue llamado a ocupar la Presidencia con la esperanza de apagar el incendio llamando no a los bomberos, sino al pirómano?
Que se califique el legítimo derecho de todos los ciudadanos a manifestar su oposición al Gobierno de golpismo y que se calumnie como golpista a una oposición votada por cuatro millones y medio de argentinos para serlo, y cuyo mandato de criticar y controlar al poder es tan válido como del de la doctora Kirchner para ejercerlo, lo dice todo sobre una concepción política que habla de diálogo pero profiere los peores insultos, que posa de democrática pero ambiciona un régimen de partido único, que presume de progresismo y se regodea con palabras políticamente correctas como pluralismo y reconocimiento del otro pero razona con las categorías del jurista nazi Carl Schmit: la distinción amigo-enemigo, la centralidad hegemónica de la política y la soberanía absoluta del estado. Se trata de la política como continuación de la guerra por otros medios. Es todo esto, diga lo que diga el Consenso de Gandhi, lo que la sociedad argentina ya no soporta ni quiere aceptar más.

sábado, 14 de junio de 2008

SENSACIÓN TÉRMICA

Publicado en DIARIO "PERFIL" 21 de junio de 2008

Abstraídos en las discusiones de un congreso en Munich, la noticia llega inesperada: la sensación térmica en Buenos Aires llegó a 1,3º bajo cero. Orgullosos defensores de los récords nacionales, lo comentamos al pasar a nuestros colegas. La previsible pregunta que hacen los alemanes es: ¿cuál era la temperatura? Estupor en nuestro grupo. Rápidas consultas a Internet. Nada. Les explicamos: la temperatura es un paradigma antiguo que ha sido cancelado por la sensación térmica. ¿No se enteraron, en Alemania?
Osvaldo Soriano decía que la sensación térmica era algo que en Europa no se conseguía. Grave error. Lo que no se consigue, en Argentina, es saber la temperatura, dada la conocida afición nacional por romper termómetros. Se trata del pasaje de la Modernidad a la postmodernidad. En la Modernidad, las cosas eran. En la postmodernidad, las cosas es como que son. Donde reinaba el verbo hoy mandan los conectores. Donde imperaba el modo indicativo campea hoy el subjuntivo, propicio para la ambigüedad y las retiradas estratégicas. Lo digo pero no lo digo. Si lo dije, me arrepiento. O no. Quién sabe. Así, no hay inflación en Argentina sino sensación inflacionaria. Ni inseguridad, sino percepción de inseguridad. Ni temperatura, sino sensación térmica.
En Europa, como escribió Gertrude Stein, una rosa es una rosa es una rosa. En cambio, en Argentina todo es peor con la sensación térmica. Cuando hace frío, la sensación térmica dice que hace mucho frío. Un frío de morirse. Y cuando hace mucho frío, la sensación térmica hace que la sangre se congele en nuestras venas. Y cuando hace calor en Argentina, hace calor de veras, no como en esos veranitos livianitos de Río de Janeiro donde la temperatura apenas si llega a los cuarenta grados en tanto aquí padecemos cuarenta y tres de sensación térmica. Que no nos vengan los brasileros a comparar sus padecimientos con el calor con los nuestros. O calor mais grande do mundo es argentino. ¡Qué emoción! ¡Cuánta adrenalina agregada a nuestras existencias! Se comprende enseguida por qué el héroe nacional no debería ser San Martín sino el obispo Berkeley.
Tenía razón Soriano, al fin. Los alemanes son aburridos. Allá diez grados son siempre diez grados, un asesinato es siempre un asesinato y un tomate que vale tres euros no te lo dan si no pagás tres euros… Como aquí, vamos.

lunes, 9 de junio de 2008

CAMPO vs. INDUSTRIA

Publicado en Revista "Noticias" 7 de junio de 2008

Ahora que se ha puesto de moda criticar a los Kirchner, quienes lo venimos haciendo desde los tiempos en que su aceptación popular rondaba el 70% podemos tranquilamente dedicarnos a otros temas. Por ejemplo, a criticar la idea según la cual el modelo de país que impulsa el kirchnerismo es capaz de generar una Argentina a la vez moderna e inclusiva, mientras que son sus prácticas autoritarias y corruptas las que lo hacen inviable. En efecto, en muchos sectores que se dicen hoy progresistas predomina la aprobación acrítica del modelo neodesarrollista-industrialista, paradójico ejemplo de un progresismo sin progreso y orientando al pasado en lugar de al futuro, que después del desarrollismo peronista y el frondizista inventa una tercera versión del ideario industrialista nac&pop y crea un conflicto con el campo donde hay una oportunidad.

Pocas ideas más erradas que la de una Argentina industrialista y nacionalista capaz de generar un proceso de desarrollo con inclusión y movilidad social ascendente en pleno apogeo de la sociedad global del conocimiento y la información. He aquí el problema central con el kirchnerismo y con el populismo, que no consiste en sus prácticas autoritarias y corruptas sino en que sus ideas atrasan por lo menos treinta años respecto al mundo real. Por el bien de todos, es hora de terminar con ciertas ilusiones: el fracaso del modelo industrialista no es consecuencia de su corrupción sino lo contrario: su corrupción es la consecuencia inevitable de su fracaso. Por eso, los encargados de liderar los proyectos industrialistas no son ni serán jamás los muchos militantes y dirigentes honestos que en él creen ingenuamente sino los autoritarios y corruptos de siempre, que formaban ayer en las filas de la derecha populista, forman hoy en las de la izquierda populista y mañana serán parte de quién sabe cuál variante del populismo postmoderno, según establezca el cambiante viento de la Historia universal y la alternancia puramente argentina del péndulo neopopulista-neoliberal.
La cosmovisión kirchnerista de un universo nacional-industrial da por supuesto que la función principal del gobierno es la defensa de los intereses nacionales a través de la aplicación paranoica del catecismo nacionalista y la generación de puestos de trabajos en el marco de un mundo industrial en el cual la riqueza se genera a través del trabajo manual. El problema es que ese mundo ya no existe debido a la emergencia de una economía basada en factores inmateriales de producción como el conocimiento, la información, la comunicación, la innovación y la diversidad. Vivimos en un universo en el cual las tecnologías globales han reconfigurado profundamente las antiguas formas de producción y llevado a los procesos económicos avanzados a desarrollarse en una escala que permea todos los países al mismo tiempo que trasciende las fronteras nacionales. El agotamiento del modelo kirchnerista y su propensión a razonar con las categorías del pasado (la oligarquía vacuna, el golpismo, el monocultivo, la lucha entre la Patria y la antipatria, el conflicto entre el campo y la industria, etc.) sólo se explica por su incapacidad de comprender un presente y de imaginar un futuro en los que el trabajo intelectual (y ya no el trabajo manual) son la principal fuente de generación de riqueza, y en los que la cooperación inter-nacional (y no los antagonismos inter-nacionales) se convierten en el paradigma determinante del éxito.
Basta ver la propensión del Gobierno a creer que el campo argentino de hoy es el mismo que el de la década del cincuenta o que las condiciones políticas del país son las de los setenta para comprender las razones de la tormenta en un vaso de agua que ha desatado. La base del conflicto con el campo, sin la cual es imposible entender por qué motivo los Kirchner han tomado como enemigo a uno de los sectores productivos más eficientes de la Argentina, es ideológica. Se trata de la idea que hegemonizó el pensamiento económico nacional desde el primer gobierno peronista hasta el desarrollismo frondizista, es decir, la del uso de los beneficios obtenidos por el campo con el objeto de financiar el desarrollo industrial. Y bien, si esta idea tenía algo de racional a inicios del siglo XX ya se había tornado obsoleta cuando el peronismo intentó aplicarla, con resultados que no se hicieron esperar y que llevaron al agotamiento de su modelo redistributivo, industrialista e intervencionista alrededor de 1950 y causaron el giro liberal, aperturista y productivista del segundo gobierno de Perón.
No fue obra de la casualidad. En todo el mundo, la transferencia de trabajadores y capitales desde el sector agropecuario hacia el industrial fue una de las claves del desarrollo en la segunda parte del siglo XIX y la primera del XX. Sin embargo, ya para mitades del siglo XX la industria evidenciaba su declinación como factor productivo central en las sociedades avanzadas, hasta el punto de que en 1957 el número de los white collars (empleados de oficina) de la economía más grande del planeta, la de los Estados Unidos, superó por primera vez al de los blue collars (obreros industriales). ¿Qué decir ahora, cuando en todos los países avanzados el paradigma de la sociedad del conocimiento y la información ha sido aceptado como válido y determinado radicalmente las políticas de estado desde hace diez años, mientras en la Argentina K y no sólo K se sigue insistiendo en que “modernizar es industrializar”?

FISIÓCRATAS Y LUDDITAS NAC&POP

De la misma manera que el pasaje del agrarismo al industrialismo provocó una serie de actitudes reaccionarias entre las que se destacaron la de los ludditas, aquellos obreros que destruían la rudimentaria maquinaria que “les quitaba el trabajo”, y la de los fisiócratas, esos economistas que negaban que ningún valor económico pudiese provenir de otra fuente que la explotación de la tierra, también ahora los nacionalistas-populistas-industrialistas presentan un similar tipo de ceguera, por lo cual sostienen que modernizar el país es industrializarlo y creen que los factores inmateriales de producción son abstractos y fantasmagóricos, en tanto el viejo buen trabajo manual es real y concreto. Así, ignorando la evidencia que demuestra que la fórmula y la marca Coca-Cola (dos elementos inmateriales) valen más que todas las plantas industriales, depósitos y camiones transportadores de la compañía, y no teniendo en cuenta que raramente hay un gigante industrial en las listas de los diez hombres más ricos del mundo o de las diez compañías más grandes del planeta, siguen abogando a favor de un país industrial en plena era postindustrial.
La realidad se burla de esos espejismos: la participación de la industria en el PBI argentino (25%) es mayor que en Estados Unidos (15%) y que en la Unión Europea (19%). En otras palabras, Argentina es una nación más industrializada que las de Europa y Norteamérica y no por eso es más moderna, rica y socialmente justa, sino todo lo contrario. Las diversas variantes de la ideología nacional-industrial argentina no han comprendido lo que toda buena madre ha entendido ya perfectamente: que ni la riqueza ni la supervivencia material y simbólica se obtienen hoy a través del trabajo manual. Es por eso que reclaman al estado una mejor educación para sus hijos y una buena base de inglés y de informática; para que vivan de la generación y el manejo de elementos simbólicos en el contexto de la sociedad global del conocimiento y la información. Y lo mismo hacen los grandes teóricos del industrialismo desarrollista argentino que –haz lo que yo digo y no lo que yo hago- jamás han trabajado en una fábrica ni quieren que sus hijos lo hagan, y que por eso los envían a la universidad y no a un gimnasio, reservando un destino fabril para los hijos de los demás. En la larga lista de los dirigentes hábiles para moverse en el terreno de las tonterías públicas y la astucia privada están primeros los Kirchner, que no dejan de hablar del país industrial en cuanta ocasión se les presente pero que en su declaración oficial de bienes afirman haber ganado durante el último año casi seis millones de pesos con el turismo, es decir: en el fatídico, noventista y fantasmagórico sector de servicios integrados al funcionamiento de la economía global.
Lo cierto es que ni el campo es ya primario, ya que su productividad depende de factores secundario-industriales (tractores, camiones, silos, puertos, barcos, etc.) y terciario-inmateriales (organismos genéticamente modificados, control del clima por satélite, conectividad con los mercados globales, etc.), ni la industria es propiamente industrial, ya que el modelo de trabajo de los obreros de todo sistema avanzado, basado en el toyotismo, el kaizen y el just-in-time, es el de un técnico que maneja un robot o una computadora añadiendo trabajo mental, y no esfuerzo físico, a la cadena de valor.

CAMPO vs. INDUSTRIA EN EL TÚNEL DEL TIEMPO

La polémica entre campo e industria pertenece a un universo que no existe más. Es otro de los espejismos desajustados con la realidad con los que se ilusionan quienes viven en el túnel del tiempo nac&pop. La idea de que las rentas derivadas de la explotación agropecuaria debían utilizarse para subsidiar a la industria no fue aplicada ni en Canadá ni en Australia, dos países que estuvieron en un mismo nivel de desarrollo que la Argentina y que se salvaron así de los dos problemas que la concepción desarrollista-industrialista trajo a este país: el subdesarrollo del campo argentino, que por décadas se rezagó tecnológicamente respecto al de Canadá y Australia, y el subdesarrollo de la industria argentina, que se acostumbró rápidamente a obtener rentabilidad haciendo arreglos más o menos espurios con el estado, sobreviviendo y hasta prosperando (mucho más sus dueños, es cierto, que sus plantas) a pesar de su escasa afición a la reinversión de sus utilidades en la financiación de su capacidad científico-tecnológica y la modernización de sus fábricas y procesos productivos.
El desarrollismo industrialista peronista-frondizista-kirchnerista estableció en el país una suerte de variante argentina de la maldición de los recursos naturales, que no abreva aquí en las surgentes petroleras y gasíferas sino en las abundancias -trigueras ayer y sojeras hoy- de las pampas muníficas. El resultado predecible del esquema antagónico campo vs. industria fue por décadas un campo famélico y una industria raquítica, poco competitivos ambos a nivel mundial e incapaces de responder a los desafíos que planteaba la revolución tecnológica. Así, cuando el industrialismo fisiocrático argentino señala, con muy buenas razones, que el campo lo pasó mal en los Noventa ya que un cambio artificialmente elevado afectó gravemente su rentabilidad, denuncia sin darse cuenta las razones de la actual prosperidad agrícola, superior a la de cualquier sector de similares dimensiones del sistema industrial nacional. Fueron las vacas flacas de los Noventa las que obligaron al campo a innovar en sus sistemas de producción, incorporando nuevas tecnologías en los métodos de siembra, cosecha y comercialización, y generando un shock productivo-competitivo que hoy se ha hecho evidente pero que es perfectamente observable desde el año 1994, y que sólo la baja de las commodities entre 1998 y 2002 sumada a la Convertibilidad desfalleciente lograron poner en dificultad. Si bien los resultados sociales relacionados con ese proceso desaconsejan su aplicación irrestricta al resto de los sectores productivos, tampoco se puede desconocer el aspecto schumpeteriano que evidencian, que explica muy bien por cuáles motivos el progreso en términos de productividad y competitividad se dio en un grado bien menor en otros sectores de la economía nacional. Lo cual sugiere que una renovación tecnológica de todos los sectores productivos argentinos (y no la obsesión por la reindustrialización del país) es capaz de generar un paso adelante en la economía argentina como el que ha logrado Chile en los últimos años y está logrando hoy Brasil.

VIRTUALIZACIÓN Y DESMATERIALIZACIÓN

Lejos de desaparecer, la tendencia hacia la virtualización y desmaterialización de la economía se ha afirmado y profundizado con la revolución digital. Lo cierto es que en el mundo de hoy casi todo valor agregado es inteligencia humana agregada al producto y su sistema de fabricación y comercialización. Si una zapatilla que se vende en el centro de cualquier ciudad del mundo vale cinco veces lo que cuesta a la salida de la fábrica es porque la mayor parte de su valor está compuesto por la información, el conocimiento, el contenido cultural, la subjetivación, la comunicación y la innovación incorporados de mil maneras a la cadena de producción y comercialización. En este rubro, el de los valores inmateriales agregados al producto, entran desde las agencias de marketing que detectan la necesidad de un nuevo modelo, hasta los ingenieros que lo diseñan, los que organizan el proceso productivo y las agencias de publicidad que preparan y aplican sus estrategias de distribución y venta. Desde luego, el valor total incorpora también los millones que cobra Messi, cuyo testimonio publicitario es capaz de incorporar valor subjetivo al producto y hacer que entre varios de similares característcias compremos el que promociona y no uno de los otros, acaso de performance igual o superior.
¿Qué tiene que ver todo esto con el conflicto entre el Gobierno y el campo? Mucho, ya que si la antinomia entre campo e industria era obsoleta en el siglo XX, es directamente ridícula en el siglo XXI. Hoy, los medios tecnológicos utilizados masivamente por el campo argentino están por lo menos a la altura de la más desarrollada de las industrias nacionales. Por eso el campo argentino es uno de los sectores agropecuarios que más impuestos paga en el mundo y uno de los sectores de la economía nacional capaz de producir en igualdad de condiciones con el de cualquier otro país. Por eso, la idea de que quitarle al campo competitivo para darle a una industria que no lo es se ha convertido en una típica idea zombie-industrialista, es decir, adaptada a un mundo que tiene el inconveniente de no existir más.
La simple realidad es que en la globalizada sociedad de la información y el conocimiento en que el valor agregado proviene de la inteligencia humana, que un producto sea primario-agropecuario, secundario-industrial o terciario-de servicios se hace cada vez más irrelevante. Lo que cuenta en realidad es el grado de inteligencia humana o artificial (es decir: inteligencia humana de segundo grado) incorporada al producto y quién es capaz de apropiarse de su valor. Si el gobierno puede aplicar retenciones abusivas al campo al mismo tiempo que subvenciona a buena parte de las industrias es gracias a la alta capacidad de los productores rurales para utilizar los avances bio-genéticos para el cultivo y la cosecha de soja transgénica, a un sistema de cultivo (la siembra directa) desarrollado en nuestro país y a la conexión cada vez más rápida y confiable de cada una de las unidades productivas rurales con los mercados globales de alimentos. En breve, si el campo puede pagar impuestos, mientras que buena parte de la industria necesita subsidios, esto se debe a que el campo es capaz de generar productos con un mayor componente de valor intelectual agregado que la industria, situación insólita que sólo se da en la Argentina industrialista-desarrollista, en buena parte, por razones este artículo intenta explicar.
Quitarle a un campo competitivo para darle a una industria que no lo es constituye el peor de los remedios posibles para avanzar hacia una Argentina inteligentemente integrada a la sociedad global del conocimiento y la información, ya que implica transferir recursos desde el sector más intensivo en capital simbólico hacia el menos intensivo y por ende menos capaz de proveer puestos de trabajo de alta calidad. En lugar de insistir con esta receta algo inapropiada en estos tiempos que desmienten a Prebisch, se debería aprovechar la competitividad del agro dejándolo crecer y dedicar los puestos de trabajo de baja calificación y predominancia de trabajo físico y manual, imprescindibles para millones de argentinos víctimas de una sociedad y una educación devaluadas, para compensar en el enorme déficit de infraestructura que padece el país. En cambio, la justificación del paradigma industrialista con el argumento de la capacidad de la industria para la creación de fuentes de trabajo es falso, ya que si se considera el total de empleo generado directa e indirectamente por el campo, desde los peones rurales hasta los camioneros, los obreros de la industria frigorífica, los de la construcción y los empleados de comercio, actividades que en casi todo el interior del país se financian con las ganancias del agro, se observa que la cantidad de empleos generados por el campo se acerca hoy a la mitad del empleo total. También aquí se observa la obsolescencia de los viejos métodos de división de la producción y el empleo en agraria, industrial y de servicios que es el núcleo del pensamiento neodesarrollista-industrialista nacional.
Los países que afrontan la redistribución de ingresos de manera racional no gravan el consumo (con el IVA) ni la producción (con las retenciones), sino las ganancias y los bienes no productivos. En el caso del campo, un impuesto actualizado a la propiedad de la tierra que tenga en cuenta el aumento de valor de los últimos años y que sea compensado con una disminución en las retenciones significaría dejar de castigar a la producción para gravar la baja productividad y promover desde el estado el retorno de muchos pequeños arrendatarios a la producción. Por eso, en el terreno fiscal la alternativa para el campo argentino no se plantea entre un sistema social y federalmente redistributivo y otro que no lo es, ni la política económica se define en términos de intervención o no intervención del estado en los mercados. De lo que se trata es de si la redistribución de la riqueza y las intervenciones del estado en los mercados han de ser racionales, es decir: capaces de comprender el funcionamiento de la economía capitalista y de considerar sus previsibles efectos (como es el caso mayoritario entre los gobiernos socialdemócratas y de izquierda de todo el mundo), o si seguirán un modelo zombie de intervención populista-estatista-industrialista que ha fracasado penosamente en todos lados, comenzando por la Argentina de 1975 y 1989, la del populismo inflacionario que llevó al rodrigazo y la híper, a una salvaje redistribución negativa de la renta y a la posterior hegemonía, también de pesadas consecuencias, del pensamiento económico ortodoxo y neoliberal.

¿ROBIN HOOD O ALÍ BABÁ?

Mientras el Gobierno posa de moderno Robin Hood distribuidor de la riqueza, en realidad opera más bien como Alí Babá: no le quita a los ricos para darle a los pobres sino que le quita a los productivos y eficientes para darle a los improductivos e ineficientes, que han gozado al igual que el campo y más que el campo de la refinanciación benigna de sus pasivos y de la protección del tres a uno pero no han sido capaces de adecuar tecnológicamente sus unidades productivas, que siguen gozando de altísimos niveles de trabajo en negro y que son subsidiados con una energía barata como pocas en el mundo.
¿Quiere decir todo esto que el gobierno debiera dejar que el mercado oriente las preferencias de inversión, distribuyéndolas por sí solo entre las actividades agropecuarias, las industriales y las de servicios? No exactamente. La alta rentabilidad que obtiene el campo argentino, que también depende de factores independientes de su esfuerzo, ya sean de tipo geográfico-permanentes como de coyuntura del mercado global de commodities, debe ser utilizada para satisfacer algunas de las necesidades principales del país. En primer lugar, los problemas de alimentación de sus sectores más vulnerables, ya que no es moralmente aceptable que chicos y ancianos argentinos sigan padeciendo hambre y desnutrición mientras el país produce alimentos para 300 millones de personas. Aún menos soportable es que el gobierno se quede con casi un tercio del valor de las exportaciones del sector agropecuario y no haya aún solucionado el problema. Si la matemática no es una opinión, sobraría menos de lo que se llevaba el Gobierno antes de subir las retenciones para darle de comer gratis a todo el país. En segundo lugar, el otro factor decisivo que se debería impulsar a través de una correcta utilización de los recursos fiscales es la mejora en la generación de elementos inmateriales, lo que supone ofrecer una educación de alta calidad y duplicar la inversión en cienca y tecnología, como aconsejan las agencias especializadas y ya han hecho países sudamericanos como Chile y Brasil.
Hay que revertir de una buena vez con acciones, y no con discursos, el calamitoso estado de la educación y la ciencia argentinas, ya que sólo una alta capacidad de generar conocimientos, información, diversidad cultural, comunicación, innovación y subjetividad agregados puede sacar a la Argentina del fracaso en que cayó durante la era nacional-industrial. Y hay que hacerlo en todos los sectores productivos del país y no en uno solo, reemplazando los subsidios a la ineficiencia que hoy reciben buena parte de sus sectores industriales y no sólo industriales, por subsidios a la eficiencia. No me refiero aquí sólo a industrias obsoletas que fabrican productos que han sido diseñados hace veinte años con tecnologías de la época Fordista-Taylorista. Hablo también de los trenes suburbanos, lo colectivos y otros sectores de servicios fuertemente subsidiados a pesar de ser un modelo de ineficiencia y corrupción. Muchos sectores de la economía argentina reciben hoy también subsidios indirectos a través de la tolerancia a la evasión fiscal y al trabajo en negro (aún superior al 40% del total del empleo asalariado), del gas y la electricidad a precio regalado y de un dólar barato para algunos que todos pagamos caro con el precio de la inflación. Aún así, a pesar de todo ello, muchos sectores que no pagan retenciones sino que reciben subsidios no pueden competir no ya con los Estados Unidos, Europa, la India o China, sino con el cercano Brasil, cuya moneda vale el doble que el erosionado peso argentino.
Todos estos subsidios a la ineficiencia deben ser paulatinamente reemplazados por subsidios a la eficiencia, es decir, por estímulos a la inversión tecnológica y a la modernización productiva regulados desde el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, una de las pocas iniciativas del gobierno de Cristina Kirchner que toma en cuenta las necesidades reales de la economía argentina en el siglo XXI. Sin embargo, la experiencia mundial acumulada demuestra que no basta con crear un organismo estatal de este tipo sino que es necesario dotarlo de recursos y poder y de armonizar sus micropolíticas con una macropolítica ecconómica favorable al desarrollo y la inversión y no sólo al crecimiento y la demanda; de manera que encabece la transformación de los sectores atrasados de la economía sin que ello signifique el aumento de la desocupación ni la pérdida de puestos de trabajo, como sucedió durante la década del noventa.

CONCLUSIONES CON VISTA AL FUTURO.

Se entienden enseguida buena parte de las causas de la decadencia argentina cuando se ve que lo que aún se discute aquí ha pasado a formar parte de la historia de las ideas en casi todo el mundo. ¿Qué necesidad había de volver a la antinomia campo vs. industria en plena era de la sociedad global del conocimiento y la información? Habría que condenar a los pergeñadores de su penosa tercera versión a escribir cien veces en sus cuadernos que ni la soja es el petróleo ni el Siglo XXI es la década del setenta, ni mucho menos la del cincuenta, como algunos parecen creer.
De la superación de la vieja antinomia entre campo e industria y la elaboración de un nuevo paradigma de desarrollo económico-social acorde con el globalizado y post-industrializado siglo XXI depende el futuro del país. No habrá una Argentina para todos, no habrá una Argentina moderna, rica y avanzada que pueda incluir a todos sus ciudadanos, si se sigue razonando y actuando en un mundo de fantasmas nacional-industriales que pertenecen al museo de las antigüedades de lo que fue y ya no será.


¿PASADO Y NACIÓN, O MUNDO Y FUTURO?

Publicado en la Revista "Caras y Caretas" 7 de junio de 2008

La existencia del fascismo provocó, por cierto, serios inconvenientes en la vida de Antonio Gramsci. Trajo también, sin embargo, inesperadas ventajas a su figura histórica, impidiéndole transformarse en lo que él mismo no hubiera dudado en denominar un “intelectual orgánico”. Casi exactamente lo contrario podría afirmarse de los efectos de la irrupción del kirchnerismo para buena parte de la intelectualidad argentina, que alegremente usó las categorías gramscianas como arma de ofensa hacia todos aquellos que no profesaban el credo populista, para luego quedar sorpresivamente atrapada en la necesidad de salir a justificar desde los despachos oficiales a un gobierno autoritario, crecientemente impopular y cuya comprensión de la realidad está en crisis severa. Desde luego, hablo de la carta abierta hecha pública por los firmantes del Consenso de Gandhi, especialistas en tildar de destituyente y golpista –una palabra cargada de sangre y de muerte en Argentina- a una oposición cuyo mandato para serlo es tan válido como el de Cristina Kirchner para gobernar; tildando de “sector hegémonico históricamente dominante” a la Federación Agraria, que ayer nomás formaba parte del campo nacional y popular; acusando de avaros y angurrientos a unos productores agropecuarios que pagan las tasas más altas del mundo; pretendiendo que el modelo redistributivo kirchnerista opere como un moderno Robin Hood cuando aumenta la percepción de que funciona más bien como el antiguo Alí Babá, y criticando una concentración de medios indudablemente escandalosa pero que se les había escapado mencionar hasta que Néstor Kirchner salió en TV enarbolando los cartelitos de “Todo Negativo”. Y todo esto, como si durante los últimos cinco años en que la mayoría de ellos fue parte del vasto círculo de apoyo al poder K la Argentina hubiera sido gobernada por Carrió, Macri o Hermes Binner, y no por el formidable sistema corporativo conformando por los intendentes del conurbano y su formidable aparato clientelista, los sindicatos dirigidos por Moyano, las patotas capitaneadas por D’Elía, los sectores más atrasados de la economía nacional, siempre amparados e hiperprotegidos, y los subsidiados amigos del poder encargados de apropiarse del petróleo, los choferes a cargo de comprar medios televisivos y los amigotes enriquecidos a fuerza de cosechar máquinas tragamonedas en Palermo. En suma: por el colosal iceberg del que el Pejota es sólo la parte más visible, y que anteayer le tocó liderar a Menem, ayer a Duhalde, hoy a Kirchner y mañana a quién sabe, y que ha gobernado la Argentina 17 de los últimos 19 años con consecuencias que no hace falta mencionar. La pregunta aquí es bien simple: ¿cómo es posible que una parte sustantiva de la intelligentza argentina, es decir: del sector más educado y culto de la población nacional, abdique de la propia inteligencia y se dedique a justificar intelectualmente a un gobierno cuyo programa fundacional -la nueva política, la redistribución de la riqueza y el país en serio- es una vara de medida implacable para juzgar su presente? Y bien, creo que hay tres modos explicativos para intentar comprender lo incomprensible: la mala fe, la típica culpabilidad de clase media, que así como llevó a un genio como Sartre a apoyar el stalinismo pone en manos del populismo argentino a muchos de sus epígonos locales, y la simple y llana incomprensión de una realidad permeada por las tecnologías avanzadas, la economía capitalista global y el postindustrialismo, por parte de quienes poseen una sólida formación en muchas materias pero de economía, globalización y TICs lo ignoran casi todo.
DE LOS MOTIVOS
La mala fe de origen económico, aun cuando sea el menos importante de estos factores, no es indiferente. Basta revisar la abundante lista de cargos en el estado nacional, en los aparatos políticos y en los medios de difusión cercanos al kirchnerismo de los 750 intelectuales que han firmado el Consenso de Gandhi para excluir la inocencia absoluta que reclaman para sí sus firmantes en tanto no se olvidan jamás de acusar a sus contradictores de recibir dinero de la embajada norteamericana. La mala fe de tipo intelectual, en cambio, parece abundar, siguiendo el vasto repertorio de tontería política e inteligencia privada que caracteriza a la sociedad argentina. Lo que lleva a individuos capaces de calcular cuidadosamente si les conviene o no cambiar su heladera descompuesta, especulación acerca de planes de financiación con tarjeta incluida, pero que a la hora de hacer política apoyan la justificación gubernamental del conflicto con el salmo de la redistribución del ingreso a pesar de que los datos del mismísimo INDEK morenista muestran que el índice de indigencia supera aún el récord de la década del noventa, de que la brecha de desigualdad sigue fluctuando alrededor del 28 a 1 y de que la pobreza ha vuelto a aumentar el último año a pesar del crecimiento superior al 8%.Dicho esto, creo que la típica culpabilidad de clase media es la variable más determinante en este caso, sobre todo considerando la historia de este país en el cual todo intento socialdemócrata moderno, es decir: que no identifique a las fuerzas de centroizquierda con el nacionalismo y el anticapitalismo paranoicos, suele fracasar víctima del chantaje populista y su acusación emblemática: la de ser gorila. He aquí un extraordinario hallazgo semántico del peronismo, que le permite identificar infaliblemente a sus antagonistas políticos con los enemigos del pueblo y de la patria. Basta leer el último capítulo de esta saga para escandalizarse: me refiero a cierta réplica a Beatriz Sarlo por parte de José Pablo Feinmann, cuyo silogismo populista rezaba como sigue: 1) la señora Sarlo es gorila, 2) yo (Feinmann) no soy gorila, 3) ¡qué vergüenza que la señora Sarlo sea gorila!, 4) ¡qué suerte que yo (Feinmann) no lo sea (gorila)! Y así, durante trescientas veinticuatro líneas dignas de un monólogo de confesionario.Finalmente, la simple y llana incomprensión de una realidad global y postindustrial, que aporta el núcleo ideológico del análisis populista, se deriva de un método de pensamiento perfectamente opuesto a las siempre reclamadas necesidades de la hora. Permítaseme un breve introito: vivimos en un mundo marcado por la globalización de los procesos sociales y la aceleración del cambio histórico, lo que obliga a individuos, empresas, organizaciones y estados a razonar en términos de mundo y de futuro su quieren prosperar o, al menos, subsistir. Así lo han entendido todos los sectores progresistas y de izquierda del mundo, desde Bachellet y Lula hasta Rodríguez Zapatero. Y bien, mundo y futuro, dos categorías fundamentales para entender lo que sucede cuando nuestras vidas son afectadas por procesos de acción a distancia y por un futuro que se nos viene encima a una velocidad vertiginosa han sido extirpadas del debate público argentino por el populismo nacionalista disfrazado de izquierda, que postula a la nación y su pasado como el centro de toda reflexión productiva. Desde luego, nadie dice que la comprensión del pasado de un país carezca de importancia. Lo que sí se sostiene aquí es que la sociedad argentina se parece cada vez más un paciente psicoanalítico que, llegado al consultorio, se tumbara sobre el diván al grito de “no me moveré de aquí hasta hacer las cuentas con mi pasado”; idea peregrina y que hace difícil todo intento de cura. De allí también las categorías que campean en el análisis del Gobierno cuando habla de oligarquías vacunas, oposiciones golpistas, reinventa polémicas perimidas antes de nacer como la de campo vs. industria o interpreta el conflicto con claves completamente fuera de época, en términos de capital-provincia, campo-ciudad o peronismo-antiperonismo. Contrariamente a lo sostenido por el sentido común nac&pop que ha permeado el pensamiento en estas tierras durante el siglo del fracaso de la Argentina nacionalista-industrialista, los intelectuales argentinos no han estado demasiado lejos del pueblo sino demasiado cerca. En efecto, quien trabaja diez horas por día para parar la olla tiene todo el derecho de ignorar en qué consisten las nuevas dinámicas globalizadoras o cuáles son los paradigmas sociales y productivos de la sociedad de la información y el conocimiento. Muy distinta es la situación de quienes han hecho del pensamiento su medio de vida, quienes disponen de los medios y el tiempo necesario para acercar a los ciudadanos argentinos alguna idea apropiada –es decir: actualizada y moderna- sobre de qué la va el mundo de hoy. He aquí la renuncia que buena parte de la intelligentza argentina ha hecho desde hace tiempo y que ratifica al ponerse del lado equivocado hoy, una vez más. Para no mencionar que los paradigmas básicos de su pensamiento (la centralidad de la política, la soberanía nacional-estatal y la distinción amigo-enemigo) no han salido de ningún manual de la izquierda sino del vademécum del ideólogo nazi Carl Schmit.