DATOS PERSONALES

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* Escritor y periodista especializado en los aspectos políticos de la globalización. * Presidente del Consejo del World Federalist Movement. * Director de la Cátedra de Integración Regional Altiero Spinelli del Consorzio Universitario Italiano per l’Argentina. * Profesor de Teoría de la Globalización y Bloques regionales de la UCES y de Gobernabilidad Internacional de la Universidad de Belgrano. * Miembro fundador de Democracia Global - Movimiento por la Unión Sudamericana y el Parlamento Mundial. * Diputado de la Nación MC por la C.A. de Buenos Aires

miércoles, 4 de abril de 2007

EL FIN DE LA PATRIA INDUSTRIAL

(publicado en REVISTA NOTICIAS del 24/03/07)

No será la Big Apple que se levanta a orillas del Hudson, pero no faltan hoy, a dos meses de las elecciones, los que se la quieren comer de un mordiscón. La cosa es perfectamente comprensible cuando se considera que la ciudad de Buenos Aires es, entre los grandes distritos, el más rico de la Argentina, la puerta de entrada y salida del país, la sede del gobierno nacional y, principalmente, una ciudad básicamente superavitaria que es el enclave más extenso y avanzado de la sociedad de la información en el Cono Sur. Es cierto que sus habitantes somos las personas más provinciales y más cosmopolitas del planeta, y los más presuntuosos y creídos, hasta el punto de que el famoso chiste según el cual no existe negocio superior a comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale es culpa plena de nosotros, los porteños. Menos claro es que seamos también los criticados egoístas que viven de espaldas al país. En realidad, Buenos Aires vive con una cara vuelta al mundo y la otra a un país que vive en buena parte de espaldas al mundo; de allí la confusión. Un simple análisis de la realidad demuestra también que la Capital es una aportante neta al sistema de coparticipación federal, es decir: que pone más de lo que recibe en el fondo común de las provincias argentinas, para no mencionar los millones de bonaerenses, de argentinos y de sudamericanos que encuentran en ella trabajo, se atienden en sus hospitales o concurren a sus escuelas y universidades.

La leyenda del egoísmo porteño se basa, creo yo, en dos razones comprensibles. La primera, universal, es la misma por la que París y Barcelona son odiadas en Francia y España, en parte por buenas razones (la universal soberbia metropolitana, básicamente), en parte, por malas razones: los celos. La segunda se vincula con una visión del mundo que en la Argentina de hoy es el pan de cada día: la idea de que la única riqueza verdadera es la que se obtiene del territorio o del trabajo manual, en tanto lo producido por el trabajo intelectual es incapaz de agregar valor. Visto desde esta perspectiva, los porteños, básicamente productores de trabajo intelectual, son una especie parasitaria que viven de lo ajeno, comiéndose lo que otros sembraron y cosecharon, gastando el petróleo que se encuentra en el subsuelo de otras provincias y aprovechándose del duro trabajo de los demás, en tanto se dedican a cómodas e improductivas tareas en sus oficinas llenas de aparatos digitales de la enésima generación.

En efecto, la estructura del PBI de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es la siguiente: entre agricultura, ganadería, minería y pesca hacen un modesto 1,45% del total (una tercera parte que el turismo), la construcción aporta el 3,77% y la industria el 15,09%, en tanto los demoníacos, improductivos y parasitarios servicios se encargan del 79,69% restante. Una estructura más o menos similar, si se me concede la licencia de comparar una ciudad con un país, a la de la primera potencia del mundo y nación más avanzada del planeta, los Estados Unidos, en los que la agricultura aporta el 1%, la industria manufacturera el 15% y el resto lo hacen los servicios. Evidentemente, la del PBI porteño es una estructura bastante diferente a la establecida en el país por medio siglo de desarrollismo industrialista (6% de agricultura, 2% de minería, 23% de industria y construcción y sólo 61% de servicios), con resultados que no hace falta mencionar.
La cuestión es, entonces, si es necesario que Buenos Aires se parezca más al país, como solicitó cierta vez nuestro Presidente, o si más bien se necesita lo contrario. Desde luego, si hemos de basarnos en la realidad y no en los prejuicios industrialistas, para alcanzar los niveles de bienestar de primer mundo que asemejan a esta ciudad a una metrópoli de la periferia europea es necesario que las ciudades y provincias del interior copien, no sus desplantes y su mala educación, sino su modelo productivo: el de la
sociedad de la información. Lo que nos lleva directamente a la escuela fisiocrática de economía.

ORÍGENES DE LA FISIOCRACIA INDUSTRIAL
Allá por el siglo XVIII, antes de que la revolución industrial subordinara la economía agropecuaria a sus factores de producción, el francés François Quesnay publicó su famoso Tableau Economique, en que defendía por primera vez el después célebre laissez faire-laissez passer y comparaba a la economía con la circulación de la sangre, describiéndola como un flujo circular de bienes y dinero entre tres clases sociales: los agricultores, los terratenientes y el resto. Quesnay fue sólo el primero de una corriente de economistas, los fisiócratas, que sostuvieron que sólo la agricultura (y no la artesanía ni la incipiente manufactura anterior a la máquina de vapor) producían lo que hoy se llama valor agregado. Ya instalada la Revolución Industrial, los más conservadores entre sus seguidores siguieron defendiendo por un largo período la idea de que no existían verdaderos valores económicos que no se derivaran del territorio y su explotación.

En los inicios del tercer milenio, cuando el hombre más rico del mundo no es uno de los herederos de Ford sino Bill Gates, quien no produce objetos sino conocimientos, los nuevos fisiócratas, hoy industriales, siguen convencidos de que no puede haber riqueza que no surja de la producción de objetos mediante el trabajo manual organizado en una estructura fabril-industrial e insisten en que la sociedad de la información es un espejismo. Ayer, sus antecesores negaban a la industria en nombre de la agricultura. Hoy, sus herederos niegan a los mal denominados servicios en nombre del sagrado industrialismo; un industrialismo nacionalista y orientado al mercado interno, por supuesto, ya que la nación-estado es la forma política de la civilización industrial de la misma manera que la globalización es el marco espacial inevitable de la sociedad del conocimiento. Así, cinco minutos después de haber denunciado las mistificaciones de la sociedad global del conocimiento, los fisiócratas industriales argentinos se lamentan de que la sagrada industria nacional no encuentra ya torneros y fresadores suficientes a pesar de la abundante desocupación…

El problema con la ideología neodesarrollista del industrialismo es que se basa en tres presupuestos falsos: el primero es que la industria es el sector más dinámico y avanzado de la economía (motivo por el cual la Argentina -donde la producción manufacturera bajó tres puntos porcentuales de participación en el PBI entre 1990 y 2004- es tan rica, y Estados Unidos y Alemania –en los que bajó 5 y 4 puntos, respectivamente- se debaten en la miseria); el segundo es que los servicios, especialmente: los financieros, son parasitarios (motivo por el que la Argentina es próspera y Suiza está en ruinas); el tercero es que la distinción entre actividades agropecuarias, industriales y de servicios constituye aún un valor absoluto, cuando su vigencia está, en muchos sentidos, en discusión, como analizaremos al final de este trabajo.


ENTRANDO EN LA ERA SOFTWARE
El valor agregado es hoy inteligencia agregada. Una Ferrari pesa menos que un Fiat (es menos “material”) y es producida por la misma empresa, pero vale noventa veces más. Una zapatilla que se compra en el centro de Buenos Aires a 400 pesos vale, en puerta de fábrica, menos de la décima parte de su precio final. La marca Coca-Cola y la fórmula de la bebida son elementos intangibles e inmateriales, pero su valor es muy superior al de todas las fábricas que producen Coca-Cola en el mundo, al de los depósitos que la almacenan y los camiones que la transportan, sumados. Y así, todo lo demás.

Estamos pasando de una fase hardware, industrial-tangible-manufacturera, a una fase software en la que el valor se produce creando, manipulando y compartiendo informaciones, conocimientos, diversidad cultural, comunicación, innovación… y emociones, que no otra cosa nos venden cuando vamos al cine a ver una de Hollywood o compramos los botines que usa Messi. Basta repasar la lista de Fortune de los multimillonarios del planeta, llena de productores de software que crean información concentrada, de magnates de la industria farmacéutica cuyos productos son minúsculas píldoras repletas de conocimiento, de dueños de mass-media que generan comunicación, de artistas y productores de arte que multiplican la diversidad cultural del planeta y de deportistas y cineastas y productores televisivos que nos venden, sustancialmente, emociones. Nada de esto han comprendido los fisiócratas industriales argentinos, que siguen cantando su himno preferido, la aburrida cantilena “Sin industria no hay Nación”, cuando lo cierto es que, como previó con genial anticipación Sarmiento, sin educación e inteligencia no hay país.

Como en casi todas las naciones en las que el estado nacional ha sido incapaz de desarrollarse completamente, dejando a mitad de camino al proceso de industrialización, los líderes políticos e intelectuales de la Argentina insisten obsesivamente en que el futuro del país está en el nacionalismo y el industrialismo en el preciso momento en que las sociedades avanzadas los abandonan como paradigmas de realización. En los Estados Unidos, la industria aporta sólo el 15% de su PBI, y el país está integrado a un tratado comercial de dimensiones continentales y decenas de Tratados de Libre Comercio. En la Unión Europea, cuyos 27 países unificados poseen una moneda transnacional y un banco central continental, la industria aporta sólo el 19% del PBI. El industrialismo sólo funciona como motor del desarrollo en países –como China e India- mucho más atrasados que la Argentina y con una mano de obra sometida por siglos de agrarismo y opresión. Aún en ellos, el desarrollo de la industria es complementado por esfuerzos consistentes y a largo plazo para entrar en la sociedad global del conocimiento y la información.

Es cierto: tanto los EEUU como la UE subsidian, muchas veces, sus industrias. Pero esto significa, precisamente, que éstas han perdido su carácter de centro dinámico de la economía y no pueden competir con la de países como China sin que las actividades avanzadas las subsidien con sus impuestos. Para hacerlo, para competir con China, como los neodesarrollistas argentinos pretenden, los estadounidenses y los europeos tendrían que abrir un proceso de proteccionismo, híperdevaluación, confiscación de ahorros y licuación de salarios y condiciones de vida; cosa que se cuidan bien de hacer ya que el populismo nacionalista-industrialista no se desarrolla en sociedades exitosas en el proceso de nacionalización-industrialización sino, por el contrario, en las que han fracasado estentóreamente. En cambio, sabedores de que el desarrollo real y los recursos que genera se obtienen compitiendo globalmente en los sectores avanzados (incluida las industrias de alto contenido tecnológico, como la aeronáutica), los EEUU y la UE subsidian a sus sectores atrasados (la agricultura aún más que la industria) para evitar problemas sociales y sin ninguna falsa esperanza de que de ellos provenga algún tipo de solución.

Nada de esto han entendido los industrialistas argentinos, quienes ciegos al inicio de una fase software en la que la información es más importante que su soporte, proponen un esquema inverso, copiado del peronismo de la primera hora, en el que los excedentes provenientes de la extraordinaria competitividad del sector agropecuario argentino no van a financiar un salto de calidad en materia educativa ni el desarrollo de los sectores más dinámicos de la naciente economía de la información local, sino la obsoleta burguesía nacional-industrial manufacturera que invirtió mayoritariamente sus ganancias en departamentos de Mar del Plata, primero, y de Punta del Este, más tarde, y en una casa en el country, finalmente, en tanto sus empresas quebraban; y que son buena parte de los que piden ahora un nuevo BANADE que desvalijar.

Mientras se sigue creyendo aquí que la globalización y la sociedad de la información son mitos neoliberales, aún en una sociedad relativamente marginal como la argentina la desocupación se ha transformado en desocupación educativa, es decir: determinada por carencias de tipo simbólico. Según un estudio del economista Abel Viglione, entre los argentinos que terminaron universidad están desocupados apenas el 4,5%, en tanto entre quienes no terminaron la secundaria la tasa sube al 17,9%, es decir: se cuadruplica. Por lo que respecta al mercado mundial de Tecnología de la Información (TI), durante 2005 pasó por primera vez la marca de mil millones de dólares, previéndose que para 2010 se llegará a los mil quinientos millones. Significativamente, el hardware compone sólo el 38,7% del sector, en tanto el software es ya el 20,5% y los servicios asociados a las TI son la parte más importante: representan el 40,8% del total. Entre los países, los Estados Unidos generaron la mayor parte de la torta informática: us$416.000 millones, mucho más que el entero PBI argentino; Japón produce us$108.000 millones, seguido por el Reino Unido, China… y España, que ocupa un honorabilísimo sexto lugar en el mundo con u$s17.000 millones facturados; lo que demuestra que el idioma castellano, el segundo más hablado del mundo, es una ventaja competitiva que en otras partes se desaprovecha sin más. Por su parte, Brasil facturó us$11.900 millones y ocupa la 16º colocación mundial, lo que lo posiciona como el principal mercado de TI de América Latina. Para dar una idea las proporciones, señalo que para febrero de 2006 se anunciaba en Argentina, con títulos triunfales y desenfrenado abuso de la palabra “récord”, que el mercado nacional de TI había alcanzado los us$3.045 millones, una cuarta parte del de Brasil y menos de un quinto del de España, pero se aguardaba con grandes esperanzas que pronto se alcanzase la cifra récord de facturación de u$s4.220 millones obtenida… en el año 2000.

Pese a la ausencia de políticas oficiales, uno de los sectores más dinámicos del crecimiento argentino es hoy el mercado privado de TI argentino, que crece tendencialmente el doble que el resto del PBI. Cualquiera puede sospecharlo observando que en todo barrio indigente existe ya un cybercafé con conexión Internet mientras que en las escuelas del mismo barrio los chicos conocen las computadoras gracias a los libros de ciencia-ficción. Esto, mientras el estado se prepara a gastar una fortuna en las computadoras a pedal de Negroponte, extraordinarias sí, pero pensadas para la realidad africana y cuyo resultado es aún dudoso, cuando en todo el país la clase media que quiere renovar sus equipos (1.400.000 PCs vendidas en 2006) se ve obligada a guardar sus viejas computadoras en el desván o venderlas a precio vil ante la carencia de un plan de donación que permita equipar las escuelas públicas a costos reducidos. La culpa, desde luego, la tiene el despreciable FMI.

MODERNIZAR NO ES INDUSTRIALIZAR
Para los fisiócratas desarrollistas-industrialistas que detentan hoy la hegemonía intelectual en Argentina, “modernizar” quiere decir “industrializar”, es decir: hacer lo que los países avanzados hicieron el siglo pasado a ver si logramos alcanzar sus niveles de progreso y bienestar de hoy. El resultado es previsible: la extensión al entero país de los peores problemas del conurbano bonaerense, el área del país con mayor concentración industrial.
El actual crecimiento sin desarrollo es la cara económica de un progresismo sin progreso, que no mira hacia el futuro por temor de lo que pueda encontrar. Su resultado es un país que se parece cada vez más a un bebé de dos metros cuyos astutos padres, los ciudadanos argentinos, se felicitan de que siga creciendo tan sano y tan gordito.

Hay que ser voluntariamente ciego para no ver que la única manera en que Argentina puede ser competitiva con una China cuyos obreros recién salidos de la agricultura maoísta están felices con trabajar 10 horas por día, seis días por semana, doce meses por año, por un salario de 200 dólares mensuales, sin ir al baño a fumar cada media hora ni hacer huelga cada tres días, es mediante una réplica de esas condiciones de explotación, lo que aquí significa: pagando salarios miserables y en negro, evadiendo impuestos, obligando a los consumidores argentinos a comprar lo que no comprarían si dispusieran de alternativas y seguir subsidiando, aún así, de mil maneras, la producción manufacturera nacional.

No se trata de una cuestión ideológica. La verdadera cuestión es si los argentinos quieren quedarse con los 10 dólares que vale una zapatilla en puerta de fábrica en el sudeste asiático o con los 100 dólares que aportan las estrellas deportivas que las muestran, las agencias publicitarias y de marketing que las promocionan, las cadenas comerciales que las venden, los diseñadores que las dibujan y los ingenieros que preparan innovadores materiales para darles mejor performance y más lindo color.

Cualquiera con un poco de perspectiva del mundo y conocimiento del país apostaría a desarrollar, en Argentina, los dos extremos del arco productivo, y no el secundario-industrial-manufacturero. Por un lado, la extraordinaria competitividad del campo argentino debe transformarse de cuantitativa en cualitativa, favoreciendo la producción de alimentos de mayor calidad y elaborados en el país (¿para cuándo, por ejemplo, una campaña agresiva de disputa del mercado a la pasta italiana, que permita exportar fideos envasados de alta calidad en vez de trigo?). Por el otro, es necesario desarrollar los sectores avanzados en los que los argentinos han demostrado idoneidad: un turismo de alto poder adquisitivo y no sólo el que aterriza atraído por el cambio barato, producciones de alto contenido de la industria cultural (desde el tango hasta la industria cinematográfica y editorial), reactores para la cada vez más necesaria producción de energía atómica, call centers en línea horaria con el norte de América, producción televisiva económicamente viable para el resto del mundo de habla castellana, software en español, estudiantes interesados en masters universitarios de calidad a precios de saldo, y una lista que por razones de espacio y de ignorancia personal es imposible completar aquí.

En todos estos campos, lo poco que existe no ha nacido de políticas de estado para la sociedad postindustrial y global sino de la vitalidad de algunas ramas de la sociedad nacional, lo que incluye algunos pocos sectores industriales avanzados a la caza de tecnología de punta. No es tampoco difícil ver que es en el terreno de la sociedad de la información donde Argentina tiene ventajas comparativas concretas: 1) el uso de un idioma que es el segundo más hablado del mundo, que será pronto el primero en la economía más importante del planeta, y en el cual no existen grandes competidores (salvo España); 2) una apreciable capacidad de creatividad e innovación de sus gentes que en Corea no se consigue; 3) grandes íconos globales como Maradona, Evita, Gardel y Guevara, y un estilo de vida afable y hedonista enormemente atractivo para la sociedad global, en especial: para sus clases ilustradas a la búsqueda de nuevos rumbos; 4) numerosos núcleos de desarrollo tecnológico sobrevivientes a las debacles causadas por el industrialismo; y 5) –lo más importante- un nivel educativo todavía elevado si se lo compara con el resto del mundo de habla hispana, que le debemos a Domingo Faustino Sarmiento. uno de los primeros hombres en comprender la importancia que el conocimiento y la información habrían de tener en el futuro, es decir, hoy.

En vez de esto, los industrialistas neodesarrollistas antediluvianos apuestan a crear más y más talleres con tecnologías jurásicas con la certeza de que nunca les tocará trabajar en ellos, ni tampoco a sus hijos, quienes seguramente irán a la universidad y se dedicarán a producir dentro y para la sociedad de la información.

LOS FACTORES KIDCIE
Por último, en un país en el que la soja se produce con mejores y más modernas tecnologías que la mayor parte de la producción manufacturera, no está de más señalar la progresiva obsolescencia de la distinción entre producción primaria (agraria), secundaria (industrial) y terciaria (servicios). Si algún ejemplo habla de esto es la reciente exportación de tecnología agropecuaria a la Venezuela del Coronel Chávez, caso ejemplar en que un sector presumiblemente atrasado exporta ya no productos primarios sino conocimientos e informaciones, cosa que casi ningún sector manufacturero argentino está en condiciones de hacer.

Ayer, cuando el industrialismo transformó a la agricultura en uno de sus componentes, se habló de la “industrialización de la agricultura”, lo que significaba resumidamente que aún en el sector primario la riqueza producida dependía de valor agregado y factores productivos de carácter industrial, por ejemplo: los fertilizantes usados, la cantidad de tractores y silos, los sistemas de transporte hasta los centros de consumo y la organización sincronizada de siembras y cosechas. De igual manera, la sociedad de la información no ha implicado el fin de la industria sino su transformación en una de sus ramas. En ella, el valor agregado no depende ya de la cantidad de trabajo manual empleado sino de la cantidad de información, conocimiento e innovación incorporada a los productos y a su proceso de fabricación. Lamentablemente, existen aún escasas distinciones estadísticas que permitan separar la paja del grano, esto es: los objetos con bajo contenido simbólico de los del alto valor intelectual agregado, ya que no es lo mismo producir alfileres que aviones, aunque la mentalidad industrialista ponga todo en la misma bolsa y siga creyendo que lo decisivo es el trabajo manual.

No lo es. La misma idea de que lo más avanzado de una economía son los servicios, de carácter “terciario”, es ya obsoleta. Lo cierto es que estamos pasando a una economía cuaternaria (a una fase software) en que el conocimiento, la información, la diversidad cultural, la comunicación, la innovación y las emociones reformulan, reinventan y rediseñan todas las formas de producción anteriores, haciendo que los factores de producción cuaternarios (lo que llamo “factores KIDCIE”, por su sigla en inglés) se tornen decisivos en todas y cada una de las actividades económicas. Algo de esto había ya entrevisto un cierto Karl Marx cuando en los Grundrisse sostuvo que “El desarrollo del capital fijo revela hasta qué punto el conocimiento social general (el general intellect) se ha convertido en la fuerza productiva directa, y por lo tanto, hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han sido modificadas por él”. Lástima grande que sus epígonos se especialicen hoy en saltearse estas conclusiones (así como la maravillosa primera parte del Manifiesto Comunista, que describe con extraordinaria poesía lo que hoy hemos dado en llamar “globalización”) y en insistir en la obsoleta perspectiva industrialista. Una perspectiva que, inevitablemente, a mediados del siglo XIX era el centro de una doctrina, la marxista, que no por nada ha quedado desactualizada y desautorizada por los hechos a partir del año (1956) en que en Estados Unidos los white collars (empleados de cuello blanco) superaron a los blue collars (obreros con mameluco). Pero esto ya es otra historia.

4 comentarios:

Miguel A. Mastroscello dijo...

¡Cuántos disparates se han perpetrado y se perpetran en nombre del sacrosanto industrialismo!
Viendo cómo el neoprogresismo oficialista se afana (es un decir...) por favorecer a la "burguesía nacional" (y a la sacrosanta caja fiscal) con la nada novedosa fórmula de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, da gracia pensar en que el vigor de estas últimas se debe -además de a la coyuntura internacional favorable- a las inversiones e innovaciones que el sector llevó a cabo en los innombrables noventas...
Excelente artículo, Fernando, movilizador (espero) de una manera de ver la realidad diferente a la que nos proveen los medios complacientes.
Miguel.
P.D.: la aguda referencia a la "fisiocracia industrial" me hizo recordar, de paso, que Quesnay asimiló el flujo de los bienes y la renta al de la sangre porque su profesión original fue la de médico.

Fernando A. Iglesias dijo...

Así es, Miguel. Lo que me recuerda que alguien que yo sé se comporta a su manera, muy probablemente, porque su oficio original era el de sacarle ventaja a situaciones de quiebra y remate.
saludos
fernando

Miguel A. Mastroscello dijo...

Sí, exacto. "Nunca un habeas corpus", diría un chico...
Fernando, te aviso que con un amigo fantaseamos con la idea de organizarun ciclo de debates en Ushuaia (donde vivo) al que vamos a invitarte, si es que resolvemos algunas cuestiones -digamos- de obvia índole financiera.
Un abrazo, Miguel

Anónimo dijo...

yo me pregunto ¿quien?
eso